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jueves, 19 de agosto de 2010

Convicciones: escribir con indecencia


Iba a poner aquí,
una foto de la portada de mi libro,
para hacerme la muy muy;
pero luego me acordé,
que no tengo libro…
¡Ajajajajajaja!

Yo

Respuesta a la ponencia de mi Caballo. (O consecución, como mejor le parezca.)*


Convicciones. Ay, mi Caballo, en que honduras te metes. Sí, tenían razón esas gentes: estás lurias.

Si algo tengo cierto en la vida (de lo muy, muy poco que tengo cierto) es que se necesita convicción para escribir. De otra forma, ¿por qué querría uno escribir? Si es un oficio tan despreciado, tan mal pagado (al menos en este país) y tan poco escuchado, reconocido y (lo más importante) leído y que requiere además tanto esfuerzo —claro como no seas amigo de Saúl Hernández y tu abuelita te pague viajes al extranjero para tener “experiencias de vida”.

¿Por qué querría uno escribir, pudiendo ser dentista, contador, ingeniero, taquero o narcotraficante, profesiones éstas bien remuneradas, y sí dejan para vivir y no andar en la cuasi indigencia?

La “cosa”, porque sí es una “cosa”, funciona más o menos así. Si algo me apasionó desde que descubrí la literatura en mi adolescencia, es la forma en que descubrí como esos hombres y mujeres que he leído han sido a través de los tiempos los más desgarrados y los más verdaderos, y van guiados no por lo que dicta el estatuto social de moda, sino lo que ellos tienen en la entraña. Eso pasa cuando eres adolescente. De pronto te viene la calentura y comienzas a escribir, o a creer que escribes. Si eres tanto más avezado comienzas a inmiscuirte en circunstancias escriturales, es decir, buscas un “taller literario” o “amigos” que escriban. Y si la vida te sonríe logras encontrarte como en tu “ambiente”, digamos.

Y es aquí donde viene el momento difícil; el quid, para que no digan que no soy intelectual.

Si tienes un tantito de talento, aunque sea poquito, o aunque sea sólo talento para hacer relaciones púb(l)icas, viene el momento culminante en que alguien te dice: “Oye, ¿y por qué no publicas?” Yo no sé quién dijo que publicar en este país es difícil. Lo que es difícil es publicar cosas de calidad.

Y si tu ego es tantito grande, aunque sea poquito, cometes la burrada de dejarte guiar por la calentura. ¡¡Claro, cómo no se me había ocurrido!! Publicar. Esa es la idea, no importa qué ni cómo, pero ha de ser muy gozoso tener un libro en las manos que lleve tu nombre (imagino), qué mejor si es un libro de poesía, porque nadie le entiende, y entonces se va por la vida recibiendo elogios, adulaciones y vivas y hurras (sí, porque es lo mejor que se puede hacer con los poetas: “seguirles la corriente”, porque están loquitos e igual nadie les entiende e igual ellos ni se dan cuenta de que nadie les entiende, con que los lean sus amigos, sus papás y su perro es suficiente).

Entonces ya acalenturados (o como dijera mi madre: “ya encarrerado el camión, que chingue a su madre el pasaje”), y con los contactos necesarios, ¡publiquemos! Pues qué chingado… y en la búsqueda de la publicación se descubre que hay unos subsidios conocidos como becas y concursos. Ah, porque no es cierto que el gobierno nos desprecie a los ciudadanos, no es cierto que le interese tenernos en la más profunda de las ignorancias, no es cierto que al Estado le interese acallar las voces que lo critican, no, no es cierto, pura falsedad… el gobierno da dineros a personas que se saben “intelectuales” y que tienen cosas por decir, al Estado le gusta tener hijos que sean “inteligentes” y que escriban, y que hagan de la vida un estadio hermoso con sus maravillosos versitos de colores. (Pero acaso no hay mejor forma de mantener controlado al enemigo que sabiendo de cerca qué demonios está haciendo, con quién habla, lo que dice y cómo lo dice… es duda).

Y si uno perdió en estos dos trances anteriores la poca inteligencia que tenía, pues se monta en lo que yo llamo la “farándula literaturesca” que es: concursos >> becas >> premios >> publicaciones >> grupies >> alcohol >> presentaciones >> más grupies >> adulaciones >> cheques (nada sustanciosos) >> lubricidades >> y tengo que escribir para el concurso tal >> y tengo que escribir para el concurso cual >> y tengo que mandar texto para la convocatoria >> etcétera>> (y no sé por qué esto me suena como a pizzas a domicilio, así que no veo dónde está el trabajo intelectual).

Y luego se encuentra uno con personajes que dicen (subidos en un pedestal): “pero si yo este año, llevo escritos 23 libros”… ay cabrón, oiga, tome usted pepto bismol, por favor, no joda. [Si no pongo el nombre del sujeto, es porque mi familia (no yo, yo no importo), mi familia puede ser exiliada y perseguida en el Estado de México.)]

Lo anterior lo escribo, para que Caballo sepa (lo sabe, lo sé) que hay casos peores que el de su amigo el “decente”. Al menos, el quiere ser decente y tiene buenas intenciones. Hay otros, que no conocen esa palabra ni de lejos.

Y yo no entiendo, en todo esto, dónde está el verdadero ejercicio de escribir. Dónde están las convicciones, como bien pregunta mi Caballito Bronco.

Es triste, mucho, llegar al punto en el que se quieran escribir “poemas decentes”. No, así no. No quiero. Me resisto.

En mi caso, yo sobreviví no sé cómo a todas estas calenturas. (No por mucho tiempo, tampoco me ufano.) Sin embargo, digo sobreviví, porque no he publicado nada de lo que me avergüence, no he publicado nada porque me haya sido pedido para llenar páginas de antologías, no he publicado nada apadrinada por nadie. Y en todo caso, jamás he avergonzado a quienes pudieran ser mis padrinos. He esperado, a pesar de la clamidiasis. ¿Por qué? Porque yo no quiero publicar poemas “decentes”. Yo soy ambiciosa y sí, si quieren, mamona y ridícula, tal vez. Pero yo quiero publicar cosas indecentes. Indecentes de esas que se te cuelan en el hígado; indecentes de esas que saltan de la página y te dan de bofetadas; indecentes como puta de la Merced: puercas, y apestosas y con gamborinos; indecentes porque rompen madres; indecentes para que evidencien el mierdero en qué vivimos; indecentes para quejarme y recomponerme de la vida que me tocó; indecentes hasta que les salgan gusanos; indecentes hasta que escupan gargajos; indecentes así a secas y a mojadas, también.

¿No acaso son las obras más indecentes, las más recordadas en la literatura? Yo no quiero escribir para nadie, ni para obtener un cheque. Gracias a mi madre, sé trabajar y ganarme la vida con el sudor de mi frente y los callos de mis manos (sí, tengo callos: del lápiz en los dedos, y del mouse en la palma de la mano, y últimamente, también tengo síndrome del túnel del metacarpo, o cómo se llame), y no me hace falta que el gobierno me subsidie ni me aplauda ni me mueva la cola.

No es que odie al gobierno (jajaja). Es que me gusta decir, lo que tengo que decir cuando tengo que decirlo. Es que me gusta pensar que al menos en lo que escribo, yo soy la que controla mi universo (porque no tengo más espacio que ése), sino mejor escribo guiones de tvnovelas, qué carajos. Es que me gusta pensar, que me va la sangre y el vómito y la bilis en mis palabras. Es que me gusta creer, que tal vez algún día escribiré algo que le signifique a alguien, aunque no vaya un cheque ni un título nobiliario de por medio. Es que me gusta creer, aún. Mal vicio.

Sí, yo quisiera pensar que algún día podré hacer una “literatura” ya no transformadora, al menos “literatura”, dicha ésta con garbo y con respeto y quitándome el sombrero, y no pensando que es una puta que se compra en cualquier burdel de tres mil pesos al mes. Pero como la codicia me corroe, sí, también quiero un “literatura transformadora”, no de países, soy incapaz de emprender tan heroica tarea. Transformadora de palabras, de voces, de lágrimas. Transformadora de miradas, de perspectivas, de dolores en el vientre.

Ya lo dijo mi Caballo el otro día: “Vivir es una tragedia”. Pues a mí escribir, me ayuda a mascullar mi tragedia cotidiana, a gritarla, a putearla, a digerirla, a complacerla, a intentar de remendarla, a fingirla, a amarla. Y si me coge tantito la vanidad, me gustaría pensar, que alguna vez, también ayudará a alguien, uno solo, con la suya propia jodida tarea de existir.


