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jueves, 19 de agosto de 2010

Convicciones: escribir con indecencia


Iba a poner aquí,
una foto de la portada de mi libro,
para hacerme la muy muy;
pero luego me acordé,
que no tengo libro…
¡Ajajajajajaja!

Yo

Respuesta a la ponencia de mi Caballo. (O consecución, como mejor le parezca.)*


Convicciones. Ay, mi Caballo, en que honduras te metes. Sí, tenían razón esas gentes: estás lurias.

Si algo tengo cierto en la vida (de lo muy, muy poco que tengo cierto) es que se necesita convicción para escribir. De otra forma, ¿por qué querría uno escribir? Si es un oficio tan despreciado, tan mal pagado (al menos en este país) y tan poco escuchado, reconocido y (lo más importante) leído y que requiere además tanto esfuerzo —claro como no seas amigo de Saúl Hernández y tu abuelita te pague viajes al extranjero para tener “experiencias de vida”.

¿Por qué querría uno escribir, pudiendo ser dentista, contador, ingeniero, taquero o narcotraficante, profesiones éstas bien remuneradas, y sí dejan para vivir y no andar en la cuasi indigencia?

La “cosa”, porque sí es una “cosa”, funciona más o menos así. Si algo me apasionó desde que descubrí la literatura en mi adolescencia, es la forma en que descubrí como esos hombres y mujeres que he leído han sido a través de los tiempos los más desgarrados y los más verdaderos, y van guiados no por lo que dicta el estatuto social de moda, sino lo que ellos tienen en la entraña. Eso pasa cuando eres adolescente. De pronto te viene la calentura y comienzas a escribir, o a creer que escribes. Si eres tanto más avezado comienzas a inmiscuirte en circunstancias escriturales, es decir, buscas un “taller literario” o “amigos” que escriban. Y si la vida te sonríe logras encontrarte como en tu “ambiente”, digamos.

Y es aquí donde viene el momento difícil; el quid, para que no digan que no soy intelectual.

Si tienes un tantito de talento, aunque sea poquito, o aunque sea sólo talento para hacer relaciones púb(l)icas, viene el momento culminante en que alguien te dice: “Oye, ¿y por qué no publicas?” Yo no sé quién dijo que publicar en este país es difícil. Lo que es difícil es publicar cosas de calidad.

Y si tu ego es tantito grande, aunque sea poquito, cometes la burrada de dejarte guiar por la calentura. ¡¡Claro, cómo no se me había ocurrido!! Publicar. Esa es la idea, no importa qué ni cómo, pero ha de ser muy gozoso tener un libro en las manos que lleve tu nombre (imagino), qué mejor si es un libro de poesía, porque nadie le entiende, y entonces se va por la vida recibiendo elogios, adulaciones y vivas y hurras (sí, porque es lo mejor que se puede hacer con los poetas: “seguirles la corriente”, porque están loquitos e igual nadie les entiende e igual ellos ni se dan cuenta de que nadie les entiende, con que los lean sus amigos, sus papás y su perro es suficiente).

Entonces ya acalenturados (o como dijera mi madre: “ya encarrerado el camión, que chingue a su madre el pasaje”), y con los contactos necesarios, ¡publiquemos! Pues qué chingado… y en la búsqueda de la publicación se descubre que hay unos subsidios conocidos como becas y concursos. Ah, porque no es cierto que el gobierno nos desprecie a los ciudadanos, no es cierto que le interese tenernos en la más profunda de las ignorancias, no es cierto que al Estado le interese acallar las voces que lo critican, no, no es cierto, pura falsedad… el gobierno da dineros a personas que se saben “intelectuales” y que tienen cosas por decir, al Estado le gusta tener hijos que sean “inteligentes” y que escriban, y que hagan de la vida un estadio hermoso con sus maravillosos versitos de colores. (Pero acaso no hay mejor forma de mantener controlado al enemigo que sabiendo de cerca qué demonios está haciendo, con quién habla, lo que dice y cómo lo dice… es duda).

Y si uno perdió en estos dos trances anteriores la poca inteligencia que tenía, pues se monta en lo que yo llamo la “farándula literaturesca” que es: concursos >> becas >> premios >> publicaciones >> grupies >> alcohol >> presentaciones >> más grupies >> adulaciones >> cheques (nada sustanciosos) >> lubricidades >> y tengo que escribir para el concurso tal >> y tengo que escribir para el concurso cual >> y tengo que mandar texto para la convocatoria >> etcétera>> (y no sé por qué esto me suena como a pizzas a domicilio, así que no veo dónde está el trabajo intelectual).

Y luego se encuentra uno con personajes que dicen (subidos en un pedestal): “pero si yo este año, llevo escritos 23 libros”… ay cabrón, oiga, tome usted pepto bismol, por favor, no joda. [Si no pongo el nombre del sujeto, es porque mi familia (no yo, yo no importo), mi familia puede ser exiliada y perseguida en el Estado de México.)]

Lo anterior lo escribo, para que Caballo sepa (lo sabe, lo sé) que hay casos peores que el de su amigo el “decente”. Al menos, el quiere ser decente y tiene buenas intenciones. Hay otros, que no conocen esa palabra ni de lejos.

Y yo no entiendo, en todo esto, dónde está el verdadero ejercicio de escribir. Dónde están las convicciones, como bien pregunta mi Caballito Bronco.

Es triste, mucho, llegar al punto en el que se quieran escribir “poemas decentes”. No, así no. No quiero. Me resisto.

En mi caso, yo sobreviví no sé cómo a todas estas calenturas. (No por mucho tiempo, tampoco me ufano.) Sin embargo, digo sobreviví, porque no he publicado nada de lo que me avergüence, no he publicado nada porque me haya sido pedido para llenar páginas de antologías, no he publicado nada apadrinada por nadie. Y en todo caso, jamás he avergonzado a quienes pudieran ser mis padrinos. He esperado, a pesar de la clamidiasis. ¿Por qué? Porque yo no quiero publicar poemas “decentes”. Yo soy ambiciosa y sí, si quieren, mamona y ridícula, tal vez. Pero yo quiero publicar cosas indecentes. Indecentes de esas que se te cuelan en el hígado; indecentes de esas que saltan de la página y te dan de bofetadas; indecentes como puta de la Merced: puercas, y apestosas y con gamborinos; indecentes porque rompen madres; indecentes para que evidencien el mierdero en qué vivimos; indecentes para quejarme y recomponerme de la vida que me tocó; indecentes hasta que les salgan gusanos; indecentes hasta que escupan gargajos; indecentes así a secas y a mojadas, también.

¿No acaso son las obras más indecentes, las más recordadas en la literatura? Yo no quiero escribir para nadie, ni para obtener un cheque. Gracias a mi madre, sé trabajar y ganarme la vida con el sudor de mi frente y los callos de mis manos (sí, tengo callos: del lápiz en los dedos, y del mouse en la palma de la mano, y últimamente, también tengo síndrome del túnel del metacarpo, o cómo se llame), y no me hace falta que el gobierno me subsidie ni me aplauda ni me mueva la cola.

No es que odie al gobierno (jajaja). Es que me gusta decir, lo que tengo que decir cuando tengo que decirlo. Es que me gusta pensar que al menos en lo que escribo, yo soy la que controla mi universo (porque no tengo más espacio que ése), sino mejor escribo guiones de tvnovelas, qué carajos. Es que me gusta pensar, que me va la sangre y el vómito y la bilis en mis palabras. Es que me gusta creer, que tal vez algún día escribiré algo que le signifique a alguien, aunque no vaya un cheque ni un título nobiliario de por medio. Es que me gusta creer, aún. Mal vicio.

Sí, yo quisiera pensar que algún día podré hacer una “literatura” ya no transformadora, al menos “literatura”, dicha ésta con garbo y con respeto y quitándome el sombrero, y no pensando que es una puta que se compra en cualquier burdel de tres mil pesos al mes. Pero como la codicia me corroe, sí, también quiero un “literatura transformadora”, no de países, soy incapaz de emprender tan heroica tarea. Transformadora de palabras, de voces, de lágrimas. Transformadora de miradas, de perspectivas, de dolores en el vientre.

Ya lo dijo mi Caballo el otro día: “Vivir es una tragedia”. Pues a mí escribir, me ayuda a mascullar mi tragedia cotidiana, a gritarla, a putearla, a digerirla, a complacerla, a intentar de remendarla, a fingirla, a amarla. Y si me coge tantito la vanidad, me gustaría pensar, que alguna vez, también ayudará a alguien, uno solo, con la suya propia jodida tarea de existir.


