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lunes, 13 de abril de 2009

La imaginación sin dueño

Mi único carruaje es la imaginación, pero no a secas: la mía tiene ojos de lince.


José Lezama Lima

La bronquitis de hace algunas semanas me dio el tiempo y el descanso suficientes para ver la televisión con mi hijo. Yo también, como muchas personas que gustamos de leer y de los libros, detesto con bastante regularidad el aparatejo ese llamado televisión, pero no lo satanizo, le reconozco su lugar y en ocasiones su utilidad si sabe emplearse de manera provechosa, por ejemplo, si su propósito es obnubilarse y dejar descansar a su maltrecho pensamiento, la TV es idónea, jaja.
En cuanto a los niños, le doy su lugar como medio para darle a los nenes conocimientos que ni de manera remota uno como padre podrá darles nunca, aunque también creo en la supervisión al momento de procesar todo lo que sale de la cajita, (Dylan tiene estrictamente prohibido ver Los Padrinos Mágicos, es un porquería; de hecho, en cuanto los ve, pide que le cambien el canal), esto propicia que de tanto en tanto me dé a la tarea de sentarme alguna tarde a ver la televisión en compañía de mi hijo, preguntarle por su caricaturas favoritas, hacer zapping y detenerme en lo que él me pide (esto sucede también porque yo no veo demasiado la televisión, así que mi ignorancia de programaciones y canales es grande, con lo cual, muchas de las veces, me conformo dejando que mi hijo de tres años sea quien seleccione nuestro entretenimiento), y la mayoría de las veces me sorprendo de la forma en la que han evolucionado los programas y las caricaturas para niños.

Es una charla recurrente entre adultos, saber qué caricaturas veías cuando eras niño, esto determina tu edad biológica y mental, y ayuda mucho (me parece) a hacerse una idea del interlocutor. Por ejemplo, a diferencia de todas las mujeres de mi edad, cuando yo tenía como ocho años me complacía mucho ver a la anoréxica de piernas largas, Sandy Bell, que tenía una camioneta psicodélica y estaba enamorada de un pintor (los personajes aparecidos en este ensayo no tienen nada que ver con la realidad (?)), en contraste con Candy Candy (que aunque me quemen en una pira, diré hasta el cansancio que me parecía y me parece repugnante, la forma en la que suspiraba mientras decía con voz tipluda y gangosa: “Mark Anthony...” siempre me pareció lastimera y melodramática, más que romántica). Para los que no entendieron: ¡ME CAGA CANDY CANDY!, y su estética del siglo XIX, y su voz como de herida luego de pisotón... ¡agh! al fin me desahogué.

Sandy Bell vs. Munra


Además de Sandy Bell, me gustaban cosas como los Thunder Cats (quien no recuerda la transformación de Munra: “¡Antiguos espíritus del mal, transformen este cuerpo decadente, en ¡¡Munra, el inmortal!!” (esto, como todos sabemos, lo escribo levantando los brazos al cielo y pasando de la posición de la espalda jorobada a la de muy mamado) y los músculos de Leon-O o Panthro (¿verdad, Claudina?), Mazinger Zeta, Robotech, los Halcones Galácticos, la Liga de la Justicia (“Poderes de los gemelos fantásticos, ¡Actívense!”), por supuesto, Don Gato y su Pandilla (creo que siempre le tuve algo de compasión a Matute y, como todos, una innegable ternura a Benito Bodoque y a su inocente má), el Inspector Ardilla, la Hormiga Atómica (¿quién no empleó luego este nombre como mote de alguna de sus maestras?), ¡ah! y por supuesto, el hilarante ¡Capitááááaaannn Cavernííííccccooollllaaaaaa!! (a quien luego se le sumó: “¡¡E hijo!!”).

Extraño al Capitán Cavernícola.

Pero creo que ya me demoré en mis remembranzas y me desvié de mi ruta original, a lo que iba es a que en nuestra infancia, al menos que yo recuerde, eso de los amigos imaginarios no existía, o sucedía como casos aislados; nadie que sea adulto, a menos que en su infancia lo haya hecho, se explica cómo es que los niños tienen amigos imaginarios, por qué, para qué, qué carencias se cubren al inventarse una imagen, una sombra que acompaña los juegos y temores. Yo me atrevo a decir que no tuve infancia, no pude nunca disfrutar del tiempo y el espacio correspondientes a la imaginación y el juego infantil [excepto como ya se vio, a las caricaturas y a las películas del 11 (padezco insomnio desde los ocho años, así que solía escabullirme entrada la madrugada a ver películas como El Ángel Azul o El Apartamento, el de Jack Lemmon, que sólo pasan en ese canal), quizá sea por ello que ahora me sorprendo con cosas como el maratón de La Mansión Foster para Amigos Imaginarios.


La Mansión Foster para Amigos Imaginarios.


Sé bien que caricaturas como ésta no necesitan más publicidad, pero puedo decir maravillada, ¡qué grata sorpresa! ¡Fantástica imaginación! Es posible que ya muchos sepan de qué va. Pero haré un resumen breve.