Nota: Sí, es posible que luego de esta perorata, haya quien me diga: “No estés chingando, enseña las armas, ¿a ver?” Y no es que no las quiera enseñar, es que las estoy puliendo y aceitando; pero mi codicia es tal, que muchas veces me he preguntado, si de verdad me basto para escribir lo que quiero y necesito, como lo quiero y necesito. Y me lo pregunto todo el tiempo. Sí, haré el intento de cualquier modo. Sí, de cualquier modo terminaré prostituyéndome porque es la única forma de hacerlo. Sí, de cualquier modo este modo de hacer las cosas terminará por agarrarme las nalgas algún día. Sí, es posible que si algún día publico, alguien diga “¡No mames! ¿Y por estas porquerías haces tanto escándalo?” Pero al menos, yo sabré, que lo hice con dignidad (palabra hoy tan en desuso y tan sin ejercicio). Sí, también es muy posible que luego de todas estas cosas que escribo aquí, nadie quiera publicarme, eso no es algo que me atormente. Así que llegado el momento, ya veremos dónde y cómo hay que dar los jabs y los nock outs…


* Caballito fue invitada al encuentro de escritores jóvenes en Monterrey, y escribió una ponencia titulada: “¿Existen convicciones en la literatura mexicana joven?”.

martes, 8 de junio de 2010

33 y 6 días

Eres un país de luz, me dijo @cecilia
Tu cabello huele a mi infancia, me dijo @alonso
Chinaski, Chininicuil, China de mi arma, me dice @lorenza
Vieja, me dice @blanquillo
Chinita linda, me dice @micaballito
Mamá Hulka, me dice @dylan
China del cabello, me dice @ivanventura
Hija de tu madre, me dice @mimadre
Nena, me dice @micarnal

Ognuno sta solo sul cuor della terra
traffito da un raggio di sole:
ed è subito sera.
Salvatore Quasimodo*
El sábado cumplí 33 años.

Me disgusta que las personas se quejen de cumplir años. Al menos en mi caso todos los años han sido ganados a pulso, sístole-díastole, me he encargado de vivir la vida con pasión encarnizada.

Duele, no duele, carcajadas, lágrimas, frustraciones, zarzamoras tus besos, enamoramientos, Some of these days / You'll miss me honey, amar y desamar, armar y desarmar, sombrillas descompuestas, abandonar, ser odiada, provocar y ser provocada, poemas, templos de poemas, seducir y dejarme seducir, leer, comer, beber, escribir, siempre escribir, qué más da, speed jab, golpear y ser golpeado, jab, ganchos, curvas, bailar y dejarse apretar, power jab, los labios de Mohammed Alí, volver a reír hasta llorar y llorar hasta que sea ridículo y escupas carcajadas, nock out, seguir, moverse hacia delante, recular, recular y aventarse, bungee, flotar (experta flotadora, informes aquí), movimiento brownoideo, seguir, seguir, flaca, juntar, vincular, chocar, rozar, acariciar, lamer, morder (gggrrrr), arañar, hambres y fríos, consuelos y abrazos, erratas, refugios y orfandades, cálculos en la vesícula, pastillas aciditas en el corazón, embriones en la sesera, niño hermoso, caballito de madera, hojita de yerbabuena, musaraña peluda, Dylan, bosque de leche, leche con rock&roll, rockerista en potencia que saca la lengua, Dylan, jedai poderosamente negro y malo muy malo, y yo, caída y levantada, golpeada, vejada, restaurada, y el Parker y su saxofón, nueva, infinita, rizada, con manchas y batallas desiguales, garras, güevos, ternuras, diccionario entero de ternuras, Géminis, doble x 44, secretos, la voz de Jeff Buckley, rincones, resquicios, casualidades, azares, terrones de azúcar bajo la mesa, gorda, miradas, miradas incendiarias, Rita Guerrero que me imita, amados, miradas morenas, peces dorados en las vidrieras, comas y puntos, Tlanixco, miradas profundas y amargas, miradas de odio (sí, me han odiado), slam, manos que te detienen, no caigas, codazos, insubordinadas, rodillazos, sobadas, piolines misteriosos en los bolsillos, golpes bajos, traiciones, culer@s, cariños, chocolates, tequilas, óleos y Etienne, mezcales, garañonas, murales, espejos, yo y mis múltiples personalidades, y las de Lorena y las de Blanca, y charlas, charlas para componer el mundo y destruirlo y volver a componerlo, charlas sin fin y sin remedio. Y Ossip. Punkear y ser punkeado. Agua de guanábana. Otto Dix mirando en la ventana a La Maga. Amor. Amor con alta. Amor con altas todas. Amor mi Dylan. Amor tú que estás y tú que ya no estás. Amor yo, sin bronca alguna, mi familia, yo, nueva, vieja, suicida, Wong, siempre suicida, Ixtab, y un dele, delére, para borrar, y manchas de carmín, tatuajes, muescas con sangre, y un Caballito de Troya y una Princesa Ponk, y libros, más libros, leer de nuevo, hermosa, mirarte, más huevos, más libros, más harina, miel, todo miel, terrorismo poético, mami, mamacita, provocar, provocativa, ocelote, ocelote solo, ocelote en la cocina (no soy sólo glamour), ocelote en la jungla, ocelote de peluche, flores en mi jardín, mates que me llegan de La Rioja, Odiseos gruñonsones, nuevos poemas, más manchas, me la pelan forever, me emperro, me oceloteo, me aferro, y la guitarra de Bert Jansch, dedo meñique del pie izquierdo chueco, y la barba de John Renborn, elefantes cojos de un cuerno, más rizos, largos, cortos, desgreñados como siempre, prohibidos los peines, y Kurt rubiecito gritando, laberintos, ideas, más ideas, viajes y moretones, otra vez ideas, otra vez risas, me Río de Janeiro en tu sonrisa, tapires, abrazos, demonios tus besos, calurosos, la sicodelia de McLaughlin, besos tiernos, topes en la pared, ternuras, más ternuras, las quiero todas, y armas, muchas armas, blancas y rojas y negras y palabras, Brueghel y sus babeles, y mordidas en los hombros, puntos suspensivos, y cartas, más cartas, cartas que no escribo, que sí escribo, cartas de Berthe Trépat, cartas que mando, que no mando, cartas que no he quemado, I wanna be your dog, preguntas, momentos de reflexión, caracoles, momentos ocelotunos, aquí y ahora, muchas preguntas, toneladas de preguntas, cientos de millones de preguntas, gerberas, sigo y estoy, sola, acompañada, libre, más libre, muy muy más libre, higos y uvas, prohibido asaltar mi libertad, besos y besitos, besos de mordida, atrás de la raya, gozosa, feliz, feliz, serpentina con globos, abrazos, helado de chicle, abrazos gordos, lista para lo que sea, abrazos largos, nueva de nuevo nuevamente, abrazos de cucharita, quién me detiene, feliz como nunca, crucifíquenme que estoy viva, c'mon baby, quiero un Oliveira, ¿o era un Traveler? bleh... ¿y ahora qué? soy inmortal, inmoral e invencible, kamikazeeeeeeeeeeeeeeeeee... jm!
* Uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol: y de pronto la noche.

martes, 11 de mayo de 2010

De poetas y freelancers, parte tú

The favourite poet (1888), de sir Lawrence Alma-Tadema,
esta visión romantiquisíma y hermosa


Ah, pues que íbamos a hablar de los poetas, ¡qué güeva! Lo cierto es que ya me había dado flojera escribir esto, pero siempre digo que habrá una segunda parte que nunca escribo, y pensé que ahora sí tenía que cumplirles, no se vaya diciendo por ahí que no soy cumplidora, ¡í’iñor!

(Antes de seguir leyendo le aclaro que aquí dejaremos de lado la definición etimológica de poesía, que proviene de poiesis, y etcétera, recuerde que éste no es un bló culterano, no me interesa aquí hablar de la creación entera, no tengo la capacidad ni el espacio suficientes, y no, tampoco soy diosa, aunque quisiera... Hablaremos aquí de los escribanos, los locales y quizá los que conozco, y también de los que no conozco, pus qué.)

Pues bien, ser poeta, pues no sé qué es, sólo sé que viene con las hormonas probablemente (como diría Guillermo: “Eso son ganas de coger”), como a eso de los 17 o antes si usted es más bien precoz y si en su casa le enseñaron y le pusieron libros a la mano. Aunque cuando se superan las ganas de coger (en algunos casos, claro). Vienen las ganas de publicar y ser famoso en la mayoría de los entes (de los entes que escriben, digo), y peor aún, las ganas de ser en serio poeta, chanfle.

Pero, ¿qué es ser poeta?... de veras, ¿qué es ser poeta?