Nota: Sí, es posible que luego de esta perorata, haya quien me diga: “No estés chingando, enseña las armas, ¿a ver?” Y no es que no las quiera enseñar, es que las estoy puliendo y aceitando; pero mi codicia es tal, que muchas veces me he preguntado, si de verdad me basto para escribir lo que quiero y necesito, como lo quiero y necesito. Y me lo pregunto todo el tiempo. Sí, haré el intento de cualquier modo. Sí, de cualquier modo terminaré prostituyéndome porque es la única forma de hacerlo. Sí, de cualquier modo este modo de hacer las cosas terminará por agarrarme las nalgas algún día. Sí, es posible que si algún día publico, alguien diga “¡No mames! ¿Y por estas porquerías haces tanto escándalo?” Pero al menos, yo sabré, que lo hice con dignidad (palabra hoy tan en desuso y tan sin ejercicio). Sí, también es muy posible que luego de todas estas cosas que escribo aquí, nadie quiera publicarme, eso no es algo que me atormente. Así que llegado el momento, ya veremos dónde y cómo hay que dar los jabs y los nock outs…


* Caballito fue invitada al encuentro de escritores jóvenes en Monterrey, y escribió una ponencia titulada: “¿Existen convicciones en la literatura mexicana joven?”.

martes, 11 de mayo de 2010

De poetas y freelancers, parte tú

The favourite poet (1888), de sir Lawrence Alma-Tadema,
esta visión romantiquisíma y hermosa


Ah, pues que íbamos a hablar de los poetas, ¡qué güeva! Lo cierto es que ya me había dado flojera escribir esto, pero siempre digo que habrá una segunda parte que nunca escribo, y pensé que ahora sí tenía que cumplirles, no se vaya diciendo por ahí que no soy cumplidora, ¡í’iñor!

(Antes de seguir leyendo le aclaro que aquí dejaremos de lado la definición etimológica de poesía, que proviene de poiesis, y etcétera, recuerde que éste no es un bló culterano, no me interesa aquí hablar de la creación entera, no tengo la capacidad ni el espacio suficientes, y no, tampoco soy diosa, aunque quisiera... Hablaremos aquí de los escribanos, los locales y quizá los que conozco, y también de los que no conozco, pus qué.)

Pues bien, ser poeta, pues no sé qué es, sólo sé que viene con las hormonas probablemente (como diría Guillermo: “Eso son ganas de coger”), como a eso de los 17 o antes si usted es más bien precoz y si en su casa le enseñaron y le pusieron libros a la mano. Aunque cuando se superan las ganas de coger (en algunos casos, claro). Vienen las ganas de publicar y ser famoso en la mayoría de los entes (de los entes que escriben, digo), y peor aún, las ganas de ser en serio poeta, chanfle.

Pero, ¿qué es ser poeta?... de veras, ¿qué es ser poeta?

Pues según yo, ser poeta tiene que ver, antes que escribir, con tener una hípersensibilidad ante los estímulos mundanos y los internos; tener corazón hervido de pollo; tener lágrima fácil (manque uno se las aguante) y corazón de unidad habitacional (los condominios no son suficientes para las cosas que habitan el corazón de un poeta); tiene que ver con enamorarse de la vida y de la muerte; de los seres humanos: los hermosos y los nauseabundos, los honestos y los pérfidos; tiene que ver con tener los ojos grandes y siempre abiertos (o cerrados, depende de dónde se mire) para contemplar los detalles y la inmensidad de los lugares por los que se posa la pata; con tener las manos largas, tentonas (a mí me han corrido algunas veces de algunos museos porque me gusta tentar cosas y personas, y...), delicadas y violentas; con tener la oreja dispuesta a que en ella aniden los más terribles colores y sustancias, a que se queden ahí guardadas las más terribles combinaciones sonoras; con tener olfato de abeja y gusto de gourmet aunque sea para comer tacos afuera del metro y detectar el Scherichia coli, por no hablar de los besos y otras cosas viscosas; en fin, tiene que ver con flotar en medio de la realidad y ser capaz de apresar muchos de los detalles que ésta nos da día a día (que quede claro que esto es lo que yo creo, para más aclaraciones, busque en la columna derecha de este blog, la cita a Diane Wakoski).

Luego ya viene lo de la escribidera y eso ya es distinto, para mí un poeta (y yo aún no soy de esos y tal vez nunca lo seré), un gran poeta es aquel que puede hacerte sentir su emoción a través del tiempo, la lengua y el espacio, no importa qué diga, cuándo, cómo, por qué o para qué, o en qué idioma, si lo escribió y ha logrado tocar tu conciencia, ése es un gran poeta. No importa qué haya dicho, ni qué palabras haya utilizado, si lo escribió y cuando lo lees tienes la absoluta certeza de que no hay mejor forma de decir lo que está ahí escrito, y si más aún, te saca lágrimas o sangre y lo llevas por el resto de la vida marcado como una muesca de batalla en la piel, ése es un gran poeta, pero, y aquí viene el gran

PERO

resulta que ahora todo el mundo se cree poeta. ¿Y esto por qué pasa?

Pues pasa porque en un pueblo inundado de ignorancia, en una sociedad básicamente analfabeta, vulgar e insensibilizada como la nuestra, a cualquier barbón se le hincan (como en la primera parte, “cualquiera que tenga un lápiz en la mano, puede ser corrector”), con cualquier charanda se embriagan.

Pasa porque hay un sinfín de becas y bequitas, de premiecitos y premiesotes que tienen como única finalidad agarrar de los güevos a quienes escriben para que no escriban lo que ellos en verdad quieren escribir. O para que quienes se creen rebeldes estén inmiscuidos en cualquier cosa antes que en la rebeldía, no vaya siendo que... O tal vez no. Porque quizá tampoco tengan grandes cosas que escribir. Igual pasa en los grandes sistemas de investigadores, eh. Me pueden llamar paranoica si quieren, pero yo creo que arriba, más arriba de donde mis ojos alcanzan a ver, hay un plan siniestro, que tiene que ver con mantenernos a raya a todos, y ni cuenta nos damos de cómo, o nos acomodamos y que se chinguen otros.

Yo digo esto, porque también conozco a varios, por no decir muchos, que escriben con la única finalidad de no tener nunca que trabajar, lo cual, no está mal (quizá yo escriba esto nomás de pura envidia roñosa, porque yo sí trabajo), pero que a la hora de la hora, terminan presentándose a su última tutoría del Fonca con la misma pinche cuartilla (sí leyó bien, “cuartilla”, una, una solita, o bueno, cinco, pero eso no es un libro ¿verdad?), que escribieron al inicio del año, y todo por qué, porque hubo una mano peluda de por medio que les otorgó la prebenda. No digo que estén mal las prebendas, si se tienen que se aprovechen, está bien el encaje pero ¿así de ancho? ¿Y entonces que hay de los intelectuales que critican al poder? Jaja, pues esos creo que ya no existen, al menos no son conocidos ni publicables ni publicados. Porque a estos mismos yo también los he visto quejándose del gobierno y del “sistema” en el que vivimos, pero no se puede criticar si de ahí se come, no se puede tratar de componer el país si uno es un mantenido de los contribuyentes...

Se arman encuentros, lecturas, centros culturales, en donde las actividades poéticas tienen que ver con reunir grupies para los poetas (grupies que creen que un escritor municipalido puede ser comparado con Raymond Carver, ¡imagínese!), decirle al de al lado, «“maestro” que buenas cosas escribes», pedirle autógrafos, chaquetearse mientras el o la poeta lee sus malos textículos, acercársele, tocar su sagrado manto, o mirar el airoso caer de sus pestañas, y pensar que uno ya está inserto en la cultura nacional, y ¡ppfff! ¿de veras esto es la cultura nacional? ¿Qué tiene que ver todo esto con ser poeta?

Hay una gran falta de autocrítica en la literatura actual, sobre todo en la poesía. ¿Por qué en la poesía? Pues porque es el género en el que es más complicado y subjetivo decidir qué es bueno y qué no lo es. Sin embargo, ser poeta según yo, no tiene que ver con nada de todo esto. Ser poeta es como cualquier trabajo, hay que machetearle, hay que hacer la mezcla, pegar los adobes, derrumbar la maldita barda que quedó torcida, volverla a levantar. Que salgan ampollas y callos en las manos, o en donde tengan que salir, ¡chingao! Ser poeta es un entrenamiento diario que debe hacerse consuetudinario.

(Pasa lo mismo que en la entrada anterior, así como se creen editores personas que han visto y tocado tres libros en su vida; también se creen poetas, entes que en su existencia nunca se han tomado la molestia de trabajar para ello, o que trabajan en cantinas, en hoteles, o en algunos cruceros boleando zapatos, etcétera.)

Así es la vida y el mundo y yo no voy a cambiarlos. ¿Qué yo que hago? ¿Qué por qué me doy el derecho de escribir esto? Nomás porque quiero, nomás porque yo sí tengo respeto por estas dos cosas que hago en mi vida y sin las cuales mi existencia no tendría razón: editar y escribir. Y todo este alegato me llevó a recordar el texto que cito enseguida, sobre el trabajo del poeta. Ahí se los dejo...


Manifiesto: pan en contra del reloj de Mozart (1964)
Lew Welch

Yo no creo que haya una guerra entre los hipsters [golpeados, vagos, aventureros] y los squares [cuadrados, conformistas], y si la hay, yo no participo en ella. Soy un poeta. Mi trabajo consiste en escribir poemas que leo a gritos, publico y estudio. Aprendo el modo de convertirme en una clase de humano que tiene algo de valor que decir. Éste es un gran trabajo.

Naturalmente, me muero de hambre hasta perecer. ¿Naturalmente? No, amigo, eso no tiene sentido.

