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viernes, 12 de diciembre de 2008

¿Dónde te agarró el temblor?

Por el eterno viaje a Ítaca,
te dedico este pequeño espacio,
que también es tuyo,
con el deseo de que nuestra amistad siga siendo bella,
para Odysseus.




¿A poco no? ¡Está igualito!









Ésta es la segunda entrega de las serie de textos que no son míos, y que van acompañados de fotos de las más tiernas infancias de mis queridos amigos. En un principio, se supone que éste fue el texto por el cual me surgió esta idea (como por septiembre, y con motivo del 23 aniversario del famoso terremoto de 1985; de hecho si buscan en este mes, encontrarán una entrada titulada "Despiértame cuando pase el temblor...", que en realidad, fue la respuesta a esta crónica), pero... en vista de que Odysseus se hace mucho del rogar, pues... apenas va llegando.


Me recuerdo frente al televisor sólo con mi típica trusa de algodón 100% y mi camiseta Rimbros al revés (entre otras cosas, para que la etiqueta no me irritara la piel). La mañana en mis recuerdos es particularmente fría, con un cielo gris y repleto de nubes. Aún así permanezco casi inmóvil, sólo el tiritar de mi cuerpecillo sacudido por la baja temperatura, el susto y la desesperanza contagiada, me dejan estar quieto mirando y tratando de entender qué es lo que sucede, por qué el desmadre en casa y por qué el olor de muerte tan intenso, olor aún desconocido para mí a los cinco años.

Recuerdo que las voces, los gritos y el desconsuelo que presencio en la pequeña habitación donde estaba el televisor giraban en torno a mis tíos desaparecidos en las calles del Centro. Por algún extraño manotazo del destino, esa mañana mi padre había descansado y dormido la noche previa en casa con nosotros. Así que la preocupación, que pudo estar enfocada completamente en él y su posible desaparición, sólo estaba con mis tíos. Por esos años los tres se dedicaban al oficio de la "ruleteada". Mi tío El Profe tenía una pesera que iba de Xochi centro a Izazaga; mi tío Bello tenía la misma ruta y su propia combi, La Nena. Me parece que mi apá "postureaba" con uno y con otro. Hacía apenas unos meses que había regresado del gabacho y aún no conseguía un empleo estable. Cosa que con los años ha dejado de recriminarse, pues la experiencia de conducir desde Texas hasta Florida le ha dejado a la larga más que ese empleo tan deseado.

La cosa estaba en que los adultos trataban de ponerse de acuerdo para ver quién se quedaba con los críos (vivíamos juntito a la casa de mi tío El Profe y de mi tía La Gorda); yo era el mayorcito y deseaba hablar y decir: «Yo me encargó». Pero la verdad es que la muerte había pasado por las calles de la ciudad y había echado a su bolsa a miles, sin discriminar, por lo que en mi casa nadie quería quedarse y nadie quería salir. Aunado, estaba el detalle de no contar con teléfono fijo, móvil o algo semejante (esas cosillas con las que ahora hacemos como que nos sorprendemos por su inmediatez).

Sin embargo, recuerdo que en el transcurso del día se supo que El Profe la había librado de manera milagrosa. Creo que él circulaba dirección Izazaga sobre Tlalpan cuando, apenas algunos metros antes de introducirse en el desnivel vehicular llamado 20 de Noviembre, ante sus ojos éste se derribó aplastando cuanto auto se encontraba en su interior. Contaba (porque ya murió, irónicamente en un accidente automovilístico cuando dormía y conducía su ayudante) que un camión de pasajeros había quedado como de un metro de altura, que se oían lamentos, gritos, quejidos, últimas exhalaciones, etcétera.

Mientras agradecía al santo de su devoción, recordó que mi otro tío, Bello, lo había rebasado y que seguro se hallaba debajo del larguísimo puente caído. Por lo que entró en shock de llanto y como loco trató de hallar la manera de introducirse entre los escombros. Su desesperación lo hizo vagar por las calles desoladas e irreconocibles del centro de la ciudad; a su paso, cual héroe bizarro, fue ayudando a cuanto infeliz pudo, contando a pedazos su propia historia y dando aliento a desconocidos que agradecidos le cargaban buenas esperanzas.