Pues según yo, ser poeta tiene que ver, antes que escribir, con tener una hípersensibilidad ante los estímulos mundanos y los internos; tener corazón hervido de pollo; tener lágrima fácil (manque uno se las aguante) y corazón de unidad habitacional (los condominios no son suficientes para las cosas que habitan el corazón de un poeta); tiene que ver con enamorarse de la vida y de la muerte; de los seres humanos: los hermosos y los nauseabundos, los honestos y los pérfidos; tiene que ver con tener los ojos grandes y siempre abiertos (o cerrados, depende de dónde se mire) para contemplar los detalles y la inmensidad de los lugares por los que se posa la pata; con tener las manos largas, tentonas (a mí me han corrido algunas veces de algunos museos porque me gusta tentar cosas y personas, y...), delicadas y violentas; con tener la oreja dispuesta a que en ella aniden los más terribles colores y sustancias, a que se queden ahí guardadas las más terribles combinaciones sonoras; con tener olfato de abeja y gusto de gourmet aunque sea para comer tacos afuera del metro y detectar el Scherichia coli, por no hablar de los besos y otras cosas viscosas; en fin, tiene que ver con flotar en medio de la realidad y ser capaz de apresar muchos de los detalles que ésta nos da día a día (que quede claro que esto es lo que yo creo, para más aclaraciones, busque en la columna derecha de este blog, la cita a Diane Wakoski).

Luego ya viene lo de la escribidera y eso ya es distinto, para mí un poeta (y yo aún no soy de esos y tal vez nunca lo seré), un gran poeta es aquel que puede hacerte sentir su emoción a través del tiempo, la lengua y el espacio, no importa qué diga, cuándo, cómo, por qué o para qué, o en qué idioma, si lo escribió y ha logrado tocar tu conciencia, ése es un gran poeta. No importa qué haya dicho, ni qué palabras haya utilizado, si lo escribió y cuando lo lees tienes la absoluta certeza de que no hay mejor forma de decir lo que está ahí escrito, y si más aún, te saca lágrimas o sangre y lo llevas por el resto de la vida marcado como una muesca de batalla en la piel, ése es un gran poeta, pero, y aquí viene el gran

PERO

resulta que ahora todo el mundo se cree poeta. ¿Y esto por qué pasa?

Pues pasa porque en un pueblo inundado de ignorancia, en una sociedad básicamente analfabeta, vulgar e insensibilizada como la nuestra, a cualquier barbón se le hincan (como en la primera parte, “cualquiera que tenga un lápiz en la mano, puede ser corrector”), con cualquier charanda se embriagan.

Pasa porque hay un sinfín de becas y bequitas, de premiecitos y premiesotes que tienen como única finalidad agarrar de los güevos a quienes escriben para que no escriban lo que ellos en verdad quieren escribir. O para que quienes se creen rebeldes estén inmiscuidos en cualquier cosa antes que en la rebeldía, no vaya siendo que... O tal vez no. Porque quizá tampoco tengan grandes cosas que escribir. Igual pasa en los grandes sistemas de investigadores, eh. Me pueden llamar paranoica si quieren, pero yo creo que arriba, más arriba de donde mis ojos alcanzan a ver, hay un plan siniestro, que tiene que ver con mantenernos a raya a todos, y ni cuenta nos damos de cómo, o nos acomodamos y que se chinguen otros.

Yo digo esto, porque también conozco a varios, por no decir muchos, que escriben con la única finalidad de no tener nunca que trabajar, lo cual, no está mal (quizá yo escriba esto nomás de pura envidia roñosa, porque yo sí trabajo), pero que a la hora de la hora, terminan presentándose a su última tutoría del Fonca con la misma pinche cuartilla (sí leyó bien, “cuartilla”, una, una solita, o bueno, cinco, pero eso no es un libro ¿verdad?), que escribieron al inicio del año, y todo por qué, porque hubo una mano peluda de por medio que les otorgó la prebenda. No digo que estén mal las prebendas, si se tienen que se aprovechen, está bien el encaje pero ¿así de ancho? ¿Y entonces que hay de los intelectuales que critican al poder? Jaja, pues esos creo que ya no existen, al menos no son conocidos ni publicables ni publicados. Porque a estos mismos yo también los he visto quejándose del gobierno y del “sistema” en el que vivimos, pero no se puede criticar si de ahí se come, no se puede tratar de componer el país si uno es un mantenido de los contribuyentes...

Se arman encuentros, lecturas, centros culturales, en donde las actividades poéticas tienen que ver con reunir grupies para los poetas (grupies que creen que un escritor municipalido puede ser comparado con Raymond Carver, ¡imagínese!), decirle al de al lado, «“maestro” que buenas cosas escribes», pedirle autógrafos, chaquetearse mientras el o la poeta lee sus malos textículos, acercársele, tocar su sagrado manto, o mirar el airoso caer de sus pestañas, y pensar que uno ya está inserto en la cultura nacional, y ¡ppfff! ¿de veras esto es la cultura nacional? ¿Qué tiene que ver todo esto con ser poeta?

Hay una gran falta de autocrítica en la literatura actual, sobre todo en la poesía. ¿Por qué en la poesía? Pues porque es el género en el que es más complicado y subjetivo decidir qué es bueno y qué no lo es. Sin embargo, ser poeta según yo, no tiene que ver con nada de todo esto. Ser poeta es como cualquier trabajo, hay que machetearle, hay que hacer la mezcla, pegar los adobes, derrumbar la maldita barda que quedó torcida, volverla a levantar. Que salgan ampollas y callos en las manos, o en donde tengan que salir, ¡chingao! Ser poeta es un entrenamiento diario que debe hacerse consuetudinario.

(Pasa lo mismo que en la entrada anterior, así como se creen editores personas que han visto y tocado tres libros en su vida; también se creen poetas, entes que en su existencia nunca se han tomado la molestia de trabajar para ello, o que trabajan en cantinas, en hoteles, o en algunos cruceros boleando zapatos, etcétera.)

Así es la vida y el mundo y yo no voy a cambiarlos. ¿Qué yo que hago? ¿Qué por qué me doy el derecho de escribir esto? Nomás porque quiero, nomás porque yo sí tengo respeto por estas dos cosas que hago en mi vida y sin las cuales mi existencia no tendría razón: editar y escribir. Y todo este alegato me llevó a recordar el texto que cito enseguida, sobre el trabajo del poeta. Ahí se los dejo...


Manifiesto: pan en contra del reloj de Mozart (1964)
Lew Welch

Yo no creo que haya una guerra entre los hipsters [golpeados, vagos, aventureros] y los squares [cuadrados, conformistas], y si la hay, yo no participo en ella. Soy un poeta. Mi trabajo consiste en escribir poemas que leo a gritos, publico y estudio. Aprendo el modo de convertirme en una clase de humano que tiene algo de valor que decir. Éste es un gran trabajo.

Naturalmente, me muero de hambre hasta perecer. ¿Naturalmente? No, amigo, eso no tiene sentido.

(“Mira, muchacho, si quieres pagar tus deudas tienes que salir en busca de un trabajo”.)

Yo tengo trabajo. Soy poeta. ¿Por qué tengo que hacer también el trabajo de otro? ¿Quieren que sea carpintero? Soy un pésimo carpintero. ¿Alguien le pide a un carpintero que escriba mis poemas?

Aunque de pronto estoy trabajando 20 horas diarias en un barco pesquero (es un bello trabajo y tiene su gracia, pero ése es otro cuento, por qué no gano el dinero suficiente en esa labor, ese es otro cuento). Y luego me doy cuenta de que no he escrito un poema en ocho meses. Estoy muy cansado. Todavía no puedo pagar mis deudas, 125 dólares al mes en San Francisco; la frugalidad es uno de los trucos de la ocupación del poeta.

Mientras tanto, los editores (“Lo siento, no hay dinero para los poetas”) imprimen mis poemas —muchas veces leo mi poesía en público (todo es beneficioso, pero no tengo pan para comer) etcétera, etcétera, etcétera.

Me arruino. Mi cerebro, literalmente, mordisquea bajo la extrañeza de ser poeta con éxito en tanto que ÉSE ES MI TRABAJO (todos están de acuerdo en que es un oficio bueno y noble y todo eso) repudiado.

NÓTESE, POR FAVOR, que nada de lo dicho tiene que ver con la generación beat, con Estados Unidos, ni con los hipsters ni conformistas —es algo tan antiguo como Mozart. Esta contradicción yo la veo así: pan en contra del reloj de Mozart (“no le paguen a ese tipo, sería muy vulgar plantearse que su trabajo es inapreciable. Mejor regálenle un reloj. Pero asegúrense de grabar un mensaje en el reloj, para que el tipo ese no vaya a empeñarlo”).

Como dije, estoy arruinado. Me fui a vivir al bosque durante casi dos años. Viví en una choza ubicada a 740 kilómetros al norte de San Francisco. Ahí trabajé. Bebí agua de un manantial. La choza está cerca del río Salmón. No tuve deudas ni billetes. Bajo el amparo de aquel hogar.

