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viernes, 2 de octubre de 2009

No importa que el recuerdo destroce mis entrañas... (2 de octubre, ¡no se olvida!)


No quiero que desaparezcan los organilleros
de esta ciudad, no quiero, no quiero, no.
Esta imagen es cortesía (cortesía gandallesca)
de
necrobuba en Photobucket,
agradezco su colaboración involuntaria.

Aunque parece un cliché gastado o un melodrama de otoño, recurrente en esta ciudad cada 2 de octubre, lo cierto es que si uno nace, vive, crece y cambia con esta ciudad, es difícil que luego de 41 años uno olvide esta fecha.

No hablo sólo del hecho histórico que marcó con sangre la Plaza de las Tres Culturas y el Conjunto Habitacional Tlatelolco, hablo de la marca indeleble que dejan las cicatrices, hablo de heridas tan profundas como inabarcable y compleja es la historia de nuestra ciudad.

En 1968 mi madre tenía 14 años, siempre ha sido rebelde (madre de ocelote pinto), pero a diferencia mía, la rebeldía le vino con la vida y sus madrazos.

En 1968, su madre —que en realidad era mi bisabuela—, agonizaba de cáncer cérvico uterino. Mi bisabuela era de un carácter rabioso, seco, violento y lacerante, carácter que fue minimizado por el cáncer, y la locura de los sesentas, pues mi bisabuela tenía una hija menos caradura que la que abandonó a mi madre recién parida, pero que igual le daba vuelo a la hilacha con el baterista de los Teen Tops (no estoy segura si era el baterista, pero sí que era de esta banda).

La tía-hermanastra era toda una cábula, la pasaba de fiesta en fiesta bajo advertencia a mi madre y saliendo por la ventana: “Donde digas algo, cuando regrese te parto la madre”. Así que la nena no decía nada, pero igual llegaba la bisa y pedía cuentas: “¿Dónde se largó tu hermana?”, y ante el silencio se hacían llover los cucharazos moleros... Así fue un par de años hasta que llegó el cáncer... las quimios... los ires y venires al doctor... la agonía...

A la tía-hermanastra siempre le valió una pura y dos con sal la agonía de la abuela, así que la nena se las veía sola en la casa y con un par de criadas para atender a la bisa-madre... fue así como se hizo de algunos amigos de la Escuela Nacional Preparatoria, pues en proporciones corporales, la nena siempre estuvo muy redondeada.

Fue así como mi madre conoció a una amiga (cuyo nombre ahora llevo yo), que le llevaba al menos unos tres o cuatro años y que le daba cuando menos apoyo moral. Fue así como mi madre, sin saber mucho de cuestiones políticas y militancias (les digo que tenía como 14 años), fue invitada al mitin de la Plaza de las Tres Culturas.

Todo estaba listo, la hora y el lugar de la cita convenidos, incluso, estaba convocado algún chavalo que pretendía a la nena... Todo estaba preparado, excepto por las quimios y los ataques de dolor que obligaron a la nena a quedarse en casa para procurar a la bisabuela...

Todo estuvo convenido, calculado para que por la tarde noche, la nena, que era de las pocas con televisor en la colonia, viera en imágenes la catástrofe de la que se salvó gracias al cáncer... Vio la confusión, las complejas noticias, que si si había pasado, que si no, que era mentira, que era falso que si los Juegos Olímpicos, que si el desconcierto y los dolores y las medicinas...
Varios días después, la nena logró localizar finalmente a su amiga, se enteró de cómo el novio tan querido de su amiga había desaparecido, supo también que no se sabía nada de su pretendiente... así fueron pasando los días, y los días, así fueron buscando y buscando para no volver a encontrar. Para ignorar por la eternidad, en dónde quedó aquel hombre tan amado, aquel novio tan cercano con el que incluso había planes de boda... Así fue como quedaron en el recuerdo, las notas de esta vieja canción, según la cual, cada que era escuchada por la amiga la hacía llorara de rabia y de tristeza, de incertidumbre.

En la actualidad, mi madre también llora cada que escucha esta canción, y cuenta y recuenta la historia, y piensa y piensa que habrá sido de aquel chico, del novio de su amiga... piensa que habría sucedido, si el cáncer no la hubiese retenido en la casa aquel día...