(“Mira, muchacho, si quieres pagar tus deudas tienes que salir en busca de un trabajo”.)

Yo tengo trabajo. Soy poeta. ¿Por qué tengo que hacer también el trabajo de otro? ¿Quieren que sea carpintero? Soy un pésimo carpintero. ¿Alguien le pide a un carpintero que escriba mis poemas?

Aunque de pronto estoy trabajando 20 horas diarias en un barco pesquero (es un bello trabajo y tiene su gracia, pero ése es otro cuento, por qué no gano el dinero suficiente en esa labor, ese es otro cuento). Y luego me doy cuenta de que no he escrito un poema en ocho meses. Estoy muy cansado. Todavía no puedo pagar mis deudas, 125 dólares al mes en San Francisco; la frugalidad es uno de los trucos de la ocupación del poeta.

Mientras tanto, los editores (“Lo siento, no hay dinero para los poetas”) imprimen mis poemas —muchas veces leo mi poesía en público (todo es beneficioso, pero no tengo pan para comer) etcétera, etcétera, etcétera.

Me arruino. Mi cerebro, literalmente, mordisquea bajo la extrañeza de ser poeta con éxito en tanto que ÉSE ES MI TRABAJO (todos están de acuerdo en que es un oficio bueno y noble y todo eso) repudiado.

NÓTESE, POR FAVOR, que nada de lo dicho tiene que ver con la generación beat, con Estados Unidos, ni con los hipsters ni conformistas —es algo tan antiguo como Mozart. Esta contradicción yo la veo así: pan en contra del reloj de Mozart (“no le paguen a ese tipo, sería muy vulgar plantearse que su trabajo es inapreciable. Mejor regálenle un reloj. Pero asegúrense de grabar un mensaje en el reloj, para que el tipo ese no vaya a empeñarlo”).

Como dije, estoy arruinado. Me fui a vivir al bosque durante casi dos años. Viví en una choza ubicada a 740 kilómetros al norte de San Francisco. Ahí trabajé. Bebí agua de un manantial. La choza está cerca del río Salmón. No tuve deudas ni billetes. Bajo el amparo de aquel hogar.

En noviembre volví a San Francisco, casi sano. Llegué con muchos poemas y algunas respuestas nuevas. En el bosque aprendí muchísimas cosas, y una de las más extrañas es ésta: los apuros que pasa el poeta (la contradicción entre Mozart y el reloj) se deben en parte a nuestros errores. MILES DE PERSONAS APRECIAN REALMENTE NUESTRO VALOR Y NUESTRO TRABAJO. SON PERSONAS QUE QUIEREN AYUDARNOS —¡PERO NO SABEN CÓMO!

Si somos tan cabronamente creativos, tendremos la posibilidad de resolver este problema, sobre todo por la gente que está de nuestro lado. Pues este problema no es sólo de los poetas. Es incluso, el mismo problema para establecer una ruta en panga. ¡Me niego a creer que un país rico no tenga medios para establecer una ruta en panga!

Estoy a favor de la Belleza y del Gozo y del Amor y de la Verdad, en todas sus formas. Soy poeta. Me percato, finalmente, de que parte de mi labor consiste en demostrar que podemos tener medios para sostener la poesía y las rutas en panga y el buen jazz vivo y los grupos de danza y muchachas en charolas de pescados* —¿y cómo podríamos vivir sin estas cosas? Sin estas cosas, la ciudad sólo sería un Enorme Mercado, vulgar, horrendo y peligroso— sin interés ni gozo, sin señales para nadie.

Por principio, debo resolver mis necesidades materiales. Sin causarle ningún tipo de molestia a mi comunidad; sin pedir limosna ni atacar a nadie. Debo pagar todas mis deudas y dedicarme a mi verdadero trabajo, que es el de poeta.

Sólo entonces podré atender otros problemas para resolverlos —y de nuevo, digo que sin causar molestias, sin mendigar, sin ataques. Sablear al prójimo en las cruzadas de caridad es algo que está fuera de lugar.

El próximo sábado 12 de junio, a las 20:30 horas, en el auditorio Old Longshoremen, en la avenida Golden Gate 150, conocerán más sobre esta polémica —donde Gary Snider, Philip Whalen y yo leeremos nuestros nuevos poemas.**

¡Vengan a ver cómo aparecen las visiones utópicas frente a sus ojos!

¡Poemas! ¡Regocijos! Como dijo George Herms, poeta-escultor: “¡Dios dice que sí se puede, Luisa!”

Y todo al módico precio de un dólar.

* “Muchacha en charola de pescado” era un espectáculo ilusionista que se presentaba en la cabaret Bimbos 356, en San Francisco, durante la década de 1960. (N. del t.)

Dolfina
Según averigüe, la muchacha en charola de pescado, salía más o menos así (como en la imagen de arriba) al escenario, y luego, terminó por hacerse la imagen del Bimbos, así que se imprimía, en los artículos promocionales del mencionado tugurio. ¡Me encantó! (N. de la que escribe aquí.)
** Lew Welch leyó este manifiesto por la radio, en San Francisco, para invitar a la mesa redonda titulada “Pan y poesía”, con lecturas de poemas de los beats mencionados. (N. del t.)

Anaya, José Vicente (comp. y trad.), Los poetas que cayeron del cielo. La generación beat comentada y en su propia voz, segunda edición, México: Casa Juan Pablos, 2001, p. 267-269.

Notas
1. A diferencia de Lew, yo sí fui carpintera, así que también de eso puedo hablar.
2. Sí, me dan envidia las becas, jaja, pero tantito nomás, porque así yo puedo escribir lo que quiero escribir, cuando yo quiero escribirlo (como también dice en la columna de la derecha, desconfío de los grupos).
3. Decidí ser editora, porque en efecto, de poeta uno se masca la suela de los zapatos. Y me gusta comer.
4. Sí, trabajar deja poco tiempo para escribir, por eso es que escribo con tanto despecho de quienes tienen becas y premios, jojo. No, también hay gente que respeto y admiro en todo esto, no es una generalización. Que quede claro que no estoy en contra de los métodos con los cuáles se obtienen becas y premios, "en la guerra y en el amor, todo se vale", no importa de que amor hablemos; lo que me saca de quicio, es que el cinismo sea tan grande que los beneficios de verdad se obtengan por no hacer nada...
5. Sí, en efecto, si me dieran una beca o un premio, lo disfrutaría. Como dije arriba la crítica es a quienes obtienen todo de gratis, como “elmejoreditordelmundo” y “elemejoreditorconbuenojo”.

jueves, 15 de octubre de 2009

Entre luces y apagones...

Desde esta mínima e individual trinchera,
reitero mi apoyo a la gente del Sindicato Mexicano de Electricistas
y a toda la clase trabajadora de este país, a ver si despertamos al fin...


Para Lauro, mi caidal perdido en estos tiempos interesantes...
pinche piedra maldita...

Mi parajodez es magnánima. Hoy, justo hoy, sentí el llamado de la trash food, y lo atendí, así que fui a comer al burger king de Reforma y la Diana. Es como la cuarta o quinta vez que entro en un lugar de esos. Y hoy me sentí muy mal, porque mientras llenaba de trigliceridos mi cuerpo pude contemplar como se juntaba ahí la vanguardia para la marcha de SME. Me entristecí y me sentí tan estúpida, yo, ahí engordando mi estómago con los engañosos productos yankis, mientras que mi ciudad, mi país se está retorciendo desde los cimientos...


Por un momento, al ver a las personas ahí congregándose, me sentí en tiempos interesantes, y recordé a Lauro.


Cuando éramos adolescentes y apenas larvas sin sentido, sin saber qué haríamos ni cómo haríamos ni para qué lo haríamos, Lauro y yo compartíamos amistad, lecturas y charlas intensas. Alguna vez, me dijo que había leído no sé dónde, que lo que hacía al poeta era "vivir en tiempos interesantes", filosofadas más o filosofadas menos, la conclusión a la que llegamos era que había un tanto de falacia en esa frase, sí, el poeta se hace de tiempos interesantes, pero es él mismo quien hace los tiempos interesantes, quien debe engrandecer su mirada para ser capaz de capturar lo importante en cada época..., lo cual además, en este momento se hace por sí mismo: nuestro país está cambiando, están pasando cosas terribles, y parece como si nadie se diera cuenta, com si a nadie le importara...


Lauro se perdió, ahora deambula por las calles de Toluca, buscando quizá las maravillosas neuronas que quemó en sus naves, porque lo sé, eran maravillosas; la ardilla sí le giraba, caidal, eras tan brillante, no sé cómo fuiste a perderte, no sé cómo puedes perderte de esto que esperábamos con ansia que sucediera.

Pero dejando a Lauro en su extravío... lo cierto es que ver la marcha de ayer, sí exalta mi ánimo patriótico (lo cual es díficil que suceda, soy muy descreída de casi todo), me pone a pensar que siempre la hemos cagado, que si nuestro país está así es porque no sabemos conducirlo ni exigir ni actuar, preferimos el conformismo estúpido de ver por las ventanas como pasa la multitud. A veces escribo cosas como bien saben. Este texto tiene un rato, y ahora, se presta a la ocasión, yo lo ofrendo, como lo poco que tengo que ofrendar a la lucha de los obreros en este país... porque lo cierto, es que yo creo que dentro de poco, esto va a arder...