En noviembre volví a San Francisco, casi sano. Llegué con muchos poemas y algunas respuestas nuevas. En el bosque aprendí muchísimas cosas, y una de las más extrañas es ésta: los apuros que pasa el poeta (la contradicción entre Mozart y el reloj) se deben en parte a nuestros errores. MILES DE PERSONAS APRECIAN REALMENTE NUESTRO VALOR Y NUESTRO TRABAJO. SON PERSONAS QUE QUIEREN AYUDARNOS —¡PERO NO SABEN CÓMO!

Si somos tan cabronamente creativos, tendremos la posibilidad de resolver este problema, sobre todo por la gente que está de nuestro lado. Pues este problema no es sólo de los poetas. Es incluso, el mismo problema para establecer una ruta en panga. ¡Me niego a creer que un país rico no tenga medios para establecer una ruta en panga!

Estoy a favor de la Belleza y del Gozo y del Amor y de la Verdad, en todas sus formas. Soy poeta. Me percato, finalmente, de que parte de mi labor consiste en demostrar que podemos tener medios para sostener la poesía y las rutas en panga y el buen jazz vivo y los grupos de danza y muchachas en charolas de pescados* —¿y cómo podríamos vivir sin estas cosas? Sin estas cosas, la ciudad sólo sería un Enorme Mercado, vulgar, horrendo y peligroso— sin interés ni gozo, sin señales para nadie.

Por principio, debo resolver mis necesidades materiales. Sin causarle ningún tipo de molestia a mi comunidad; sin pedir limosna ni atacar a nadie. Debo pagar todas mis deudas y dedicarme a mi verdadero trabajo, que es el de poeta.

Sólo entonces podré atender otros problemas para resolverlos —y de nuevo, digo que sin causar molestias, sin mendigar, sin ataques. Sablear al prójimo en las cruzadas de caridad es algo que está fuera de lugar.

El próximo sábado 12 de junio, a las 20:30 horas, en el auditorio Old Longshoremen, en la avenida Golden Gate 150, conocerán más sobre esta polémica —donde Gary Snider, Philip Whalen y yo leeremos nuestros nuevos poemas.**

¡Vengan a ver cómo aparecen las visiones utópicas frente a sus ojos!

¡Poemas! ¡Regocijos! Como dijo George Herms, poeta-escultor: “¡Dios dice que sí se puede, Luisa!”

Y todo al módico precio de un dólar.

* “Muchacha en charola de pescado” era un espectáculo ilusionista que se presentaba en la cabaret Bimbos 356, en San Francisco, durante la década de 1960. (N. del t.)

Dolfina
Según averigüe, la muchacha en charola de pescado, salía más o menos así (como en la imagen de arriba) al escenario, y luego, terminó por hacerse la imagen del Bimbos, así que se imprimía, en los artículos promocionales del mencionado tugurio. ¡Me encantó! (N. de la que escribe aquí.)
** Lew Welch leyó este manifiesto por la radio, en San Francisco, para invitar a la mesa redonda titulada “Pan y poesía”, con lecturas de poemas de los beats mencionados. (N. del t.)

Anaya, José Vicente (comp. y trad.), Los poetas que cayeron del cielo. La generación beat comentada y en su propia voz, segunda edición, México: Casa Juan Pablos, 2001, p. 267-269.

Notas
1. A diferencia de Lew, yo sí fui carpintera, así que también de eso puedo hablar.
2. Sí, me dan envidia las becas, jaja, pero tantito nomás, porque así yo puedo escribir lo que quiero escribir, cuando yo quiero escribirlo (como también dice en la columna de la derecha, desconfío de los grupos).
3. Decidí ser editora, porque en efecto, de poeta uno se masca la suela de los zapatos. Y me gusta comer.
4. Sí, trabajar deja poco tiempo para escribir, por eso es que escribo con tanto despecho de quienes tienen becas y premios, jojo. No, también hay gente que respeto y admiro en todo esto, no es una generalización. Que quede claro que no estoy en contra de los métodos con los cuáles se obtienen becas y premios, "en la guerra y en el amor, todo se vale", no importa de que amor hablemos; lo que me saca de quicio, es que el cinismo sea tan grande que los beneficios de verdad se obtengan por no hacer nada...
5. Sí, en efecto, si me dieran una beca o un premio, lo disfrutaría. Como dije arriba la crítica es a quienes obtienen todo de gratis, como “elmejoreditordelmundo” y “elemejoreditorconbuenojo”.

martes, 30 de marzo de 2010

De freelancers y poetas, parte guan

Este viejito de aquí, es San Jerónimo,
el patrono de los editores y libreros,
no soy católica, pero como más vale prevenir que lamentar,
encomiéndome a ti.


Para Guillermo Fernández, Ricardo Garduño, Benjamín Chimal, Antonio Reina, Pilar Tapia, Miguel Ángel Guzmán, Carmen Vieyra y todos aquellos, que con paciencia y zapes (figurados, claro) me han enseñado algo en este bendito oficio.

Advertencia: Si tiene flojera de leer, mejor búsquese otra cosa, porque la neta este post sí está bien chorero, me salieron hartas cosas de mi ronco y ex fumador pecho, y no quiero aburrirlo. (Ah sí, esta primera parte está dedicada sobre todo a los freelancers, ya en la que sigue hablaremos de los poetas.)

Así como si nada, me doy cuenta de que han pasado casi seis meses desde la última vez que escribí algo aquí. Y como siempre, me da el síndrome de El libro vacío.* Que como diría Octavio Paz en el prefacio a éste es la imposibilidad de escribir y la necesidad de escribir, el saber que nada se dice aunque se diga todo y la conciencia de que sólo diciendo nada podemos vencer a la nada y afirmar el sentido de la vida.

Y digo escribí algo aquí, porque en realidad escribo todo el tiempo. No las cosas que yo quisiera, pero escribo. Tengo un trabajo en el que a diario estoy exprimiendo mis ojos, mi cerebro y las teclas de esta computadora. Ya sé que muchos se lo preguntan, ¿a qué me dedico? Pues bien, soy editora, por ahora, editora de libros de texto para secundaria.

Tengo 32 años de los cuales he dedicado 12 al trabajo editorial y he hecho de todo tipo de libros: culturales, comerciales, de literatura, técnicos, traducciones, revistas universitarias, de educación superior y media superior, gubernamentales, customs, boletines, etcétera. Y lo he hecho todo (editorialmente hablando, claro), menos un libro mío. En esas ando desde hace como dos años, pero soy tan ambiciosa que quizá nunca pueda terminar de escribir lo que quiero, como lo quiero.

En cuanto al trabajo en libros de texto, es arduo, difícil, demandante y, sin excepción, me deja exhausta; además de los múltiples entuertos que hay que resolver a diario, que le sacan canas verdes hasta al más zen. Eso sí, luego de haber hecho esto puedo hacer cualquier cosa, estoy curtida.

En mi trabajo comencé siendo correctora. Lo cierto es que comencé siendo “la menos peor” de una lista de cinco o seis candidatos para un puesto de correctora ortotipográfica. Y me quedé. Pero como nunca estoy conforme, avance, busqué, pregunté, estudié, y ascendí, mejor dicho, me ascendí a correctora de estilo. Volví a preguntar, a buscar, a avanzar, a estudiar y llegué a editora, y hasta aquí vamos bien. Creo que esta es la parte que en verdad me gusta aunque sea una relación amor-odio (siempre más amor, y no lo digo sólo yo, lo dicen muchos en este medio). En fin... ¿a dónde voy? Pues voy al trabajo independiente, al tan mal llamado en México trabajo de free lance. Y digo mal llamado, y digo en México, porque en este país, nadie, a veces ni los propios trabajadores independientes respetamos nuestra labor, y es falso que sea free (de hecho si uno quiere comer, tiene que ponerle más empeño que al trabajo formal).

Hace unas semanas alguien publicó en twitter un post en un blog sobre el trabajo independiente, y sobre la forma en que este trabajo se malbarata y se mal paga. De 12 años en el trabajo editorial, durante 10 he sido independiente, así que sé de qué hablo y tengo autoridad para hacerlo, la misma que me da haber sobrevivido, más o menos bien, durante esos 10 años de esta modalidad de trabajo.

En el texto que menciono, se quejaba alguien de que ahora se buscan creativos a costos bajísimos. De que se publican anuncios semejantes a “si usted es creativo y cobra bara, venga, aquí lo empleamos”.

En efecto, el mundo del free lance está plagado de malbaratismos y de ninguneos, y en el medio editorial más (seguro que me excomulgan del gremio luego de esto, pero los gremios siempre me han importado una pura y dos con sal y chile piquín). Pero yo creo que los errores no sólo los cometen los empleadores, sino también nosotros como trabajadores.

Así que, veamos cuál es el meollo del asunto, según yo, verdad.