Amigo organillero

Compositor: Rafael Carrión
Intérprete: Javier Solís

Amigo organillero
arranca con tus notas pedazos de mi alma,
no importa que el recuerdo destroce mis entrañas
tú sigue toca y toca.

Como un puñal de luto está clavada en mi alma
aquella noche negra cuando en mis brazos
sus ojos se cerraron, sus labios muertos
ya nunca más me hablaron.

Quiero morir no tengo ya aquél amor tan puro y santo,
quiero seguir al más allá a la que quiero tanto.
En esta noche en que la muerte espero
sigue tocando amigo organillero.

Quiero morir, no tengo ya aquél amor tan puro y santo,
quiero seguir al más allá a la que quiero tanto.
En esta noche en que la muerte espero
sigue tocando amigo organillero
sigue tocando amigo organillero
amigo organillero.


Ahora, ¿por qué no olvidamos el 2 de octubre? Porque las cosas en este país, a pesar de los asesinatos y de los desaparecidos, a pesar de todas las voces que han intentado callar, a pesar de todos nuestros muertos, la situación en este país no ha cambiado mucho...

¿Por qué no olvidamos el 2 de octubre? Porque permitimos que siga sucediendo...

2 DE OCTUBRE, ¡NO SE OLVIDA! ¡ES DE LUCHA COMBATIVA!







viernes, 31 de julio de 2009

La ciudad y sus voces

Para toda la banda tuitera, si los pongo a todos ya no escribo lo demás, por los buenos ratos...

Yo quería encontrarles una foto de un gasero así bien cochicostro, como los de antes, pero todo tiempo pasado fue mejor. Ahora los gaseros se cotizan, son muy cutes y te llevan el gas sólo si les llamas a su cel ggggoooooeeeiii, ah, y se dan de besos con las mamás de una, cuando van a surtir el respectivo tanque (eso es lo que dice Dylan, que cuando va el del gas se da de besos con la abuela).

Ayer @aerodi se quejaba de que con los sonidos de esta ciudad no se puede grabar un podcast con decencia, y eso que no le ha tocado grabar un disco para un curso de inglés en mero 16 de septiembre con los helicópteros del desfile pasa y pasa... es una tortura.

Ahora, a mí los sonidos de esta ciudad me apasionan, ¿qué mejor señal de que está viva? Cómo no acordarse de Cri-cri (uno de los poetas mexicanos más excelsos) que le compuso una canción al ropavejero: "Ahí viene el tlacuache, cargando un tambache por todas las calles de la gran ciudad, el señor tlacuache compra cachivaches y para comprarlos suele pregonar: Paapeeellleeeesss que venddaaaaa, periódicos viejos, tiliches chamuscados y trebejos cuatrapeados, cambio, vendo y compro por igual. Comaadddrrreeeess chismosas, cotttooorrraaaass latosas y viejas regañonas pa meter en mi costal..." (creo que también le hacía al tráfico de blancas, negras y pelirrojas). Cómo olvidar al de los "Fierrrrrooooosss, ffiiierrrooss viejos que vendaaa".

Quién no odia la campanita de la basura, que ordena dejar la tibia cama y salir corriendo bote de desperdicios en mano, para que el hijoesú... conductor del camión se largue cuando se le da la gana... mientras uno se queda ahí, pasmado, en chanclas, con lagañas y en mitad de la cuadra, pensando "¡Ah, chingá! ¿cómo llegué aquí?". Quién no goza cuando en un día de inmarcesible calor, escucha por la calle la bocinita de las "Nieves, nieves, lleve sus nieveeeees". O el "tilín tilín" del triángulo de esos hombres que cargan a cuestas un cilindro con unas tostadas que al comprarlas son bañadas con leche condensada (si alguien sabe cómo se llaman esos dulces se agradecerá el dato).

Cómo no recordar cuando luego de una borrachera mágnanima, a las siete de la mañana pasa el de los tamales: "Taaaaaammmaaallleesss calientitos, lleve sus tamales, los hay de chile, de verde, de rajas, de dulceeeee" (@lorenaromeromor se tiene algo con el de los tamales, o se tenía, siempre que pasaba, decía que éste hacía su pregón con un dejo de cachondez que nadie entendió nunca, sólo ella, razón por la cual, el susodicho era conocido en nuestra casa de San Bernardino como "el tamalero erótico") (@yorchschema ha amenzado en múltiples ocasiones con exterminar al tamalero de sus rumbos).