Soy terrorista

Con admiración para la gente de San Salvador Atenco...
y ahora también para la gente del SME


Me preocupa un detalle,
han comenzado a decirlo,
han comenzado a creerlo,
se han atrevido a echármelo en cara
y no puedo negarlo,
mis acciones me acusan, tienen pruebas,
sí,
soy terrorista

soy terrorista porque desde que tengo tres años trabajo sin descanso
porque he visto cómo mi familia se levanta una y otra vez desde la necesidad
soy terrorista porque aun cuando me gusta estudiar, los maestros siempre me han dicho que lo hago mal
porque todas las veces preguntó por qué
porque leo cosas extrañas y en mi pensamiento crecen Las flores del mal

soy terrorista porque me aburro si voy a misa
porque me parece ridículo el disfraz del papa
porque le rindo culto a Francisco de Asís, a Guadalupe y a Teresa
porque creo que Quetzálcoatl volverá
porque Ghanesa me ha instruido en la poesía
porque el tantra me parece una excelente idea

soy terrorista porque me resisto pacíficamente como Gandhi
porque me apasiona la rabia de Malcom X
porque algunas veces escucho el beat de mi corazón que me hace beatífica
porque aún lloró ante las imágenes de Hiroshima
porque me cae rebien Evo Morales
porque George Bush es la verdadera encarnación del Tercer Reich

soy terrorista porque me río de esos de traje y corbata que salen en la tele y me dicen que la economía va cada vez mejor
porque no entiendo de la bolsa ni de impuestos y no los pago
porque quisiera tener un farol en la esquina que alumbre mis pasos y agua para limpiarme
porque me gustaría la certeza de qué voy a comer mañana
porque quisiera poder comprarme una casa y tener un trabajo que me dejé vivir como ser humano

soy terrorista porque me aferró a muy pocos afectos
porque algunas tardes decido ir con amigos y beberme algunos tragos hasta el amanecer
porque creo que mi derecho a fumar es inversamente proporcional al derecho a respirar de los no fumadores
porque exijo sean respetadas las marcas peatonales
porque me doy cuenta de que el mar está en agonía
porque quisiera ser primitiva para respirar una selva


soy terrorista porque me quedo pasmada ante las líneas de Egon Schiel
porque puedo escuchar detenida y obsesivamente God, save the Queen
porque noche tras noche rezo por escribir un buen poema
porque me doy cuenta de la vorágine desordenada en la que estoy inmersa
porque quisiera tocar una batería hasta destruirla

soy terrorista porque educo a mi hijo como un guerrero
porque no necesito tarjeta de crédito y no le debo nada a nadie
porque sólo poseo unos cuantos libros
porque busco y sigo buscando
porque busco a alguien a todos a nadie

soy terrorista porque me atrevo a quejarme
porque no estoy dispuesta a ser golpeada
porque sé que tengo la razón
porque sé cómo actuar
porque no me gusta la muerte pero a veces pienso en bombas

soy terrorista porque me gusta la caguama y el mezcal
porque puedo dejar que cada quien se drogue con lo que más le convenga
porque no me gusta imponer soluciones a las vidas ajenas
porque deseo hacer un documental a lo Michel Moore
porque no quiero estar en ningún grupo

soy terrorista porque me choca el tinte del cabello
porque algunas veces puedo decirle a alguien que me gusta
porque en las madrugadas me da insomnio pensando en la solución para este mundo
porque quiero que mi hijo abra tan grandes ojos que nadie pueda engañarlo
porque estoy harta de esta mierda

soy terrorista porque me acusan y hace tiempo que el Big Brother me persigue
porque espero que vengan por mí

soy terrorista porque soy

es decir
debo aceptarlo
si eso dicen
sí
seguro lo soy




Estoy convencida de que de un tiempo a la fecha, terrorista es cualquiera que contravenga las decisiones y los deseos de los poderosos. Es un mal poema, pero está escrito como siempre, con harta enjundia y jiribilla.

Puede ser que Luz y Fuerza ya no funcionase como debía, pero no son las formas. Lo que es claro para mí, es que de aquí pal real, nos irán despojando de a poco de lo poco que aún tenemos... la privatización es la consigna del gobierno federal, es lo que han buscado durante años y como al fin se cansaron de pedirlo por las buenas (porque los acreedores ya demandan sus cuotas), lo harán por las malas. Poder no les falta, recursos tampoco, idiotez tienen de sobra... ¿y nosotros qué? ¿Nos quedaremos aquí sentados, chateando, tuiteando, pendejeando...? como el chinito mirando nomás...




viernes, 2 de octubre de 2009

Mi maestro de rebeldía

Con cariño infinito y periférico para Guillermo Fernández
Esta foto se la tomé prestada a Rodrigo Villaseñor de su blog* (gracias!),
espero no le disguste... porque no tengo más fotos de Guillermo


Cuando llega esta fecha nunca dejo de pensar en Guillermo Fernández, pienso: ¡Claro, qué mejor día que el 2 de octubre para festejar su cumpleaños! El texto que aparece a continuación, fue escrito hace unos meses, con pretexto de que según los compas de la revista Norte/Sur le harían un homenaje a nuestro maestro.

No sé si hicieron el homenaje y no sé si publicaron el texto porque ni siquiera tuvieron la cortesía de responder el mail que les envié..., estos literatos siempre amarrándose su calzón, bleh (con trompetilla pedorra).

He aquí, en este día de su 64** (?) cumpleaños (tengo 14 años de conocer a Guillermo y siempre cumple la misma cantidad de años), mi pequeño, rizado y cariñoso homenaje.

Guillermo Fernández es mi maestro de rebeldía, mi padre intelectual, y como tal, no pude haberlo conocido a mejor edad: a los 17.

Es por ello que Guillermo está presente en cada uno de mis días. Fue él quien me mostró que el mundo puede ser diferente y que debe estar plagado de poesía, porque es con ella como la vida puede reconstruirse a la medida, para rehacer el mundo y hacerle muecas burlonas (y señas obscenas) frente al espejo a la miserable realidad.

Fue él quien me enseñó a ver la vida con humor, y del ácido, del corrosivamente negro, porque sólo así puede soportarse lo que sea, incluidos los discursos de los diputados. Fue con él con quien hace años lloramos a solas con un tequila, por nuestras respectivas madres.

Fue él quien me enseñó a inventar mentiras de las grandes y risueñas, si no, pregunten a todos los que hemos creído aquello de “¡Ah, conocí a Jim Morrison en Estambul!”, o “Yo poseo una carta firmada por Buonarroti, en la que certifica que Toluca es la ciudad más bella del mundo”.

Fue él quien me enseñó el sabor del chocolate oaxaqueño, de la pasta italiana con mixiote o las visitas al Nevado, al alba, en la resaca del tequila. Aunque él no lo sepa, fue su mano sentenciosa la que me aferró a la vida...

Como dijo alguien que le dedicó su tesis, Guillermo es uno de los últimos hombres puros que existen, hombre de verdad; puro, con sarcasmo y con vitalidad enfebrecida; poeta aunque él diga otra cosa; niño a pesar de todas sus canas; más que mi maestro, debo decir, mi padre de rebeldía... mi viejo, para ti sendos besos aunque refunfuñes...
Y por supuesto, ¡2 de octubre, no se olvida! ¡es de lucha combativa! Salud...

Con cariño, de La China, osease yo.

*Si usted quiere conocer el blog de Rodrigo Villaseñor, pique el siguiente link:

http://dr-kant.xanga.com/

en el cual puede encontrar más datos sobre Guillermo Fernández en los siguientes post:

http://dr-kant.xanga.com/658645554/emilio-carballido-y-guillermo-fernández/

http://dr-kant.xanga.com/592121884/el-sueño-de-guillermo/

http://dr-kant.xanga.com/58738671/reencuentros-1/

Si usted quiere conocer a Guillermo Fernández, puede acudir a sus talleres: el de Traducción de Italiano o el Taller de Poesía Joel Piedra, que imparte los lunes y los viernes, respectivamente, en la Casa de Cultura de Toluca, Estado de México.

**Guillermo finalmente confesó: éste fue su 77 cumpleaños.

sábado, 11 de octubre de 2008

Cartas de amor

Fernando, Álvaro, Ricardo, Alberto, Bernardo...
para ti, este minúsculo homenaje a tu mirada de animal herido
con voz de fiera embravecida.


Nunca he escrito poemas de amor, me parecen absurdos, me avergüenzan... pero nunca debe decirse que no se necesita un trago de esa corriente... A veces, las menos, sucede... Y casi siempre, alguien ya lo ha dicho mejor y más simple y más enfebrecido y menos tangible.



Todas las cartas de amor son rídiculas.
No serían cartas de amor si no fuesen rídiculas.

También escribía en mi tiempo cartas de amor,
como las demás, rídiculas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser rídiculas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son rídiculas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
son rídiculos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente rídiculos.)


Fernando Pessoa

lunes, 23 de junio de 2008

Las manos en el fuego

—¿Usted, amigo, no ha tenido infancia?