En casa, se determinó que mis padres serían los que saldrían a buscar a los tíos, pero de último momento (no recuerdo por qué) sólo fue mi apá quien se adentró en los escombros. Por la tarde, creo, vino a vernos Doña Rosita, una seño que nos prestaba su fon para llamadas de emergencia. Al parecer era uno de los tíos, pero no lo había reconocido. Irma (mi amá) salió corriendo para enterarse, girar instrucciones y de nuevo elaborar una estrategia de comunicación. Con los días, la casa y el fon de Rosita se convirtieron en el cuartel general de mi familia, pues mis tíos y papá se volvieron de pronto rescatistas y camilleros; utilizaron su destreza y sentido de ubicación para recorrer calles, sitios, plazas, mercados y hospitales dando la mano a quien la pedía y haciendo el bien como nunca. Pasaron días enteros durmiendo y viviendo entre cadáveres, olores extrañísimos y preguntándose cómo demonios levantarían la ciudad que les había dado asilo desde que llegaran de su tierra de origen.

Irma cuenta que pasaron muchos meses antes de que se fuera el olor a muerto. De vez en vez, cuando nos reuníamos a platicar, mis tíos platicaban hazañas y dolores, propios y ajenos; su desconsuelo al entrar en el Centro Médico que prácticamente estuvo en el suelo varios años (en 1990, cuando por primera vez fui a consulta ahí, aún se notaban las cuarteaduras de los edificios, los remiendos, las esqueletos metálicos que sostenían las viejas construcciones); y por supuesto, su amargo recuerdo de cómo las calles que los veían pasar diariamente estuvieron a punto de tragarlos.

He olvidado muchas cosas de ese 19 de septiembre. Lo más fresco son mis recuerdos posteriores y los famosos temblorcitos de 1986. Uno de ellos me tomó hospitalizado en La Raza, en un séptimo piso y atado por mangueritas de suero y sangre donada. Afortunadamente, todos son recuerdos agradables, dignos de relatarse, que me enorgullecen, que me estremecen cuando pienso que esa mañana sólo sería, en la historia de mi vida futura, una antesala a lo que el destino me depararía en los meses inmediatos.

Y a ti, como dijera el difuntito Chico Che, ¿dónde te agarró el temblor?*


Odysseus a la Deriva

* Hagamos una aclaración para los lectores NO mexicanos, o para los que de plano son unos fresas y fingen no saber de asuntos del vulgo populi, o para los niñetos emos que ahora tienen como 17 años y no recuerdan nada del México de hace un par de décadas:

Con el título ¿Dónde te agarró el temblor?, Odysseus hace alusión a uno de los más grandes éxitos de Chico Che, un músico tabasqueño de los más famosos en los años setentas y ochentas en México, líder del grupo La Crisis, dedicado sobre todo al género tropical y de infaltable presencia en bodas, quince años y bautizos de aquella época. Su verdadero nombre era Francisco José Hernández Mandujano, y su singular presencia rechoncheta, revestida de overol, anteojos de pasta y peinado de "no me alcanza pa la peluquería" le ganaron la simpatía de las multitudes tibirescas. Entre sus rolas más recordadas pueden contarse: Los nenes con los nenes, Pobrecito mi cigarro, ¿De quén chon?, ¿Quén pompo?, ¿Tons qué mami?, El esdrújulo, No te fijes que soy tímido, y por supuesto la que da nombre a esta entrada. Además hizo carrera en el celuloide nacional con títulos como: Despedida de soltero, Huele a gas, Delincuente y Taco de ojo. Ahora, si mal no recuerdo, por una coincidencia socarrona de la vida, esta canción estaba muy de moda cuando sucedió aquel trágico temblor del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México. [N. de la B. (léase como "nota de la bloggera")]

Píquele aquí pa escuchar a Chico Che:

viernes, 19 de septiembre de 2008

Despiértame cuando pase el temblor...

jueves 19 de septiembre de 1985, Distrito Federal



si es que pasa...