Cómo es que no se me ocurrió nunca hacer antes esa grabación, por si no lo saben, hubo un hábil tamalero a quien se le ocurrió grabar el pregón de los tamales, popular ahora en toda la ciudad y además lo protegió con copyright (de veras, no invento)...

Quién que no haya sido niño en este país no recuerda la ansiedad de los domingos al medio día para esperar al globero con su silbatito. Quién no espera con deseo gastronómico y anhelos de una dulce tibieza, en los días lluviosos, el silbato inefable y torturante del camotero y su carrito... Yo soy fan del de los camotes de mi rumbo, nunca pasa, pero si llovizna, seguro que sale, es taaaan audaz... Quién ha olvidado esa cosa como armónica que toca el hombre afilador de armas blancas asesinas de cebollas y tomates... Ahora recuerdo a uno de una camioneta que vendía frutas y verduras por mi casa y que tenía una grabación que rezaba: "Lleve sus naranajas, sus manazanas, ricas, duuulllccceess, ¿en dónde? aquí, aquí... aquí, aquí, aquí, aquí, aquí ad infinitum". También recuerdo que en Metepec, suena (o sonaba) el silbato de los baños públicos todas las mañanas en punto de las siete. Supongo que ahora sí están olvidados pregones como el de: "Chichicuilottteeeeesss, lleevvveee sus chichicuilotteeesss", que alguna vez tuvo lugar en Toluca, claro, cuando los chichicuilotes no eran una raza extinta.

En cambio la modernidad incrusta nuevos sonidos en esta sonoridad urbana: "El aguaaaaaaaaa", "El paaaaannn y la lecheeeee" (escuchado en una unidad habitacional). Las ambulancias, las patrullas "chico malo, chico malo, qué vas a ahcer cuando vengan por ti, tralalá...", los bomberos, el tata ta tatá repetido hasta el hartazgo todos los días...

Fue gracias a todos estos sonidos que se me ocurrió dar cuenta de ellos, más bien, de la ciudad, y escribí este poemoco, que según las ocelotunas aspiraciones pertenece a un proyecto mayor con efectos de sonido y grabaciones de por medio, inconcluso por supuesto, como la mitad de la vida del ocelote... Ahí les va...


Poema con acotaciones sonoras

Un día de todos los días
entre el útero lanar
el hombre asoma la pequeña nariz tibia.
Escucha el escándalo
con que la ciudad rueda y amanece.
(camiones, gemidos, puertas, voces, pájaros)
A la nariz
sigue el brazo
y ante el abrazo hiriente que congela
vuelve.

El pie del sueño sobre su frente
lo apelmaza.
En sus ojos una imagen innombrada se detiene
busca un color, una palabra...
(silbato de fábrica)
Un silbato de colmena su fuerza reclama.
“Qué era, cómo, qué hora es...”

El oído abre y el sonido intermitente
inacabable
le recuerda el lamento de las mil voces.
(despertador)
Náufrago
se aferra a la almohada
y en un segundo
otra imagen burbujea.
Un cansancio mullido lo protege.

Del gaaaaaaaaas
a cobija y modorra se defiende
vuelve.
En el sueño ahora un velo
de caballos, crines y olores verdes
que lo llevan a la cascada
con su marcha impertinente.
“La cascada la cascada
con su marcha y su cas...”
Catalina se baña.
Ahora mira
7:15
es lunes y martes y mañana.

—Soy un valiente.
Lucha con las fauces
que ha tan poco sus aliadas fueran
en un arranque
asoma hasta el cuello, un hombro y la espalda.
En un segundo reconoce ser valiente
pero débil
y vuelve.

“Que frío, aborrece...”

Y afuera el bullicio, el movimiento,
alharaca, prisa y vete.
Una mano rebelde atreve un dedo:

En este momento las 7:30, sí escuchó bien, las 7:30, y ahora el informativo matutino con ustedes...
Y una cadencia caliente y grave
cierra sus ojos
cierra sus
cierra...
y el remolino
lo lleva a ella
aquella tarde radiante de agosto y de gemidos
que chorreaban por su vientre:

sus senos y
te amo
sus piernas y
te amo
su boca de couché mate y
te amo...