David Escobar Galindo, 1969, fragmentos



XV / 2

¡Cómo se crece, en músculos y llamas!
Tú creciste conmigo. Terminaron
los juegos y los niños y la guerra
de jazmines y el duende y los terrosos
pantalones de luz y hasta el sonido
del caracol gigante;
yo me volví visible: me dolieron
los huesos con Leopardi,
y las sienes con Kempis,
y el ser total
con Sartre y Schopenhauer;
yo me volví terrestre, y tú, a medida
que progresaba en mí la duda noble,
entrabas y salías de la casa,
lavabas tus cabellos
con agua de las nubes,
recogías hormigas
debajo del naranjo,
enseñabas a leer a las estrellas
—¡ah profundas, silvestres y veraces!—,
preparabas mi tierno desayuno,
mi periódico, mi aire
de estudiante, mi Rocco y mi Carrara;
y —hoy lo puedo decir— tuviste siempre
la gravedad dulcísima de antaño,
y aquel don de llovizna iluminada,
de criatura obediente,
que exhalaba tu carne,
más allá de las manos y el crepúsculo.

¡Te imagino tan mía
como el silencio blanco de la culpa!
¡Suavemente comienzas a vivir,
y yo vivo a tu modo, persiguiéndote!
¡Nadie, nadie nos oye, estamos solos,
tú y yo, en el universo, despertando
de una tarde lluviosa, sólo unidos
por el juguete aquel y por aquella
sonrisa —¡adentro hay gente!—
que nos hizo distintos,
más humanos, más gráciles, más dioses!

He pensado en nosotros este día.
¡Los antiguos y jóvenes! ¡Nosotros!
Y volé por las calles, con el ansia
de llegar. (El recuerdo es casi un salmo.
¡Vamos a ser radiantes
en su nombre!)

Y te encuentro limpiando la despensa
—¡qué desnudez erguida!—,
y alguien llama, y corremos
al unísono, y nadie, son los niños
—¡tú y yo, tú y yo, tú y yo!—
que juegan a asustar
al vecindario...

XVI

A Ricardo Bogrand

Alguien me dijo, un día:
“—Usted, amigo, ¿no ha tenido infancia?”
Yo respondí: “—¡Quién sabe!”
Y estaba solo entonces,
en la más alta luz de mi ciudad,
con las manos hundidas
en los bolsillos llenos de migajas
y recuerdos y polvo;
fue como la campana entre el follaje,
y empecé a caminar, a oír mi cuerpo,
tropezando con gentes conocidas,
y no sabiendo ya
dónde estaba mi puerta,
mi reposo,
mi calor de habitante,
mi familia,
porque en los faros de los automóviles,
y en la marea de los transeúntes,
y en la flor de una verja solitaria,
y en los ojos de un niño vagabundo,
y en la noche que empieza, y en los pájaros
que duermen en la sien de las estatuas,
y en las alcantarillas, y en los botes
de basura, y encima del silencio,
no oía más que aquella voz levísima,
pero firme y aguda y taladrante:
“—¿Usted, amigo, no ha tenido infancia?”

[...]

¡Que no estaba en las cosas, ni en el aire,
ni en la más alta luz de mi ciudad,
ni en la mueca interior de los prostíbulos,
ni en la flor de una verja solitaria,
ni el acero lúgubre del puente!
Era mi propio yo, el encanecido
de mentir, de esconderse, de aferrarse
a una sola verdad: ¡la de los otros!
Era mi propio yo, brotado al mundo
por la rendija sorda del monólogo,
y hoy hablándome, hablándome,
desde todos los ángulos posibles,
con una voz más honda
que la nostalgia de mis pies autómatas;
con una insospechable limpidez
de conciencia y anhelo.
Lo comprendí tan bien,
con tanta fuerza,
que estuve a punto de besar al árbol
más próximo, en un gesto solidario,
porque nadie cruzaba en ese instante.
Mi corazón se deshacía en lágrimas,
lágrimas de vergüenza por mis años
escondidos en negros recipientes,
como fetos, como algas, como frutas
en conserva, mis años, los del hombre
—¡niño aún, pero erguido en altos huesos!—
que frotaba sus ojos con ceniza,
y jugaba un eterno solitario,
y se reía a solas con los ángeles, y pensaba: “—¡Matad para Esculapio
la sonrisa poética de Sócrates!”
Y era miedo. ¡El más agrio de los miedos!
El miedo a ser, a devenir, a verse
cada día en ajenas liviandades,
igual que en un espejo;
miedo a perder un puesto inexistente,
y a pensar en voz alta
cuando alguien duerme al lado,
miedo a soñar y al sueño de otros seres,
miedo al impulso de la propia vida...
Y bastó esa pregunta para que algo
despertara en el túnel, y se hiciera
la bondad de la luz, y lentamente
llegara la respuesta
—más allá del temblor dubitativo—,
y un anciano extraviado por la noche
me enseñara a gritar pidiendo auxilio.

Sigo ignorando cuál era mi puerta,
mi solidez de témpano envidiable,
mis ritos en la alcoba, mis ventajas
de socio, adulador o prestamista;
simplemente soy esto: ¡Una respuesta!

Una respuesta al día que sucumbe.
Y una respuesta a la naciente sombra.
Y una respuesta al ímpetu del alba.
Y una respuesta a mi indagar perenne:
“—Usted amigo, ¿no ha tenido infancia?”



XVII

[...]

Niños, pequeños árboles,
¡perdonadme este brote de neblina!
Yo he crecido también. Me duele el rostro
de tanto llevar máscaras.
Soy uno de ellos. Vivo
rodeado de mentiras y mandatos.
Voy a los arrecifes, grito al aire,
me intereso en la paz,
cuento mis días,
huyo de los tumultos, y respondo
de mi pulcro semblante;
guardo cosas inútiles, bostezo
frente al sol de septiembre, desenfundo
mi riqueza ante un bosque de curiosos,
temo a la soledad,
me baño al alba,
y camino de espaldas a mí mismo;
pero hay algo, en el fondo,
que no es historia pobre,
sino deseo de encontrar la luz
y guardarla en los sitios más cercanos,
de elevar al candor de la poesía
todo lo que es paisaje, tiempo y acto,
de estar aquí, sentado en un rincón,
agitando la espiga
más bella de los siglos.
¡Por eso hablo, y me atrevo
a despertaros!

¡El hambre de nacer
es fuego vivo!
¡Desnuda la palabra, la proyecta
desde un rostro de pronto inolvidable!
¡Y entonces este cuarto, y esta lucha
de contrarios, y el sol por las rendijas,
y el plumero gimiente como un pájaro,
y el centro de la vida, y lo que pasa,
crecen en mí, con la vital pureza
del sentimiento sin explicaciones!
¡Por eso hablo, y me atrevo
a ser el que habla,
aunque haya muerto ya en algún sentido,
mucho antes de nacer esta mañana!

Después de todo, arrecia la llovizna.
¡Y he perdido en un cruce el impermeable!


XVIII

De mi ventana en el segundo piso
—y a través de un ramaje
de calvicies volubles—,
puedo observar fachadas,
resplandores,
perros,
gentes,
basuras,
automóviles,
¡y esta tarde, por fin,
he visto a un semejante
saciando su veloz necesidad
en un depósito de desperdicios!

Son las cuatro de un día
como todos;
se oyen voces amables, pesos firmes,
delicados murmullos, ajetreos
de autobuses, y aquí, cerca, el tic-tac
de mi reloj —dorado como un fruto—,
ruin tasador
de vida indiferente,
mascarilla de inútil cloroformo,
degollado verdugo, ¡yo de espaldas!
Y esta tarde me siento ante mi máquina
de escribir, forcejeando con la historia
de un ayer interdicto:
¡Qué empresa de mortal,
qué dedos locos,
qué árbol sin limpidez,
qué orilla hambrienta!
¿No habéis oído mi primera estrofa?
¡Ah, es un ruinoso cuerpo
de luciente verdad
casi mentida!
Pero las ratas, las malditas ratas,
se han comido —¡mirad!—
la palabra universo,
y entonces todo pierde su valor,
su importancia,
su garbo.
Y esta tarde me siento inmarcesible
—como recién llegado,
sí, ¡quién sabe!—,
dueño de un breve espacio
sólo mío
donde reina el desorden, donde crecen
las migajas igual que duendecillos,
donde conviven Kempis y Vallejo,
donde hay un cartón blanco en que se lee:
“Dios me ve”, donde pienso en las Cruzadas
con un poco de amor inexplicable;
pronto mi corazón estará viejo
de tanto recordar estrechos días,
mas con una vejez que siempre es hálito
—¡leve espejo incipiente!—,
porque las cosas se hallarán entonces
mucho, mucho más viejas:
¡Esto es por el filósofo que duerme
algunas noches en nuestra cocina!
Aunque se vive a pulso
—en eso acierta—,
¿quién puede responder
cada pregunta?
¿Quién es capaz de dar
fragancia en el siroco?
¿Quién dispone una trampa en donde caigan
los rojos seres de las pesadillas?
¡Nadie, nadie! ¡El amor nos viene a ciegas,
en cosas simples,
casi desechables!
¡Y se vuelve de súbito comprendida belleza!
Pero yo soy aquí el que busca estímulos.
(El que llena el papel
de ojos blindados,
y sueños burbujeantes
como heridas).
Y esta tarde, después de reposar,
y oler las rosas que hoy por la mañana
trajo una buena amiga,
y oír el agua próspera del grifo,
y hacer la diaria gira a los sucesos,
y peinarme el cabello aletargado,
después de hundir la mano en los poemas
de versátil frescura,
me acerco un solo instante a mi ventana,
¡y allí está un hombre, allí,
de carne y hueso,
saciando su veloz necesidad
en un depósito de desperdicios!