La Mansión Foster para Amigos Imaginarios no es otra cosa que un orfanato en el que se alojan los amigos imaginarios que han sido olvidados por los niños que los inventaron, de esta suerte, uno puede encontrarse con Bloo, que es un ser azul como burbujita en extremo maleable y ocurrente; Mac, el niño de ocho años que inventó a Bloo y que descubre la mansión luego de que su madre le pida que deje a su amigo imaginario pues ya es muy “mayor” para tener uno; Terrible (Terrence) el hermano grande y adolescente de Mac que es bastante estúpido, graniento e insufrible y que le hace la vida imposible a Mac y Bloo; Wildo, que es alto y colorado, una combinación entre Michael Jordan (de hecho, fue él quien lo imaginó) y Elmo, pero desnutrido y un tanto maltratado, la falta de un brazo y un ojo salido dan cuenta de ello. Eduardo, que a pesar de tener un aspecto atemorizante es un pan de azúcar que se asusta casi con todo (en la versión original, habla spanglish, y esto se debe a que fue creado por una niña que vivía en un barrio difícil, que necesitaba a alguien que le ayudará a superar sus temores, y que en la adultez se convirtió en policía). Cocó, que es una cosa, sí, una cosa entre garza, palmera, avión y bufanda de plumas, llamado así porque sólo sabe decir “Coco, cocó, cocócocó, co coco, cócococó” y que pone huevos coloridos con extrañas sorpresas cuando se pone nervioso (fue imaginado por una niña que padeció un accidente áereo). La Duquesa (la verdad mi favorita, aunque es insoportable), cuyo nombre de gran alcurnia es Diamante Persnickety primera y última, y que como su nombre de pedigrí deja entrever es casi un cuadro de Picasso, con ojos cubistas, trasero de Miró y boca plagada de quejas y exigencias del tamaño de su realeza, siempre buscando ser adoptada para salir del “muladar” en el que vive (por desgracia, no poseo datos de la intelectual y sangrona imaginación que pudo darle animación a la Duquesa), y que le hace la vida de cuadros a Frankie, la joven que organiza todos los asuntos domésticos de la mansión: la comida, la lavandería, la limpieza, etcétera, y nieta de la fantástica Madame Foster, fundadora de la casa, viejita encantadora que se encargó de crear las normas que rigen la mansión, siendo ella la primera que las rompe, y la única capaz de mantener libre la imaginación hasta la vejez como queda demostrado mediante el Sr. Conejo (Sr. Herriman, amigo imaginario de Mme. Foster), un conejo, me atrevería a decir extraído de Lewis Carrol, con monóculo y reloj de bolsillo, de una seriedad inigualable, jamás transgrede las normas, su pensamiento es dogmático, didáctico y ortodoxo (según Mme. Foster es así desde que lo imaginó por primera vez) y es quien se hace cargo de las adopciones; además de discutir y pelear todo el tiempo con Frankie, pues sus formas de ver la vida son totalmente opuestas. Los personajes son de extrañísimas apariencias, las escenografías de la mansión son todas de un dejo vintage peculiar y hermoso, y los caracteres de los protagonistas están perfectamente delimitados desde el punto de vista dramático.

La familia Foster.


La primera vez que leí sobre la Mansión fue en una revista para rockeros (sí, los rockeros también vemos programas para niños), y me llamó la atención lo que decían de ella: “Un fantástico ejercicio de tolerancia”, divertido, además, porque en esa casa hay espacio para todos, cada quien es lo que es, y no se le juzga por ello, todos son extrañísimos en su apariencia y sus costumbres, y sin embargo, nadie es criticado ni excluido por ello, sino pregúntenle a la antipática Diamante; y los niños son reconocidos no como niños, sino desde un lugar más fundamental, como seres humanos, con personalidades y determinaciones propias.

Si acaso se pregunta quién se encarga
de las coloridas escenografías de la Mansión,
esas se las debemos a Tim Biskup.


Se suma a todo ello que ayuda a entrenar la imaginación, a demostrar que no tiene límites, que lo mejor de la imaginación es dejarla crecer, nutrirse; dejarla sonreír y adquirir color, y que lo más hermoso de ser niño es tener la imaginación a flor de piel y hacer con ella lo que venga en gana, compartirla, desgranarla y dejarla libre y sin dueño, porque es de todos. No hay nada comparable a la imaginación sin dueño que puede transmitirse, prestarse, o mejor, compartirse y disfrutarse.


A falta de un retrato de su magnífica realeza,
Diamante Persnickety, primera y última,
dejo aquí la Mujer con gorro de Pablo Picasso
que se le parece bastante.

PD: Lo mejor de ver esta caricatura es escuchar las tremendas carcajadas que se pega Dylan con los enredos que suceden en ella. Si se quiere entender a cabalidad todo lo que sucede en la Mansión, es importante ver los primeros tres capítulos de la serie.