(campana)
¡¡La basura, es tardísimo, y la renta, mi jefe, es quincena!!

Aooouumm
sus labios se abren
en un círculo lánguido de gato:
—Pero claro que soy valiente
y trabajador
y el trabajo ennoblece.

“...Pero hoy
que terrible es el mundo
no, hoy no”.
Vuelve.

Hoy
¡Córrele!

hoy, sólo hoy
¡Voy a llegar tarde a la escuela!

hoy me consiento
¡Chin, se me fue el camión!

hoy soy feliz
¡Apúrate!

hoy duermo
¡Rápido, güey!

sólo hoy
¡Ya vete!

por favor, sólo hoy
¡Muévete!

sólo...

Y el hombre pequeño
cálidamente adormilado
se dice y se convence:
“Hoy tengo fiebre”.

lunes, 13 de abril de 2009

La imaginación sin dueño

Mi único carruaje es la imaginación, pero no a secas: la mía tiene ojos de lince.


José Lezama Lima

La bronquitis de hace algunas semanas me dio el tiempo y el descanso suficientes para ver la televisión con mi hijo. Yo también, como muchas personas que gustamos de leer y de los libros, detesto con bastante regularidad el aparatejo ese llamado televisión, pero no lo satanizo, le reconozco su lugar y en ocasiones su utilidad si sabe emplearse de manera provechosa, por ejemplo, si su propósito es obnubilarse y dejar descansar a su maltrecho pensamiento, la TV es idónea, jaja.
En cuanto a los niños, le doy su lugar como medio para darle a los nenes conocimientos que ni de manera remota uno como padre podrá darles nunca, aunque también creo en la supervisión al momento de procesar todo lo que sale de la cajita, (Dylan tiene estrictamente prohibido ver Los Padrinos Mágicos, es un porquería; de hecho, en cuanto los ve, pide que le cambien el canal), esto propicia que de tanto en tanto me dé a la tarea de sentarme alguna tarde a ver la televisión en compañía de mi hijo, preguntarle por su caricaturas favoritas, hacer zapping y detenerme en lo que él me pide (esto sucede también porque yo no veo demasiado la televisión, así que mi ignorancia de programaciones y canales es grande, con lo cual, muchas de las veces, me conformo dejando que mi hijo de tres años sea quien seleccione nuestro entretenimiento), y la mayoría de las veces me sorprendo de la forma en la que han evolucionado los programas y las caricaturas para niños.

Es una charla recurrente entre adultos, saber qué caricaturas veías cuando eras niño, esto determina tu edad biológica y mental, y ayuda mucho (me parece) a hacerse una idea del interlocutor. Por ejemplo, a diferencia de todas las mujeres de mi edad, cuando yo tenía como ocho años me complacía mucho ver a la anoréxica de piernas largas, Sandy Bell, que tenía una camioneta psicodélica y estaba enamorada de un pintor (los personajes aparecidos en este ensayo no tienen nada que ver con la realidad (?)), en contraste con Candy Candy (que aunque me quemen en una pira, diré hasta el cansancio que me parecía y me parece repugnante, la forma en la que suspiraba mientras decía con voz tipluda y gangosa: “Mark Anthony...” siempre me pareció lastimera y melodramática, más que romántica). Para los que no entendieron: ¡ME CAGA CANDY CANDY!, y su estética del siglo XIX, y su voz como de herida luego de pisotón... ¡agh! al fin me desahogué.

Sandy Bell vs. Munra


Además de Sandy Bell, me gustaban cosas como los Thunder Cats (quien no recuerda la transformación de Munra: “¡Antiguos espíritus del mal, transformen este cuerpo decadente, en ¡¡Munra, el inmortal!!” (esto, como todos sabemos, lo escribo levantando los brazos al cielo y pasando de la posición de la espalda jorobada a la de muy mamado) y los músculos de Leon-O o Panthro (¿verdad, Claudina?), Mazinger Zeta, Robotech, los Halcones Galácticos, la Liga de la Justicia (“Poderes de los gemelos fantásticos, ¡Actívense!”), por supuesto, Don Gato y su Pandilla (creo que siempre le tuve algo de compasión a Matute y, como todos, una innegable ternura a Benito Bodoque y a su inocente má), el Inspector Ardilla, la Hormiga Atómica (¿quién no empleó luego este nombre como mote de alguna de sus maestras?), ¡ah! y por supuesto, el hilarante ¡Capitááááaaannn Cavernííííccccooollllaaaaaa!! (a quien luego se le sumó: “¡¡E hijo!!”).