¡Y esta tarde es la mía, toda mía!
La del rostro que estalla contra el yunque,
como tensa granada.
La de rezar un salmo por las ratas
que se han comido —en mi labor de ayer—
la palabra universo.
La tarde de mis ojos doloridos,
de mi sabor a cómplice en los labios,
del crespón que protege mis medallas,
del cactus frente a todos los espejos,
de la gota que inunda la bañera
(¡la ciudad, el país, el ancho mundo!),
del musgo repentino en las paredes,
de mi grave regreso a la ventana
—¡segundo piso de un total destierro!—
desde donde se observan ya otra vez
solamente fachadas,
resplandores,
perros,
gentes,
basuras,
cosas muertas.


XIX

Secreta Soledad

[...]

No. No eran ésos. Nunca
fueron mis semejantes. Los oía
callar tras el sopor de sus vajillas,
entre sus perros limpios,
bajo sus hipotéticos hallazgos.
Yo me hallaba muy lejos,
en un rincón de cándida espesura,
sin relojes, ni copas,
ni fiestas de cumpleaños,
deshojando un amor de manos blancas
robadas al insomnio;
respiraba la brisa de noviembre
y el hondo aroma de la tierra viva;
no podía salir
simplemente a las calles
y saludar al hijo del vecino,
y cortar una flor para la Virgen
en el jardín de al lado,
y hundirme en el ayer
—¡secreto y próximo!—
como un niño en las aguas
de la alberca...
¡Yo desgarraba el eco, las entrañas
azules de mis ojos,
la humareda sutil
de los cuentos de hadas,
el escombro del último
pecado de mi padre!
¡Ah intensa guerra mía,
toda mía!
¡La aventura del ángel
por el mundo!
¡La ebriedad de un demonio
inolvidable!
¡Yo me sentía fuerte y derrotado
por el cariño de las limpideces!
¡Yo tenía diez años
y cien siglos a un tiempo,
pues ya necesitaba reconquista,
y aspiraba una ráfaga de lirios,
de granados, de cedros, de horizontes,
y estaba solo,
tercamente solo,
sólo abierto a las húmedas estrellas!

[...]


XX

[...]

De seguro me veis
solitario en las calles,
mudo entre los sonoros
transeúntes,
sordo a la voz que nace
de un mitin veraniego,
desprovisto de furia, de cuchillo,
de corazón sangrante en la solapa,
de motivos voraces,
y pensáis que es inútil
la llama de mis días,
y que el tiempo febril
nada deja en las manos
de quienes no construyen
la conciencia del tiempo.
Sé que sentís un poco
de lástima por mí.
Y eso también me hace aprender
que existo,
que no soy un secreto
paraje de ceniza,
la memoria de un rostro nauseabundo,
o el último ventrílocuo
que teme a los fantasmas.
¡Los fantasmas no emergen:
sólo el hombre,
frágil y elemental, casi telúrico!
¡Yo soy el hombre, el yo que somos todos!
¡Tengo una casa, un árbol, una luz
para las noches de tormenta,
y un pequeño horizonte
de estanque y de vecinos,
desde donde las nubes parecen amigables!
¡Ah y tengo un infinito derecho a desnudar
mi espíritu en la sien de los rincones,
y a callar mientras pulso
mi aventura en el tiempo,
y a estar alerta sólo en el instante
en que pueda gritar con mis propias reservas!
Me explicáis el peligro
de la roca, del musgo;
me advertís que mi frente
comienza a desnudarse de su aroma sencillo,
que en la niebla mis ojos
semejan un metal,
que mis pulmones hablan
idioma de raíces,
que nunca, nunca guardo en mi bodega
huesos de refugiados;
y algo habrá de razón, por eso busco
la forma de deciros
—¡sólo a vosotros, los de sueño grave
y apacible conciencia!—
que también amo el ritmo
de vuestros corazones,
la edad del hombre justo
—que nadie alcanza aún—,
el látigo que arranca
las células manchadas,
la mies que brilla en torno
de las ciudades muertas,
y el claro ventisquero que nos hará perder
las sucias vestiduras.
Amo el viento y el sol y el agua tierna
que se bebe en los campos.
Siento en mí el hondo impulso
de la vida,
aunque a veces me encuentre lleno de soledad,
y camine despacio, como sombra que busca
su asilo en los roquedos.
Amo mi voz, mi frente,
mi iglesia,
mi ciudad,
sus tejados airosos,
la dispersa neblina,
sus calles inconformes,
las gentes que conozco,
sus brotes de sequía
y desconsuelo;
amo el aliento de la claridad,
mi transparente zona de volcanes,
el oscuro recuerdo de luchas sin descanso,
la salobre violencia del que llora de espaldas,
este convencimiento de que se abre
sólo una puerta dulce por otras cien amargas,
lo amo todo en silencio, pero lo amo,
y aunque jamás he estado en una cárcel,
sé que en cada orfandad,
en cada gesto
marchito, en cada nueva experiencia, algo se borra
de la faz que mostramos al aire del otoño,
y algo deja una huella
total en nuestros símbolos.
¡Es el golpe de fuego
de la savia!
¡La mano que revela
calladas cicatrices!
¡El triunfo dolorido
de una voz sobre todos los silencios!

[...]

¡Amigos míos, hombres de la cruz y el venablo,
jamás he estado en una cárcel!
¿Pero podéis decir que no soy otro
de los injustamente condenados?


XXI

Llagado como tú, río del alba,
nervio de la quietud,
mástil de los ancianos pensamientos;
llagado como tú, llagado y simple,
mi cariño recoge
su infancia hecha preguntas
y se va, por la tarde, hasta los bosques
donde perece el leñador
con una llama entre las sienes,
y grandes cuerpos de neblina
se enlazan bajo las estrellas;
alguien llamó a primera hora,
preguntando por ti,
cercano espíritu que ahogo:
no es posible explicar
a cualquiera que has muerto,
o, más bien, que lo harás
en el minuto exacto
en que las aves crecen
hacia un sol gemebundo [...]

Yo me iba a desnudar
mis adversas funciones,
el peso de mi sangre, las orillas
de la acequia, el estiércol del olvido;
y luego regresaba,
sucio por dentro, ¡impávido!,
desenterrado de una niebla pobre,
y todo era en mi cuarto resistencia,
solidez impoluta,
largo espejo punzante,
y ya no estabas tú, porque te oía
quemar la hierba
con tus propias lágrimas;
débil voz de neblina, solo, entero,
parecías morir
en un hueco naciente
y el sonido del sol
—¡qué eterno en cada sombra!—
rasgaba mis papeles, mis espaldas,
mi ajuar de solitario
y de profeta.
¡Viejo espíritu mío, tercamente
te condeno a la nada,
mas a la suave nada del amor
por las cosas vividas!
Levantaré una iglesia en este sitio;
te compraré una lámpara
que amen todos los árboles;
pondré un aviso a los paseantes tristes:
“Amigos, una ráfaga de luz
duerme bajo esta tierra”.
Y yo, tomaré un rumbo,
cualquier rumbo,
¡no importa!;
son tantas las palabras
que esperan una voz,
hay tantos huesos fríos
y sedientos de música,
que no importa cuál rumbo
se tome, siempre, siempre
se llegará al lugar
donde el hombre amanezca
para el hombre...