Pues comencemos con lo que decía un ex jefe mío: “Ocelotita, claro, en este país cualquiera que tenga un lápiz en la mano, sepa leer y escribir, y no tenga empleo, podrá llegar y decir, ‘soy corrector’”. Y, en efecto, es aquí donde comienza el conflicto: no importa qué tan bueno seas, no importa cuánto estudies, ni en cuántas editoriales hayas trabajado antes, siempre encontrarán a alguien que cobre menos que tú, aunque luego terminen pagando el triple de lo que cotizaste porque lo hizo todo mal, y es peor enmendar que hacer de cero.

Sin embargo, en el camino, he conocido personas que por la urgencia de tener trabajo bajan sus precios (yo misma lo hice en una época muy prangana de mi vida), aunque sean buenos. Pero esto no es bastante, además de lo poco que a veces pagan y uno acepta, te pagan hasta finalizado el trabajo y cuando llega la hora de entregar el recibo o la factura te salen con que “ah, lo olvidé, pagamos a 45 días” (que en realidad son 60).

Entre que terminas el trabajo y entregas el recibo, te llaman todo el tiempo para presionarte, a todas horas, todos los días, sí, absolutamente todos los días de toda la semana, de todo el mes (hay que dejar en claro, que confrontado con un empleo “estable, en nómina o en blanco”, un freelancer nunca tiene prestaciones, ni tiempos libres, ni vacaciones, nunca se cansa, nunca duerme, no mea, ni caga, ni come, ni se enferma, no tiene religión, ni ama a la patria, no paga renta y sus cuentas siempre son pacientes, pueden esperar más de lo imaginado; es decir, un freelancer es casi un cyborg dispuesto a las órdenes del mejor postor, o de su hambre, claro).

Me pasó también que al llegar a una entrevista para saber si me daban o no el trabajo, al momento de ver mi CV me decía esta vieja: “Qué lástima, pero no tienes licenciatura”, y me seguía preguntando cosas, y cada dos preguntas me decía con mirada de lástima “...pero es que no tienes licenciatura”... Señora unamita (porque trabaja en la UNAM), ¿que cree? la licenciatura nunca me ha hecho falta, soy autodidacta y tengo mucha más experiencia y conocimientos que cualquiera de sus alumnitos, ah, y he hecho publicaciones mucho más importantes que su bolentinzucho mal diseñado, mal redactado y mal publicado.

Y si te descuidas, de pronto te dicen: “Oye, y sí además de la corrección de pruebas, ¿buscas las fotos? ¿Y si además de la corrección de estilo, un día de éstos te vienes a sentar aquí con el capturista a verificar que las haga y luego cotejas? ¿Y sí, luego de corregir vas a mi casa y la trapeas y lavas mi ropa?”. ¡Claro! todo por el mismo boleto...

Si te descuidas aún más, luego de todo esto, hay veces que ni siquiera te pagan (por cierto, Karlita No Recuerdo Tu Apellido, ¿recuerdas que te corregí y te reestructuré tu tesis de arquitectura sobre el Palacio de Bellas Artes, y gracias a eso te titulaste y nunca me acabaste de pagar? ¿Cómo luce mi título en la sala de tu casa?). En ocasiones te buscan lo que yo llamo el “pleito ranchero”**, y luego de hacer una “revisión minuciosa” de tu trabajo resulta que:

Empleador: Oye, me da mucha pena pero no hiciste lo que te pedí, yo te pedí una corrección ortotipográfica, pero hiciste otra cosa.
Freelancer: Eso fue lo que hice, a ver, dime ¿qué es una corrección ortotipográfica, según tú?
Empleador: Cof, cof, este... bueno, mira, es que se te fue un acento en “policíaco”, y aquí en la cornisa, ¿ves? debía ir un guión corto, y se te fue uno medio.
Freelancer: Oye, pero así dice tu manual de criterios editoriales, y policíaco puede, o no, llevar acento.
Empleador: Bueno, es que te dije que me tenías que entregar el miércoles, y hoy es jueves.
Freelancer: Pero... mira tu calendario!! Hoy es martes!!
Empleador: Bueno, pues vuelvo a revisar tu trabajo y ya te llamo yo para decirte cuándo te pagamos...

Obviamente esa llamada no llega nunca... Y si uno hace el intento de cobrar ese dinero, pueden suceder muchas cosas: la de siempre, que no te vuelvan a contratar; que te evadan o te hagan múltiples citas para dejarte esperando, que te fastidies y nunca más vuelvas a joder; que te boletinen en otras empresas diciendo que eres un pésimo proveedor; que te dejen colgando del teléfono horas y horas, de tal forma que cuando al fin te pagan, ese dinero ya lo debes de teléfono; y la peor: que nunca te paguen y sí utilicen lo que hiciste para publicarlo.

Bueno, estos puntos malos son del lado de los empleadores, pero ¿qué me dicen de los freelancers? Ahí les va.

Hay personas muy mareadoras que trabajan mal, que te dicen “yo las mato callando” y sí, las matan pero de pura oligofrenia. Hay quienes se inventan currículos y no tienen idea de lo que deben hacer. Hay quienes de pronto, ante la presión se esfuman, no responden mails, teléfonos, señales de humo, recados, smss, hasta que se les hinchan los... cachetes, o nunca; y además se llevan el material que hicieron otros. Hay quienes hacen el trabajo pésimo, cobran y se van. Los hay también que dicen “pues yo corrijo según el precio, como veo doy” (aquí he de hacer un paréntesis: si uno acepta el trabajo y acuerda la cantidad a pagar desde el inicio, debe hacer lo que se compromete a hacer; nada de que, “como me pagan la corrección de a $15 por cuartilla, hago una corrección de 12 varos”; creo que uno siempre tiene que ser el mejor corrector o editor que le sea posible, y hasta imposible, ser). Los hay también que te dicen “te entrego mañana” y aparecen tres días después. Hay quienes en lugar de corregir se ponen a escribir (otro paréntesis: como decía mi mismo ex jefe de más arriba: “A ver, nena, ¿aquí qué hiciste? ¿Está mal este texto? ¿Sí o no? Porque mira, si está mal y lo corregiste, aplausos; si no está mal, pero no te gusta, pues te aguantas... así escribe este autor, ése es justamente el estilo... y en efecto, tú eres la guardiana de ese estilo, no tienes porque deformarlo o escribirlo de acuerdo con “tu estilo”, ¡zás!)***

Los hay también aquellos que creen que siempre están corrigiendo libros de poesía, cuando el texto es de administración, de psicología, de química orgánica, o viceversa, ¡plop! Y los hay, la mayoría (sí, me excomulgarán, sí, de veras) que no conocen un libro. O sea, este fenómeno, no sé si sólo pasa en este trabajo, pero es como ser mecánico y no saber de coches, como ser vaquero y no saber de panzas de vacas, ¿cómo pueden hacer libros, personas que nunca leen ni escriben ni tienen criterio propio? Pues sí, sí los hay, muchos.




Ésos que mira usted ahí, se llaman signos de corrección,
sí, hay que aprenderlos todos para poder corregir en hojas impresas
y son una convención mundial, aunque no sé si de verdad los usan en,
digamos, ¿Japón? Nunca he trabajado ahí... snif


Ahora, ¿cómo resolvemos todo esto? ¿Cómo hacemos que el trabajo sea libre y nos libere y nos dé de comer? ¿Cómo nos hacemos valer como empleadores y como proveedores? Fácil: siempre respetándonos y siendo claros.

Lo que yo aprendí en 10 años de freelanceo (y sigo aprendiendo, aunque obtener la chuleta me cueste un poco menos de esfuerzo, relativamente), fue:

• Nunca mientas sobre tus capacidades.
• Sé puntual, esmerado, dedicado y congruente (si te retrasaste para la entrega, puedes llamar, afrontar y pedir una prórroga; esconderse es mortal para ti y para quien te busca).
• Si te es posible y te dan ganas, reporta tus avances (esto a uno le da muhca lata, pero al empleador le brinda mucha tranquilidad, porque sabe que estás haciendo su trabajo).
• Si tienes dudas, mejor pregunta. Es mejor que te vean con ojos de “qué pendejo es este güey” cuando no la has embarrado, que cuando ya hay tres mil libros impresos y un millón de pesos en la basura.
• Respeta tu trabajo y el trabajo de los demás, nunca seas prepotente ni majadero (yo siempre quiero pensar que el mismo empeño que pongo en mi chamba, lo ponen otros en la suya).
• Está siempre dispuesto a enseñar lo que sabes, y a aprender lo que desconoces.
• Nunca aceptes ninguneos de nadie.
• Nunca malbarates tu trabajo, eso siginifica “soy tan chafa que acepto lo que sea, págame lo que quieras”.
• Infórmate sobre los estándares de precios de tu chamba, y media algo conveniente para ti y para quien te emplea.
• En la medida de lo posible, está siempre informado de las novedades de tu trabajo: desde el chisme del conserje, hasta el chisme de la Secretaría, desde la historia de cómo comenzó a hacerse ése trabajo, hasta los últimos avances.
• No te empeñes ni te juntes con gente mal hecha, quejosa y criticona, enfócate en las personas que tienen algo que enseñarte.
• Nunca prejuzgues.
• Nunca, pero nunca te pelees a gritos y sombrerazos con nadie de tu trabajo. (Ojo: No digo que no hay que pelearse, a veces es necesario; pero que nunca sea una función de lucha libre, siempre hay formas “diplomáticas” de hacerlo.)
• ¡Ah! Y cuando aceptes trabajo, siempre deja muy en claro: para cuándo entregas, qué se espera de ti, qué tienes qué hacer (no todos tienen los mismos conceptos sobre diversos aspectos del mismo trabajo), cómo y cuánto van a pagarte y verifica que ambas partes estén satisfechas. (Odiseo: No, no es caballerosidad negociar el pago al final de la chamba, la caballerosidad debe dejarse fuera de los negocios, me parece, no mames.)
• Y siempre debes ser tan bueno en lo que haces, que debes estar seguro de que muy difícilmente alguien podrá pescarte en un error. (Y si alguien te encuentra un error, lo mejor es asumirlo con humildad y enmendarlo de la mejor manera posible.)

Creo que no sólo basta quejarse, sí, el país es una romería (el mundo entero, en realidad), pero nosotros como individuos también nos esmeramos en hacernos mala fama, cuando debiéramos esforzarnos por hacer lo que a cada quien le corresponde y bien. Esto, es lo poco que yo he aprendido. Y a pesar de todo, he de aclarar que mi trabajo de verdad me apasiona, me encanta, lo amo...

PD: ¿Y los poetas? Esos aparecerán en la parte dú... ¿Qué por qué escribo también de poetas? Pues porque a veces también lo soy, y los conozco. Yo soy de los humildes, aclaro...

* Si usted quiere escribir y no puede, o puede y no quiere, o se hace bolas cuando escribe, o algo así, no puede dejar de leer la maravillosa y amarga (a mí me parece amarga, quizá me lo tomo a pecho) novela El libro vacío, de la escritora mexicana Josefina Vicens. Si quiere ver el prefacio que hizo Octavio Paz a esta novela vaya a esta liga http://redescolar.ilce.edu.mx/redescolar/memorias/escritoras_hispano01/nljosefinav.htm

** Pleito ranchero: sus., masc., 1. Término que se emplea para designar un conflicto salido de la nada, buscado de manera gratuita, con la firme intención de que sea el pleitista el triunfador. / coloq. México, 2. En palabras coloquiales: pedo que se busca con alguien para ganarle antes de que el otro lo amachincuepe a uno, o sea, matanga dijo la changa.

*** En efecto, he tenido algunos jefes bien, pero bien fregones; pero también, bien pero bien canijos, aprender este trabajo me ha costado incluso lágrimas, zapes, que me pendejeen; que me lloren; que me aplaudan; que me den besos; que me avienten las pruebas; qué me digan “¡qué bonito te quedó!”; que me las regresen y que me digan “esto no cierra a pliego, no chingues”; que me llame un autor y me diga “no joda, ése no es mi original (cuando retome la chamba de otra vieja, que hacía puras pendejadas, obvio, yo ni idea tenía de cuál era su original); etcétera, como en todo, pero siempre he tenido la fortuna de encontrarme buenos maestros y los he aprovechado, creo.

viernes, 31 de julio de 2009

La ciudad y sus voces

Para toda la banda tuitera, si los pongo a todos ya no escribo lo demás, por los buenos ratos...

Yo quería encontrarles una foto de un gasero así bien cochicostro, como los de antes, pero todo tiempo pasado fue mejor. Ahora los gaseros se cotizan, son muy cutes y te llevan el gas sólo si les llamas a su cel ggggoooooeeeiii, ah, y se dan de besos con las mamás de una, cuando van a surtir el respectivo tanque (eso es lo que dice Dylan, que cuando va el del gas se da de besos con la abuela).

Ayer @aerodi se quejaba de que con los sonidos de esta ciudad no se puede grabar un podcast con decencia, y eso que no le ha tocado grabar un disco para un curso de inglés en mero 16 de septiembre con los helicópteros del desfile pasa y pasa... es una tortura.

Ahora, a mí los sonidos de esta ciudad me apasionan, ¿qué mejor señal de que está viva? Cómo no acordarse de Cri-cri (uno de los poetas mexicanos más excelsos) que le compuso una canción al ropavejero: "Ahí viene el tlacuache, cargando un tambache por todas las calles de la gran ciudad, el señor tlacuache compra cachivaches y para comprarlos suele pregonar: Paapeeellleeeesss que venddaaaaa, periódicos viejos, tiliches chamuscados y trebejos cuatrapeados, cambio, vendo y compro por igual. Comaadddrrreeeess chismosas, cotttooorrraaaass latosas y viejas regañonas pa meter en mi costal..." (creo que también le hacía al tráfico de blancas, negras y pelirrojas). Cómo olvidar al de los "Fierrrrrooooosss, ffiiierrrooss viejos que vendaaa".

Quién no odia la campanita de la basura, que ordena dejar la tibia cama y salir corriendo bote de desperdicios en mano, para que el hijoesú... conductor del camión se largue cuando se le da la gana... mientras uno se queda ahí, pasmado, en chanclas, con lagañas y en mitad de la cuadra, pensando "¡Ah, chingá! ¿cómo llegué aquí?". Quién no goza cuando en un día de inmarcesible calor, escucha por la calle la bocinita de las "Nieves, nieves, lleve sus nieveeeees". O el "tilín tilín" del triángulo de esos hombres que cargan a cuestas un cilindro con unas tostadas que al comprarlas son bañadas con leche condensada (si alguien sabe cómo se llaman esos dulces se agradecerá el dato).

Cómo no recordar cuando luego de una borrachera mágnanima, a las siete de la mañana pasa el de los tamales: "Taaaaaammmaaallleesss calientitos, lleve sus tamales, los hay de chile, de verde, de rajas, de dulceeeee" (@lorenaromeromor se tiene algo con el de los tamales, o se tenía, siempre que pasaba, decía que éste hacía su pregón con un dejo de cachondez que nadie entendió nunca, sólo ella, razón por la cual, el susodicho era conocido en nuestra casa de San Bernardino como "el tamalero erótico") (@yorchschema ha amenzado en múltiples ocasiones con exterminar al tamalero de sus rumbos).

Cómo es que no se me ocurrió nunca hacer antes esa grabación, por si no lo saben, hubo un hábil tamalero a quien se le ocurrió grabar el pregón de los tamales, popular ahora en toda la ciudad y además lo protegió con copyright (de veras, no invento)...

Quién que no haya sido niño en este país no recuerda la ansiedad de los domingos al medio día para esperar al globero con su silbatito. Quién no espera con deseo gastronómico y anhelos de una dulce tibieza, en los días lluviosos, el silbato inefable y torturante del camotero y su carrito... Yo soy fan del de los camotes de mi rumbo, nunca pasa, pero si llovizna, seguro que sale, es taaaan audaz... Quién ha olvidado esa cosa como armónica que toca el hombre afilador de armas blancas asesinas de cebollas y tomates... Ahora recuerdo a uno de una camioneta que vendía frutas y verduras por mi casa y que tenía una grabación que rezaba: "Lleve sus naranajas, sus manazanas, ricas, duuulllccceess, ¿en dónde? aquí, aquí... aquí, aquí, aquí, aquí, aquí ad infinitum". También recuerdo que en Metepec, suena (o sonaba) el silbato de los baños públicos todas las mañanas en punto de las siete. Supongo que ahora sí están olvidados pregones como el de: "Chichicuilottteeeeesss, lleevvveee sus chichicuilotteeesss", que alguna vez tuvo lugar en Toluca, claro, cuando los chichicuilotes no eran una raza extinta.

En cambio la modernidad incrusta nuevos sonidos en esta sonoridad urbana: "El aguaaaaaaaaa", "El paaaaannn y la lecheeeee" (escuchado en una unidad habitacional). Las ambulancias, las patrullas "chico malo, chico malo, qué vas a ahcer cuando vengan por ti, tralalá...", los bomberos, el tata ta tatá repetido hasta el hartazgo todos los días...

Fue gracias a todos estos sonidos que se me ocurrió dar cuenta de ellos, más bien, de la ciudad, y escribí este poemoco, que según las ocelotunas aspiraciones pertenece a un proyecto mayor con efectos de sonido y grabaciones de por medio, inconcluso por supuesto, como la mitad de la vida del ocelote... Ahí les va...