Extraño al Capitán Cavernícola.

Pero creo que ya me demoré en mis remembranzas y me desvié de mi ruta original, a lo que iba es a que en nuestra infancia, al menos que yo recuerde, eso de los amigos imaginarios no existía, o sucedía como casos aislados; nadie que sea adulto, a menos que en su infancia lo haya hecho, se explica cómo es que los niños tienen amigos imaginarios, por qué, para qué, qué carencias se cubren al inventarse una imagen, una sombra que acompaña los juegos y temores. Yo me atrevo a decir que no tuve infancia, no pude nunca disfrutar del tiempo y el espacio correspondientes a la imaginación y el juego infantil [excepto como ya se vio, a las caricaturas y a las películas del 11 (padezco insomnio desde los ocho años, así que solía escabullirme entrada la madrugada a ver películas como El Ángel Azul o El Apartamento, el de Jack Lemmon, que sólo pasan en ese canal), quizá sea por ello que ahora me sorprendo con cosas como el maratón de La Mansión Foster para Amigos Imaginarios.


La Mansión Foster para Amigos Imaginarios.


Sé bien que caricaturas como ésta no necesitan más publicidad, pero puedo decir maravillada, ¡qué grata sorpresa! ¡Fantástica imaginación! Es posible que ya muchos sepan de qué va. Pero haré un resumen breve.

La Mansión Foster para Amigos Imaginarios no es otra cosa que un orfanato en el que se alojan los amigos imaginarios que han sido olvidados por los niños que los inventaron, de esta suerte, uno puede encontrarse con Bloo, que es un ser azul como burbujita en extremo maleable y ocurrente; Mac, el niño de ocho años que inventó a Bloo y que descubre la mansión luego de que su madre le pida que deje a su amigo imaginario pues ya es muy “mayor” para tener uno; Terrible (Terrence) el hermano grande y adolescente de Mac que es bastante estúpido, graniento e insufrible y que le hace la vida imposible a Mac y Bloo; Wildo, que es alto y colorado, una combinación entre Michael Jordan (de hecho, fue él quien lo imaginó) y Elmo, pero desnutrido y un tanto maltratado, la falta de un brazo y un ojo salido dan cuenta de ello. Eduardo, que a pesar de tener un aspecto atemorizante es un pan de azúcar que se asusta casi con todo (en la versión original, habla spanglish, y esto se debe a que fue creado por una niña que vivía en un barrio difícil, que necesitaba a alguien que le ayudará a superar sus temores, y que en la adultez se convirtió en policía). Cocó, que es una cosa, sí, una cosa entre garza, palmera, avión y bufanda de plumas, llamado así porque sólo sabe decir “Coco, cocó, cocócocó, co coco, cócococó” y que pone huevos coloridos con extrañas sorpresas cuando se pone nervioso (fue imaginado por una niña que padeció un accidente áereo). La Duquesa (la verdad mi favorita, aunque es insoportable), cuyo nombre de gran alcurnia es Diamante Persnickety primera y última, y que como su nombre de pedigrí deja entrever es casi un cuadro de Picasso, con ojos cubistas, trasero de Miró y boca plagada de quejas y exigencias del tamaño de su realeza, siempre buscando ser adoptada para salir del “muladar” en el que vive (por desgracia, no poseo datos de la intelectual y sangrona imaginación que pudo darle animación a la Duquesa), y que le hace la vida de cuadros a Frankie, la joven que organiza todos los asuntos domésticos de la mansión: la comida, la lavandería, la limpieza, etcétera, y nieta de la fantástica Madame Foster, fundadora de la casa, viejita encantadora que se encargó de crear las normas que rigen la mansión, siendo ella la primera que las rompe, y la única capaz de mantener libre la imaginación hasta la vejez como queda demostrado mediante el Sr. Conejo (Sr. Herriman, amigo imaginario de Mme. Foster), un conejo, me atrevería a decir extraído de Lewis Carrol, con monóculo y reloj de bolsillo, de una seriedad inigualable, jamás transgrede las normas, su pensamiento es dogmático, didáctico y ortodoxo (según Mme. Foster es así desde que lo imaginó por primera vez) y es quien se hace cargo de las adopciones; además de discutir y pelear todo el tiempo con Frankie, pues sus formas de ver la vida son totalmente opuestas. Los personajes son de extrañísimas apariencias, las escenografías de la mansión son todas de un dejo vintage peculiar y hermoso, y los caracteres de los protagonistas están perfectamente delimitados desde el punto de vista dramático.