XXIII

Dejadme ser el alba:
estoy despierto
desde antes de los gallos, afilando
mi frente en al neblina,
recogiendo mendrugos
de la cena de ayer,
poniendo en orden
todo lo que existe
sobre mi corazón en tensas nubes,
y aun con este agudo imperativo
de cantar a la hierba y a los árboles
y al amor de los seres y al orgullo
de estar aquí, en un reino de colinas;
yo fui niño una vez,
completamente;
sentía miedo al aire de la noche,
me comía las uñas
los días de visita, recordaba
pequeños nombres idos:
“Tu, ¡la abeja!,
¡la sierpe!, ¡el quieto Dios!,
¡la cruz de mayo!”;
y sé que había en eso voluntad,
fuego de ser, ausencia
de pecado, aunque al fin los años pasan
y se tiene automóvil y criterio,
voz y voto en las graves disyuntivas,
y un destino que manda
y que abre luces
en las habitaciones de los muertos;
y me encuentro hoy así,
mudo, sin lágrimas,
y clamando con fuerzas infinitas
por mi derecho a la perennidad,
a mi sitio en el alba,
a mi mensaje:
descorriendo la tímida persiana
para integrar un mundo, una distancia
contenida en el suave resplandor
de dos ojos amados,
y en la paz de la huerta y el aliento
de los grillos y el musgo en las baldosas.
¡Soy un hombre cualquiera:
el que perece
de neumonía o muerte o desencanto!
¡El que guarda fresquísimas pasiones,
y dispone su silla ante el crepúsculo,
y se engolfa en Bergson
o acaricia su gato
o sólo existe!
Basta una aldaba, el nombre de una calle,
dos centavos de luz cada mañana,
y el corazón pronuncia
la palabra ¡milagro!;
basta reír con la caída ajena,
y aprender que la edad se hizo para otros,
y que un día los mayas existieron,
para que este universo
—¡el más absurdo!—
vuele como una ráfaga de moscas
y deje el sitio pulcro,
amable, dulce,
donde elevar el índice del tiempo;
yo no sé más: ignoro
qué avidez es la justa,
qué recuerdo es el fértil,
qué pureza es la viva;
tengo diez años de encontrarme aquí,
rondando estos objetos, esta caja
de caudales vacía, este reloj
de oro falso, estas ropas
olorosas a sueño, esta ciudad
en que se ríe a veces y otras muchas
se deja de reír, porque no importa;
conozco a gentes varias, y entre tanto,
no conozco a ninguno: “Así se empieza
—dice uno de los árboles del barrio—:
se empieza por mover las hojas tiernas
y hacer temblar recónditos follajes”;
pero yo cruzo, y luego son las seis
en la torre más alta, y sólo hay sombras
y sonidos y brisa y yo y mi código;
¡qué lejano está Dios,
qué cuesta oírsele!
El domingo pasado,
al encender la radio,
sentí su soledad: alguien hablaba
de viejísimas piedras
y cantares indígenas
y el sol del Sinaí y el sol de América,
y detrás de esa voz, como el murmullo
de un beso inevitable,
se oía un mar: ¡el llanto de la Historia!
Yo pensé: ¡Dulce Dios, quiebra esta sílaba,
rompe esta sucia máquina, proclama
la niñez del consuelo!
Y entonces era tarde para siempre,
y un vecino lloraba en su cumpleaños,
y el pequeño ejemplar
de Kempis en mi mesa
se fue apagando suave, suavemente...

Dejadme ser el alba:
yo, un don nadie.

Dejadme ser el alba:
yo, el que escoge
la difícil conciencia.

Dejadme ser el alba:
¡un hombre vuelve
de su alcoba de otoño!

Dejadme recoger el desperdicio
de la siembra imposible.
Ya estoy en mí —casual o metafísico—
y el roído estupor no me desangra,
porque hace largos días
que habito este lugar,
esta pocilga,
y sé ya quiénes son mujeres fáciles,
y qué extraña pasión está de moda,
y a que precio se compra el desenlace.
Pero yo necesito ser el alba;
necesito cantar cuando otros duerman,
y lanzarles el húmedo periódico
por la rendija de sus vocaciones,
y gritar, con pulmones de lechero,
que este día es el último mañana.

Dejadme ser el alma del silencio.
Dejadme ser el alba: en este instante.
¡Quiero iniciar el siglo, la marea,
con mis pequeños huesos de contrito,
con mi fiebre de bestia inmemorial,
con mis pecados
y mis claridades,
con mis débiles fuerzas infinitas,
con mis hijos ocultos: sobre todo,
con este claro viento en que se enredan
tenaces golondrinas, ¡sursum corda!

Dejadme ser el alba: estoy despierto
desde antes de los gallos; y he escuchado
lo que dijisteis en el sueño: ¡ahora
sé que debo arrancaros con el miedo
de la noche, con furia si es preciso,
el privilegio de la voz abierta!


Durand, Mercedes y David Escobar Galindo, Las manos en el fuego, Ministerio de Educación, Dirección General de Cultura, Dirección de Publicaciones, San Salvador, El Salvador, Col. "Poesía", vol. 25, 1969.

jueves, 19 de junio de 2008

David Escobar Galindo: Poeta extraviado en la ciudad




David Escobar Galindo






¿Y si una noche de verano aciago un hombre se convirtiese en pájaro sediento? ¿Y si una tarde de náufrago ocaso un hombre se relamiera sus heridas como en danza inagotable? ¿Y si en la cotidiana andanza un hombre común se transformará, por virtud del rumor de las avenidas, en poeta?

Si esto fuera posible, ese hombre se llama David Escobar Galindo.
Este salvadoreño nacido en 1943, en Santa Ana, tiene la virtud de dar levedad a todo lo que toca: a un bote de basura, a un indigente, a una rata que ha mordido la esquina de la última cuartilla escrita.
Pero no se piense que con esa levedad se habla de frivolidad, yo digo de la levedad con que el poeta dota a todas las cosas mundanas y terribles en maravillas poéticas; maravillas que acaso lo sean del lenguaje aunque no siempre hermosas.

Hay en la poesía de Escobar una patina de esmog, un dejo como de tristeza por el Adán perdido, digo el Adán del paraíso, de ese ambiente exuberante y vivo, del Adán venido a menos.

David habla como poeta de ciudad, como hombre acostumbrado a la basura y al ruido, a la mala leche de los vecinos que bien sabemos siempre están pendientes de la extravagancia de su vecino el poeta, pero que se diga “acostumbrado” no significa que conforme; este salvadoreño se desquita del mundo y sus contrariedades, acaso con la mejor de las armas que posee: la palabra.

Un hombre camina por las calles, pero no mira sólo las calles; puede ver también lo poco que de hermoso hay en ellas, incluso lo de menos hermoso que puede haber en el acto tristísimo y terrible de ver a un congénere esculcando la basura. Este hombre ha tenido el privilegio de tener a la poesía como compañera de juegos:


Te esperaba en la puerta
con mi juguete nuevo;
sabía tu pasión
por los juguetes nuevos,
y siempre te llamaba
con uno diferente:
¿Recuerdas la moneda
y el grillo
y los botones?
¡Quizás no lo recuerdas! ¡Calla! Sólo
fue ayer, hace un millón de pensamientos
y sentimientos y secretas dudas.

Del Las manos en el fuego, 1969


Este poeta se detiene en los detalles, en lo pequeñísimo que hay en el ancho mundo, en las minucias que nos construyen cotidianamente, pues, ¿de qué esta hecha la vida si no de pequeñísimos detalles cotidianos, si no de levísimas palabras inconclusas?, como las que pueblan la cocina:

Me regocijo entre las copas, las porcelanas y los cubiertos
Porque ninguna agenda está tan sometida a los movimientos profundos del alma
Como esta de compartir la mesa día a día,
Hay una lógica risueña del mantel,
Una gnoseología de los azafates cristalinos,
Una pedagogía de los aceites y los vinagres,
Una ética de los vinos bondadosos,
Una estética de los tomates y las lechugas,
Una metafísica de la salvia y el romero,
Una estimativa de las proteínas y los carbohidratos,
En fin toda esa ciencia superior del aliento en común,
De las manos que se intercambian aromas y sabores,
De las palabras que al ser las mismas tienen la originalidad de lo que nunca será dicho.


De El libro del fiel, 2002


Aunque David Escobar ha escrito innumerables obras de todo tipo, yo sólo he tenido acceso a dos poéticas: Las manos en el fuego, escrita alimón con Mercedes Durand y que fue acreedora de una mención honorífica en el XIII Certamen Nacional de Cultura de El Salvador, año 1967; y la otra, El libro del fiel (2002), disponible en línea; y con esto poco sólo puedo refrendar el grato sabor de boca que me dejó reconocer la misma voz que en el primero, pues aunque sus nacimientos están separados por bastantes años la voz sigue siendo la misma, Escobar no ha perdido entonación ni agudeza para describir el mundo y a la mujer amada, ni las calles con todas sus asperezas, ni su tierna infancia que toca timbres y huye. En los post siguientes aparecerá una selección de las dos obras mencionadas.


martes, 13 de mayo de 2008

Cádaver exquisito de la hora arremansada



Y después aquí
en el luminoso regazo del
oído más oscuro...
lleno de la boca de ese nombre
unido siempre al vértigo
ávido de las manos de esa tarde
al vacío
como si de sus pupilas brotará
toda la luz de la noche
toda entera
toda carcomida de deseo
címbalo el trémulo fulgor de su nostalgia
párpado de la nación del mar en su silencio
como una mirada viciada de ternura
espléndidamente desierta
verazmente satisfecha de soledad
ungida
del frescor de la madrugada
idéntica a la voz de la inocencia
lejana ya del eco en la esquina desolada...
lejana así.


Al-Jazhim Catar

jueves, 27 de marzo de 2008

Errabunda

¿Qué hay más triste que la soledad de un basural?

Es este buscar y rebuscar entre las calles y los basurales
y los rostros
fruncidos por el sol del mediodía
un consuelo gratuito
una voz íntima
sin necesidad de esperar que se espere
una correspondencia.

Es este tender las manos y que todos se sirvan de ellas
que tomen lo que tengan que tomar
que no es importante,
que lo que está en la calle
a nadie le pertenece y es de todos
esto es lo poco que se puede dar
esto sólo es un semáforo
en el que debemos ver cuál
es el siguiente paso
ver que mañana
ni tú ni yo ni nadie habrá dejado su impronta.