Para todas las víctimas de esta infame ciudad, sean del temblor o no...
Gracias a Odisseo, por ser el primero en hacer recuerdos del temblor, te quiero



como siempre la mañana era una cosa ajetreada, que levantáte, que se hace tarde pa la escuela, que desayuna rápido, que pónte el uniforme, podía escucharse el noticiero televisivo que mis padres sintonizaban para acompañar las mañanas, era jueves, ¿no? todos sabemos que era jueves...

y en mi casa la situación era en ese entonces un tanto amarga: mis padres discutían casi por cualquier cosa, era esa época en la que el lustre de felicidad de los primeros años de mi vida, comenzaba a resquebrajarse como el alfeñique viejo y polvoso.

vivíamos, lo recuerdo aún, en la casa que nos rentaban don Joel y su esposa Amelia, un par de viejecillos jubilados. don Joel era alto, de ojos muy verdes, todo cano de cabellos color plata brillante, y güero, güero, tenía la piel colorada de tan blanca, y doña Amelia era por el contrario, muy bajita, morenita, achatada, incluso del cuerpo, y por ese entonces comenzaba a padecer de una demencia senil que la hacía jugar por horas con mi hermano que tenía 5 años, jugaban con He-Man y con Skeleton, los sumergían en la pileta del lavadero, y a veces doña Amelia nos dejaba sorber la cálida miel que surgía del centro de la gran flor de noche buena que cultivaba en el corredor, tenía un montón de macetas con muchas flores, muy coloridas, o al menos así es mi recuerdo.

el departamento era verde por dentro, y contaba sólo con tres habitaciones, se encontraba en la calle Sur 119-A, col. Sector Popular, no recuerdo el número, enfrente, casi, estaba la tienda de doña Maura, que era una ogresa y tenía aterrorizados a todos los niños de la cuadra, pero siempre tenía una vastedad de dulces que no permitía que el negocio decayerá a pesar de su mal carácter. como tres casas más adelante, del mismo lado de la calle, vivía mi amiga Sayonara y su abuelo David, y a dos casas más vivía Sandra mi amiga-enemiga (siempre nos peléabamos y nos volvíamos a contentar), con su madre Yolanda y su abuela Chabela, que me caía remal, porque mi madre siempre me obligaba a saludarla y ella "Chabelita", una vieja recia y curtida, me mordía los cachetes con una mezcla de lujuria, hambre, ternura y dentadura postiza, y el resto de la familia (de hecho, esa casa fue la primera que rentamos en esa calle). del mismo lado de la tienda de doña Maura estaba la casa del Tanque y sus no sé cuántos hermanos. a mitad de la cuadra, estaba la casa de Luzmaría, mi mejor amiga de la infancia a quien siempre tenía que rescatar porque yo era grande y fuerte y ella flaquita, chiquita y apta para que le cometieran todos los abusos que les da por cometer a los niños de kinder. Cabe aclarar que su madre Martha era la mejor amiga de mi mamá, y como eran 5 hermanas, en este orden: Martha, Lucía, Luzmaría, Andrea y Ana, y mi hermano y yo, las reuniones infantiles eran inenarrables con escuincles saltando por toda la casa, que era grande grande, porque su padre Lucio ganaba harto varo y compró esa casa inmensa con aspiraciones de mansión y dejos de kitch con todo y peluches y colores chillantes.

en la esquina, antes de llegar al camellón vivía doña Lucha con sus tres perros feos (de una raza muy exótica y de mucho pedigrí, pero que daban mucho miedo) con su marido Tomás, que era el teporochín de la cuadra y que daba el mismo miedo que sus perros, por el olor a alcohol. y casi en la otra esquina, del lado que colinda con Churubusco, vivían (o viven, no sé) mis madrinas, madrinas de grado, de deveras, Queta y Juanita con toda la familia: doña Juvencia, la matriarca, don Luis, el padre, "mis novios" los tíos Esteban y Agustín ("mis novios" porque les encantaba hacerme repelar correteándome para agarrarme a besos, cosa que a mí me enfurecía y me avergonzaba, aún no sé por qué), y demás familia mucha mucha que ahora se me olvida, ésos sí eran una gran familia mexicana, y no como la mía que siempre ha estado compuesta sólo por mamá, papá, hermano y hermana. esa era la cuadra.

el departamento, como ya dije, era verde, con cocina, baño y dos habitaciones separadas por una gran cortina "color hueso" colocada por mi madre. las cosas no iban bien. yo tenía ocho años y comenzaba a invadirme una soledad y un desasosiego provenientes no sé de dónde, quizá de los gritos y el desamor de mis padres.