La familia Foster.


La primera vez que leí sobre la Mansión fue en una revista para rockeros (sí, los rockeros también vemos programas para niños), y me llamó la atención lo que decían de ella: “Un fantástico ejercicio de tolerancia”, divertido, además, porque en esa casa hay espacio para todos, cada quien es lo que es, y no se le juzga por ello, todos son extrañísimos en su apariencia y sus costumbres, y sin embargo, nadie es criticado ni excluido por ello, sino pregúntenle a la antipática Diamante; y los niños son reconocidos no como niños, sino desde un lugar más fundamental, como seres humanos, con personalidades y determinaciones propias.

Si acaso se pregunta quién se encarga
de las coloridas escenografías de la Mansión,
esas se las debemos a Tim Biskup.


Se suma a todo ello que ayuda a entrenar la imaginación, a demostrar que no tiene límites, que lo mejor de la imaginación es dejarla crecer, nutrirse; dejarla sonreír y adquirir color, y que lo más hermoso de ser niño es tener la imaginación a flor de piel y hacer con ella lo que venga en gana, compartirla, desgranarla y dejarla libre y sin dueño, porque es de todos. No hay nada comparable a la imaginación sin dueño que puede transmitirse, prestarse, o mejor, compartirse y disfrutarse.


A falta de un retrato de su magnífica realeza,
Diamante Persnickety, primera y última,
dejo aquí la Mujer con gorro de Pablo Picasso
que se le parece bastante.

PD: Lo mejor de ver esta caricatura es escuchar las tremendas carcajadas que se pega Dylan con los enredos que suceden en ella. Si se quiere entender a cabalidad todo lo que sucede en la Mansión, es importante ver los primeros tres capítulos de la serie.
















viernes, 12 de diciembre de 2008

¿Dónde te agarró el temblor?

Por el eterno viaje a Ítaca,
te dedico este pequeño espacio,
que también es tuyo,
con el deseo de que nuestra amistad siga siendo bella,
para Odysseus.




¿A poco no? ¡Está igualito!









Ésta es la segunda entrega de las serie de textos que no son míos, y que van acompañados de fotos de las más tiernas infancias de mis queridos amigos. En un principio, se supone que éste fue el texto por el cual me surgió esta idea (como por septiembre, y con motivo del 23 aniversario del famoso terremoto de 1985; de hecho si buscan en este mes, encontrarán una entrada titulada "Despiértame cuando pase el temblor...", que en realidad, fue la respuesta a esta crónica), pero... en vista de que Odysseus se hace mucho del rogar, pues... apenas va llegando.


Me recuerdo frente al televisor sólo con mi típica trusa de algodón 100% y mi camiseta Rimbros al revés (entre otras cosas, para que la etiqueta no me irritara la piel). La mañana en mis recuerdos es particularmente fría, con un cielo gris y repleto de nubes. Aún así permanezco casi inmóvil, sólo el tiritar de mi cuerpecillo sacudido por la baja temperatura, el susto y la desesperanza contagiada, me dejan estar quieto mirando y tratando de entender qué es lo que sucede, por qué el desmadre en casa y por qué el olor de muerte tan intenso, olor aún desconocido para mí a los cinco años.