Poema con acotaciones sonoras

Un día de todos los días
entre el útero lanar
el hombre asoma la pequeña nariz tibia.
Escucha el escándalo
con que la ciudad rueda y amanece.
(camiones, gemidos, puertas, voces, pájaros)
A la nariz
sigue el brazo
y ante el abrazo hiriente que congela
vuelve.

El pie del sueño sobre su frente
lo apelmaza.
En sus ojos una imagen innombrada se detiene
busca un color, una palabra...
(silbato de fábrica)
Un silbato de colmena su fuerza reclama.
“Qué era, cómo, qué hora es...”

El oído abre y el sonido intermitente
inacabable
le recuerda el lamento de las mil voces.
(despertador)
Náufrago
se aferra a la almohada
y en un segundo
otra imagen burbujea.
Un cansancio mullido lo protege.

Del gaaaaaaaaas
a cobija y modorra se defiende
vuelve.
En el sueño ahora un velo
de caballos, crines y olores verdes
que lo llevan a la cascada
con su marcha impertinente.
“La cascada la cascada
con su marcha y su cas...”
Catalina se baña.
Ahora mira
7:15
es lunes y martes y mañana.

—Soy un valiente.
Lucha con las fauces
que ha tan poco sus aliadas fueran
en un arranque
asoma hasta el cuello, un hombro y la espalda.
En un segundo reconoce ser valiente
pero débil
y vuelve.

“Que frío, aborrece...”

Y afuera el bullicio, el movimiento,
alharaca, prisa y vete.
Una mano rebelde atreve un dedo:

En este momento las 7:30, sí escuchó bien, las 7:30, y ahora el informativo matutino con ustedes...
Y una cadencia caliente y grave
cierra sus ojos
cierra sus
cierra...
y el remolino
lo lleva a ella
aquella tarde radiante de agosto y de gemidos
que chorreaban por su vientre:

sus senos y
te amo
sus piernas y
te amo
su boca de couché mate y
te amo...

(campana)
¡¡La basura, es tardísimo, y la renta, mi jefe, es quincena!!

Aooouumm
sus labios se abren
en un círculo lánguido de gato:
—Pero claro que soy valiente
y trabajador
y el trabajo ennoblece.

“...Pero hoy
que terrible es el mundo
no, hoy no”.
Vuelve.

Hoy
¡Córrele!

hoy, sólo hoy
¡Voy a llegar tarde a la escuela!

hoy me consiento
¡Chin, se me fue el camión!

hoy soy feliz
¡Apúrate!

hoy duermo
¡Rápido, güey!

sólo hoy
¡Ya vete!

por favor, sólo hoy
¡Muévete!

sólo...

Y el hombre pequeño
cálidamente adormilado
se dice y se convence:
“Hoy tengo fiebre”.

lunes, 2 de marzo de 2009

Escribir porque no quiero escribir

Sálvame del hastío, se llama esta imagen que obviamente encontré en la red, si tiene derechos, no lo sé; de tenerlos, tómese en cuenta que fue empleada sin fines lucrativos y con el único afán de dar una idea hermosa de mi estado de ánimo, que no lo es nadita.



Hace un mes que no escribo nada y, probablemente, pase un rato más sin hacerlo.

Como dijo una fínisima persona: le molestan los bloggers que se disculpan por no escribir (y coincido con su idea); yo no me disculparé, total, nadie lee esto y a nadie le importa, el mundo es muy basto como para detenerse a leer lo que escribe un ocelote, y ultimadamadremente, este blog es mío y yo hago con él lo que me viene en gana.

No he escrito, me encuentro en estado puchi caca, tengo una flojera ancestral e infinita, tengo un hastío de los últimos acontecimientos de la vida y del mundo, y lo poco que escribo lo quiero para mi libro. Tengo una desolación milenaria, ahora lo sé, producto de mis otras vidas.

Estoy en un estado de aburrimiento y pleito contra el mundo, que me da como cada dos meses, así que sólo resta esperar.

El estado puchi caca es un estado del ánimo, entre la náusea de Jean-Paul Sartre y la malegría de Manu Chao, pero con menos filosofía, sin pedigrí intelectual y sin nadita de guapachosidad; es decir, el estado de hastiamiento (si es que puede decirse así, y si no también) en que puede caer cualquier ser humano de poca virtud moral, gran ambición emocional, mucho desvelo inmisericorde, poco conocimiento musical, menos dominio políglota, quemadura del coco mundanal, y lo que a usted se le antoje.

Ahora, fui al diccionario de la RAE, ya sabe, a verificar que la palabra hastío represente en su justa magnitud mi estado emocional, y me mandó a la palabra disgusto, que me parece más vulgar que la primera, pero en la cual, una de sus acepciones es la siguiente: Desazón, desabrimiento causado en el paladar por una comida o bebida.

En cuyo caso, yo puedo interpretar para mi persona: Desazón, desabrimiento causado en el alma por varias personas y circunstacias.

Dejo aquí, lo que me parece una cita adecuada para el momento.

Habiendo perdido todo contacto con la vida y la realidad, malaxados por todas las corrientes, ideologías, facciones, siempre tratados con afán pedagógico y encerrados en la falsedad ¡daban un concierto eminentemente falso! Y a cada rato, ¡los muy tontos! Falsos en su patetismo, horripilantes en su lirismo, fatales en su sentimentalismo, infelices en la ironía, el chiste, la broma, presuntuosos en sus vuelos y repulsivos en sus caídas. Y así andaba el mundo. Así el mundo andaba y evolucionaba.

Witold Gombrowicz,
Ferdydurke

viernes, 9 de enero de 2009

Happy New Year 2009... ajá


¡Atención, nenas!
Los silicones y el botox matan las neuronas.

Me pasa que estos días, aunque es un vicio recurrente de las masas (y trato de zafarme de ellas como puedo, bueno, pues resulta que también soy una masa, esponjosita), me da por deprimirme, y por pensar qué carajos he hecho en este año que se murió recién; me pasa que pensaba en cómo escribir una entrada para inaugurar este año, pero de haberlo hecho, hubiese sido casi igualita (excepto por la mención de algunos lugares y cifras) que ésta que encontré en mi diario (que como ya saben cobra vida cada que se descubre un nuevo planeta en este sistema solar). Así que, mejor, decidí poner esa vieja entrada de mi diario manuscrito, con una linditas tapas forradas en tela de cuadritos azules y blancos, y con papel cuché en su regazo (creo que ya lo había dicho, pero es que es muy bonito). Lo decidí así, porque parece que la vida no ha cambiado mucho que digamos. (Ojo: Los corchetes son actuales.)


Encontrado en mi diario (guardado en algún re-motísimo lugar de mi vida, :P).

1 de enero de 2004, 1:07 am

Otra vez el Año nuevo y yo estoy donde siempre, peor tal vez, he perdido la poca independencia que ya tenía: vivo con mi padre y por el momento (un momento que ya dura tres meses) no tengo trabajo.

Otro año, ya tengo 26, aunque no me gustan estas fiestas debo reconocer que siempre siento un poco de nostalgia por el Año Viejo, es extraño; más que nostalgia, me deprimo, me doy cuenta que se me han escapado otros 365 días sin saber cómo ni cuándo y he hecho la décima parte de las cosas que quería, y me he embrollado como al 800 % en otras que no quería [¡clásico!]. Me doy cuenta que han muerto algunos cientos de miles de personas más sin que a nadie le importe, y no es que deba de importar, sucede que no han muerto de muerte natural ni se los ha llevado un huracán ni les ha caído la casa encima (bueno, recién sí, como 30,000 en Irán). Sucede que han muerto de hambre, por un misil encajado en el estómago, por órdenes de Bush [¡qué novedad!], se han tirado de un edificio, se han metido un mal caballazo [si no, pregúntenle a Heath Ledger]; en fin, que han muerto de cualquier cosa que se podía evitar y de cualquier forma han muerto. Sucede que cada año en este día y a esta hora [aprox, no es tan exacto], en vez de levantar mi copa y brindar (o simultáneamente) [uno no debe dejar de brindar ni en las peores compunjencias], recuerdo que en este año el mundo se ha hecho más mierda, más sangre, más vicio, más dolor, más desesperación [más desolación], y a nadie le importa... ¿o sí? ¿Alguien además de mí piensa: "¡Carajo, este año sí que la hemos jodido, esto no puede seguir más!"? Tenemos que parar alguna vez, y no sucede, ¿no sucederá?

Por mi parte, tengo que seguir, es como la 18a ocasión que intento llevar un diario [¡qué obsesión con el diario, pues!] y nunca he pasado de escribir dos o tres días con dos o tres meses de diferencia y a la basura; lástima, a veces no escribo tan mal pero cada vez soy más holgazana [exageré, no soy tan tan holgazana], tengo que recuperar mi entusiasmo, no veo cómo, pero debo hacerlo. Escribiré, no me prometo porque ya es vergonzoso... pero escribiré [y el mundo sabrá de mí, ¡muajajaja!]