eran como las 7:15 am y se hacía tarde para la escuela. de pronto todo comenzó a moverse de una forma insospechada y tremenda, yo con la mitad del uniforme puesto, con la mitad del sueño aún puesto, con media trenza hecha, y el resto de la melena como nido de gorriones. mi madre con media molestia puesta, con el sartén en la mano cocinando los huevos del desayuno, a medio vestir también. mi padre con el short verde de su pijama, y su clásica camiseta Rimbros (como la de Odisseo, pero más grande), apenas deshaciéndose del catre (en el que decidió dormir desde siempre, porque no le gustaba dormir acompañado). mi hermano, hermanito, el bebé, el chiquito, aún dormido en la cama matrimonial en la que dormíamos mamá, él y yo.

esta es una foto, una postal cruel grabada en mi memoria: el niño dormido en esa posición de inmaculada ternura de los bebés, con la "colita" al aire, dormido profundamente, el padre apenas levantándose, la madre ya en la cocina, la chamaca a medio peinar y peleando como siempre por las sendas y jaloneadas trenzas cotidianas, de pronto todo se mueve, suenan todos los cacharros de la casa, truenan las paredes, refunfuñan los asbestos, la cortina es una increíble tormenta, rápido, todos a la trabe entre los dos cuartos, todos, todos, el niño, el niño grita mi madre, el niño está dormido.

JUAN JUAN JUAN!!! EL NIÑO, RÁPIDO, EL NIÑO ESTÁ DORMIDO, VE POR ÉL!!!!

mi padre corre, el suelo se mueve, mi padre se tambalea, corre de nuevo, el suelo y las camas se confabulan chocan con las piernas de mi padre.

EL NIÑO!!! JUAN AGÁRRALO!!! JESUCRISTO BENDITO, ¿QUÉ ES ESTO? VIRGEN SANTÍSIMA, HIJITA ABRÁZAME, HIJITA!! AAAYYY JUAN JUAN EL NIÑO!!! PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO, SANTIFICADO SEA TU NOMBRE...

mi padre, finalmente, después de tres intentos, dos caídas y la lucha librada contra el brutal movimiento, alcanza al niñito, al güerito (aunque es extraño mi hermano es güero). lo alcanza por las piernitas, lo toma en vilo, lo abarca con sus brazos inmensos de boxeador, sí, le hacía a la boxeada de patio. corre a la trabe, nos abrazamos todos. el movimiento cesa, hay cosas tiradas por todas partes, huele, huele feo, huele a tierra, huele a susto. fin de la postal.

todos abrazados salimos a la calle, la cuadra está normal, pero todos están en las puertas. qué pasó, cómo están allá, qué pasó por acá. no falta la que grita, la que llora, a don David le dio una embolia que le enchuecó la cara durante meses. todos están bien, todos están asustados pero bien, excepto doña Lucha y sus perros y su teporocho, que se quedaron atrapados porque se descuadró el zaguán y no pueden salir, todos los vecinos ayudan, y en la casa de doña Lucha no pasa más nada. varias casas de la calle quedaron cuarteadas, algunas banquetas levantadas, se cayó uno de los árboles más grandes, sin más perjuicios.

más tarde, cuando llegó la luz, el azoro, el terror, la sangre, los cadáveres, todo hecho polvo, las calles tan
desconocidas, parecía una bomba, muchas bombas, yo había visto eso en las noticias, pero en otros países, en El Salvador quizá, mis ojos eran muy grandes ante el azoro, ante esa destrucción, mis ojos de ocho años, cuántas muertes, cuántas oraciones, ¡cuánto llanto! mamá, ¿qué pasó? el temblor.

el temblor dejó su marca, su muesca, sus escoriaciones en la piel de todos los defeños, en la piel desgarrada de mi familia, que algunos meses después (quizá un año más tarde, no más) se desintegró al fin.
mis padres luego de tres o cuatro separaciones, al fin terminaron por dejarse, terminaron de odiarse, de gritarse, de maldecirse.

el temblor también dejó su cuarteadura, la más grande, en mi recuerdo de los ocho años.