Esto es una pequeña caligrafía
una microscópica
dádiva efímera
palabras insignificantes
perdidas
vencidas por el hartazgo y la brutalidad.

Esta mujer
sólo es una perra
sola
acostumbrada
a las patadas de los transeúntes.

martes, 11 de marzo de 2008

Como una invisible ciudad de gorriones


Marge Piercy


Lamento que en la primera entrada importante de este blog haya aparecido la nunca bien injuriada secretaria de Educación, pido disculpas náufragas, pero he decidido que esto se vaya escribiendo conforme a las circunstancias, y eso era lo que dictaba el momento.

Ahora escribiré lo que de verdad quería. Ahora haré honor a quien me proporcionó el nombre para esta página.

Marge Piercy es una poeta, novelista y ensayista que nació en Detroit en 1936 en el seno de una familia de ascendencia judía. Su familia, como muchas otras, sufrió los embates de la Gran Depresión, su padre fue desempleado durante bastante tiempo; y aunque Marge dice recordar una infancia "razonablemente feliz", también fue una niñez acosada por la pobreza y la enfermedad, lo cual la hizo refugiarse en los libros y en las historias judías que le contaban su abuela Hannah y su madre.

Es la misma Piercy quien le da el crédito a su madre por haberla hecho poeta, pues dice que era una mujer de gran imaginación y ávidas lecturas. Marge fue la única persona de su familia que concluyó una carrera universitaria, aunque no sin dificultades y gracias a varias becas. Tuvo un primer matrimonio, gracias al cual logró viajar a Francia y vivir con cierto desparpajo. Después de terminado éste se vio obligada a regresar a Chicago en donde tuvo una época bastante mala y realizó labores como secretaria, telefonista, empleada de almacén, modelo de artistas, etc., para poder sobrevivir y seguir escribiendo.

Fue en este perido en donde comenzó su labor como activista de los movimientos raciales y feministas en Estados Unidos. En este aspecto ella siempre ha tenido una carrera política, pues dice le incomodaba sentirse como un ser invisible, por lo cual ha luchado incansablemente a través de los años. Actualmente, vive en Wellflet en Cape Cod, Massachusetts, con su esposo Ira Wood.

Se le ha llegado a considerar poeta beat por sus poemas de verso libre y sus temáticas, aunque en sentido estricto no está relacionada con ellos. Sus poemas son duros y crudos, desnudos de una fragilidad que sólo puede escribir una mujer, aguerridos y femeninos -valga la redundancia-, pero no de esos poemas melcochosos en los que se filtra el furor de la entrepierna y la caduca interpretación del amor; sino líneas y metáforas sin cursilerías, en las que se plasma el dolor, la sexualidad del orgullo deseante, palpitante, y la rabia de ser ese "ser invisible" al que se cree incapaz de pensar, de escribir, de luchar.

Entre sus obras poéticas se pueden mencionar: To Be of Use (1973), Living in the Open (1976), The Twelve-Spoked Wheel Flashing (1978), The Moon is Always Female (1980).

Y sus novelas: Dance the Eagle to Sleep (1970), He, She and It (1991), City of Darkness, City of Light (1996), Storm Tide (escrita con su esposo Ira Wood, 1998), Sex Wars (2005).

Yo conocí a Marge Piercy gracias a José Vicente Anaya que tuvo el bondadoso gesto de darnos a conocer el trabajo de excelentes poetas cuando era jefe del departamento editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México, esta edición que poseo y que llegó a mis manos en el rebusque habitual que hago de las librerías de segunda mano se llama Ventana de la mujer en llamas, de 1988. Primero, el poema que da título a mi blog, luego, algunos más, la traducción gracias a José Vicente.


Del libro To Be of Use, 1973

conflictos de la fortuna

Como una invisible ciudad de gorriones
he crecido. Relojes mis pechos se tornaron.
Y hallé ceremonias en mis sueños.

Tal vez vivíamos durante el sol de octubre.
Las calles, pausadamente, hervían como
retortas de laboratorio. Tú me tomaste
de la mano. Era una tarde-calabaza
con cáscara brillante y una sonrisa recortada.
Corrimos por las escalinatas.
Me tocaste y volé.
Plumas color índigo y naranja
cayeron de mi piel. Rodé sobre
tu rústico cabello de muñeca de trapo.
Te chupé, maduro albaricoque,
hasta el corazón. Y sentados
de piernas cruzadas en la cama,
con burdos pespuntes, hilvanamos
en charlas nuestras vidas.

Todo ese encanto se rompió, es cierto,
pero mis brazos ardieron
con las chispas de aquella sidra sol.
Ahora sueño alas de bronce
y leopardos afelpados.
No nos unió el verdadero tacto
sino la química falsa de palabras.

El reflejo de un frío sol me quema ahora
y, el día entero, mi energía musita
como un té que hierve en la tetera.


indecencia

Soy una mujer incoveniente.
Puedo ser más útil como sacapuntas
o máquina sumadora.
No te amo como a la Madre Jones
o a las olas del mar, ni como a mis gatitos
o a un buen trozo de carne.
Amo el espinoso sol de barba negra
sobre tu cara.
Te amo cuando te agitas preocupado
y haces esperpentos de desesperación.
Te amo cuando discutes cambios
en la estructura de las clases;
esto llena mis ojos, se agolpa en
mis oídos y quema
las puntas de mis dedos.

Soy una mujer inconveniente.
Deberías cambiarme por un perro pastor,
una llama o un yak
que son bastante fieles
y sólo piden paja, sirven
de abrigo y nuca te llaman por teléfono.

Te amo con mis brazos, mis piernas,
mi talento, mis valores y
la historia indecorosa de mi vida.
Quiero hablarte de cómo me tronó eso
cuando tenías diez años.
Quiero que beses las aflicciones
de mi fuego.
Quiero leerte poemas donde me anegaban,
cuando tenía quince años, batida como
un huevo sin cáscara
entre las alas de Shelley.
Quiero que leas las cartas de mis pasados amantes.
Deseo que me desees de muchas formas,
de manera directa y sencilla
como una taza de café caliente.
Quiero y debo añorar
todo lo que no puede suceder.
Estoy rodeada de un amor
como dientes, por ti,
y me muero de hambre.


Del libro Living in the Open, 1976

el miedo

Despierto con huellas de dientes
en mi cuello. Tengo la sensación
de que algo falta. No estoy entera.
De este cuerpo mío, blando, debo
sacar algún provecho, antes de ser
tragada como aceituna, antes de que
se expanda la fosa con mis huesos.
Los minutos son boquitas de hormigas;
dientes de tiburón, los días. Y la
noche, cual mandíbula enorme de
ballena, se abre.


Del libro The Twelve-Spoked Wheel Flashing, 1978

lánguido día del solsticio

Un sol color de whiskey pasa bajo
como un halcón sobre la yerba seca.
Y el sendero está bardeado por
unas sombras largas, enlazadas.

El cielo del crudo invierno está vacío.
La oscuridad golpea las casas. Sucumbe
el polvo. Los árboles, encorvados,
se arañan bajo este cielo raso
de color de lima pálida.

La luz solar
alumbraría por más tiempo mi cara
si pudiera volar en las alturas.
Me gustaría flotar, como un hilo de seda,
en esa luz árida y torpe.

Apenas es diciembre y ya mis huesos
imploran por el sol. Las tormentas,
desde el mar hasta los acantilados,
han roído la costa. Las ventiscas con sal
arrancan las hojas marchitas de los robles:
vuelan a la deriva como bolsitas de papel
que recuerdan las tristes posesiones.

Tengo el hambre de las gaviotas
que en el ocaso cruzan, gritando,
la bahía. Entre los cúmulos de paja
y hoja seca
busco alguna brizna color verde
para mis ojos.


Del libro The moon is Always Female, 1978

intimidad

¿Por qué, desde las entrañas,
muchas veces la vida se me escapa
escurriendo por una herida
que se me abre en el vientre?
Detengo las vísceras con mis manos
para volverlas a meter.

¿Por qué mi vida
es un lago agreste y oscuro, tantas
veces, bajo la tormenta de rayos
a la media noche; donde me ahogo
entre olas que estallan en mi cara
mientras intento respirar?

¿Por qué
mi vida es una guerra en donde yo
lucho sola? ¿Por qué peleas conmigo?
¿Por qué no te pones de mi lado?
Si me muriera en este instante,
¿recibirías gustoso la noticia al
despertar?, ¿disfrutarías tu café?

Yo no soy tu hada, tu gobierno
ni tu FBI. Tampoco soy tu madre,
tu padre, tu pesadilla ni tu
bienestar. No soy muro ni barda.

No soy la ley ni el catálogo
actuarial de tu agente de seguros.
Soy una mujer con las entrañas
de fuera, entre las manos, aullando;
pero no por hacerme el hara-kiri.
Cocina mis vísceras o cóseme la herida.
Te pido que camines con mi aflicción
como entre las olas rompientes
de un océano sanguíneo, así, juntos
nos hundiremos o saldremos a flote
para volver a caminar.