Cuando veo las escenas de fin de año en la TV, me pregunto cómo las personas pueden verse tan contentas: ¿les pagan, es cierta su sonrisa? Vaya, qué tonta, supongo que si tuviera dinero para pagarme un fin de año con ..... [se eliminó el nombre de un pendejo, que ya no viene al caso] en Nueva York o Sidney y pudiera brindar con champaña, de verdad que no estaría garabateando estas mamadas [¡me cae!] en un dizque (tengo que verificar si dizque se escribe así o diz que, lo acabó de ver en un libro y me quedó la duda [y la verdad, es que aún no la resuelvo, :$]), en un dizque (?) diario que sé no voy a seguir. Y seguro que estaría en el puente de San Francisco (quizá haya lugares mejores, pero por el momento no se me ocurre otro) con un gorro estúpido y una bufanda igual brindando por el Happy New Year, y sonreiría bobamente saludando a la cámara [en una suposición de que me están filmando pa salir en el TV] y diciendo alguna pendejada de las de: ¡¡Ey, México!! ¡Jefa, saca la grabadora que estoy saliendo en la TV! [como todos bien saben, esta es una cita textual del Alex Lora].

Já, mejor me duermo. ¿O leo? Ando en La verdadera Historia de Lü Sin, excelente.



Hasta aquí la cita de mí misma, como ven los cambios no ha sido muchos, parece que no han pasado cinco años entre esto y lo de ahora. ¿Qué por qué puse esta entrada? Es sólo un preámbulo agridulce para lo que viene. ¿Qué por qué puse esa foto? Porque estas tetonas son la encarnación misma del espíritu "festivo" y absurdo de Año Nuevo (y porque quizás así, tenga más lectores, cosas de marketing, jiji).

sábado, 16 de agosto de 2008

De los días y yo



Tengo el corazón sano.
El ojo limpio.
¡Llegan los nuevos días!
Quisiera ser un año más viejo,
releer este diario
y llorar de alegría.
Estoy dispuesto.
Me espero a mí mismo.
Parto en mi busca.


Diario de un aspirante a santo,
Georges Duhamel







¿Será que podré llevar el registro de lo que hacen los días y el tiempo con mi ser? La muerte y la vida (detalle), Gustav Klimt.

Esta tarde-noche he visto a medias una película (de la que no pude saber el nombre), no me entusiasmé demasiado con ella porque el protagonista era Ben Affleck, que para aquellas que digamos se conforman con las carnes es algo más que carne, pero para mí no tiene mucho chiste y me parece medio mensis; bueno, el caso es que comenzó a capturar mi atención cuando a los pocos minutos resultaba que este man que era un ventajoso empresario y que volvía dorado y costoso todo lo que tocaba le daba por inscribirse a un curso que para aprender a escribir diarios, el suyo propio para ser más exactos.

El profe, Pikrim (creo), facilitador del cursillo era insufrible, y en la primera sesión sólo se esforzaba por presentarse y decir algo como: "Hoy comienzan el camino para conocerse a sí mismos, así que tomen su diario y escriban para sí, ¿quién soy?, abur", y se largaba. El Ben, o el Marck (creo), o el como sea pues comenzaba a escribir la cosa esta, no sin hartos trabajos, porque además de las cuestiones laborales, lo distraía una güerota, en la peli Nina, mejor conocida como Rebecca Romijn Stamos, ¿estamos? que además le salía con una jalada de esas imperdonables y que no cuento porque si no ya no ven la peli... en fin que todo esto sólo me llevó, además de a reirme porque no estaba tan mal la historia, me llevó a recordar mi diario.

He intentado escribir un diario desde que tengo 14 años. Y la verdad es que siempre ha terminado siendo anuario, casi secular, ya mero para los festejos del bicentenario de la Independencia, y al final del año descubro (bueno, no descubro claro que siempre lo sé, no más es para di-si-mu-lar) que sólo escribí los primeros tres días del mismo.

En el primero que tuve no escribía cotidianamente, pues por extrañas razones lejanas a mi discernimiento, quería mantenerlo en el más oscuro de los misterios, según yo, y esto aún lo digo en voz baja, ssshhh, ...según yo, nadie debía saber que yo tenía un diario..., y como es de comprender viviendo en la casa familiar esto es imposible, pues además de que nunca lo dejan escribir a uno, el riesgo de que el cuadernaco este salga a relucir en cualquier momento es constante a cada momento, y obvio, lo peor no es esto, si no que con las hojas salgan a relucir las palabras escritas por uno mismo, con crímenes que uno mismo cometió, seguro tonteras, pero que en la mocedad de los quince, son babosadas terribles y cochinas como que te gusta un chango de la escuela que se llama Eduardo y que anda con una mona que se llama Jessica (muy fea por lo demás), y que además se ha dado cuenta de que te gusta el interfeito (diría Cantinflas), o que tu amiga Linda se fumó un cigarro y que a pesar de los saltos de escapulario de su madre, se anda dando de besos con un morro sí y con otro no, y que en la escuela se dice cada cosa de ella que buuueeeeeennnoo. Por todas estas cosas, mi primer diario terminó siendo el cuaderno de apuntes de los mandados y las hojas que sí estaban escritas, pues creo que me las comí, con tal de que nadien se enterara de estos mis pecados recién escritos, ente otros.

El segundo diario era un cuadernito de esos cursilisisísimos que tienen una cerradura y una llavecita chiquitina, además de un dibujito, azul qué más, de esos estilo Candy Candy ("si te sientes solo recurre a mí, te estaré esperando aquí. Aaaahhh, Marc Anthony, etc.") que puag! Escribí como dos hojas, y luego que me da quesque por escribir poemas, horribles por supuesto, y no de amor afortunadamente, como tenía algo así como 16 o 17 y pertenecía a la escena local del grunge región 4, pues escribía puras cosas darkes, sufridoras, feísimas, rimadísimas, bla bla, y un día que me harté del mundo con hartas cervezas, terminó en el rostro de un tipo (al que aún quiero tiernamente), suceso ante el cual el tipo huyó con despavorimiento, dejando mis cosas regadas no sé dónde (y digo dejó, porque como es de comprenderse yo no estaba en condiciones de saber qué era de mis pertenencias), y pues mis memorias y mis versos más tristes y agusanados de la más oscura noche de mi adolescencia se perdieron, haya Dios a saber dónde.

Luego de esto decidí no más diarios.

"Pa qué si ni los escribo ni tengo nada importante que decir".

Hasta el día en que cierta encuadernadora diseñadora llegó a la oficina a ofrecerme un hermoso cuaderno empastado a mano con cubiertas de cuadritos azules y blancos e interiores de papel cuché, y que sucumbó y que lo compró, y que sigo sin escribir en él, jojo. Lo tengo aquí, junto a mí. La primera entrada tiene fecha de 1 de enero de 2004, 7 de enero de 2004, 29 de diciembre de 2004, 13 de enero de 2005, 22 de noviembre de 2005, 21 de septiembre de 2007, 12 de octubre de 2007 y, finalmente, 5 de noviembre de 2007.

Y de nuevo, me pregunto, ¿es que soy capaz de llevar un diario, bueno de menos semanario? Lo que me preocupa de esto es que me pierda de a poco, es que llegué a un momento de mi vida en que quizá quiera recuperar algún recuerdo, o decirle a mi hijo, "mira, así era yo en esta época", o tal vez que piense en recurrir a la solución que dí a un problema en un momento determinado, que quiera rescatar un estado de ánimo, malo o bueno, triste o maravilloso. Lo que quisiera, dado que una de mis constantes pasiones es la cotidianidad, el transcurrir de los días, los cambios de la mirada que se efectúan día a día, los descalabros minúsculos que conforman las heridas superiores, lo que quisiera es que la vida (quizá deba decir, trabajo) no me absorbiera tanto para poder llevar el regsitro de mis arrugas, de mis cortes de cabello, los efectos que provocan en mí ciertos autores, ciertos hombres, ciertas mujeres, cómo es que cuando tenga 40 o 50 o 60 años voy a recordarme? a recordarme a mí misma, que no cómo van a recordarme los demás porque esto ya sería mucha codicia. En fin, ésta al menos, ésta cucarachitica y tierna angustia del día de hoy, al menos, ya quedó registrada.

Tal vez algún día recuerde que una vez tuve un blog que nadie leía, y en el que alguna madrugada friolenta y de sucesos extravagantes como la de este momento, que entonces yo escribía sobre la zozobra que me da no escribir el regsitro de mis horas. Tal vez ahora sí, tal vez tener un blog no es más que la continuación tecnologizada de este deseo inconcluso, tal vez ahora sí pueda escribir un día sí y otro no... tal vez...