Recuerdo que las voces, los gritos y el desconsuelo que presencio en la pequeña habitación donde estaba el televisor giraban en torno a mis tíos desaparecidos en las calles del Centro. Por algún extraño manotazo del destino, esa mañana mi padre había descansado y dormido la noche previa en casa con nosotros. Así que la preocupación, que pudo estar enfocada completamente en él y su posible desaparición, sólo estaba con mis tíos. Por esos años los tres se dedicaban al oficio de la "ruleteada". Mi tío El Profe tenía una pesera que iba de Xochi centro a Izazaga; mi tío Bello tenía la misma ruta y su propia combi, La Nena. Me parece que mi apá "postureaba" con uno y con otro. Hacía apenas unos meses que había regresado del gabacho y aún no conseguía un empleo estable. Cosa que con los años ha dejado de recriminarse, pues la experiencia de conducir desde Texas hasta Florida le ha dejado a la larga más que ese empleo tan deseado.

La cosa estaba en que los adultos trataban de ponerse de acuerdo para ver quién se quedaba con los críos (vivíamos juntito a la casa de mi tío El Profe y de mi tía La Gorda); yo era el mayorcito y deseaba hablar y decir: «Yo me encargó». Pero la verdad es que la muerte había pasado por las calles de la ciudad y había echado a su bolsa a miles, sin discriminar, por lo que en mi casa nadie quería quedarse y nadie quería salir. Aunado, estaba el detalle de no contar con teléfono fijo, móvil o algo semejante (esas cosillas con las que ahora hacemos como que nos sorprendemos por su inmediatez).

Sin embargo, recuerdo que en el transcurso del día se supo que El Profe la había librado de manera milagrosa. Creo que él circulaba dirección Izazaga sobre Tlalpan cuando, apenas algunos metros antes de introducirse en el desnivel vehicular llamado 20 de Noviembre, ante sus ojos éste se derribó aplastando cuanto auto se encontraba en su interior. Contaba (porque ya murió, irónicamente en un accidente automovilístico cuando dormía y conducía su ayudante) que un camión de pasajeros había quedado como de un metro de altura, que se oían lamentos, gritos, quejidos, últimas exhalaciones, etcétera.

Mientras agradecía al santo de su devoción, recordó que mi otro tío, Bello, lo había rebasado y que seguro se hallaba debajo del larguísimo puente caído. Por lo que entró en shock de llanto y como loco trató de hallar la manera de introducirse entre los escombros. Su desesperación lo hizo vagar por las calles desoladas e irreconocibles del centro de la ciudad; a su paso, cual héroe bizarro, fue ayudando a cuanto infeliz pudo, contando a pedazos su propia historia y dando aliento a desconocidos que agradecidos le cargaban buenas esperanzas.

En casa, se determinó que mis padres serían los que saldrían a buscar a los tíos, pero de último momento (no recuerdo por qué) sólo fue mi apá quien se adentró en los escombros. Por la tarde, creo, vino a vernos Doña Rosita, una seño que nos prestaba su fon para llamadas de emergencia. Al parecer era uno de los tíos, pero no lo había reconocido. Irma (mi amá) salió corriendo para enterarse, girar instrucciones y de nuevo elaborar una estrategia de comunicación. Con los días, la casa y el fon de Rosita se convirtieron en el cuartel general de mi familia, pues mis tíos y papá se volvieron de pronto rescatistas y camilleros; utilizaron su destreza y sentido de ubicación para recorrer calles, sitios, plazas, mercados y hospitales dando la mano a quien la pedía y haciendo el bien como nunca. Pasaron días enteros durmiendo y viviendo entre cadáveres, olores extrañísimos y preguntándose cómo demonios levantarían la ciudad que les había dado asilo desde que llegaran de su tierra de origen.

Irma cuenta que pasaron muchos meses antes de que se fuera el olor a muerto. De vez en vez, cuando nos reuníamos a platicar, mis tíos platicaban hazañas y dolores, propios y ajenos; su desconsuelo al entrar en el Centro Médico que prácticamente estuvo en el suelo varios años (en 1990, cuando por primera vez fui a consulta ahí, aún se notaban las cuarteaduras de los edificios, los remiendos, las esqueletos metálicos que sostenían las viejas construcciones); y por supuesto, su amargo recuerdo de cómo las calles que los veían pasar diariamente estuvieron a punto de tragarlos.

He olvidado muchas cosas de ese 19 de septiembre. Lo más fresco son mis recuerdos posteriores y los famosos temblorcitos de 1986. Uno de ellos me tomó hospitalizado en La Raza, en un séptimo piso y atado por mangueritas de suero y sangre donada. Afortunadamente, todos son recuerdos agradables, dignos de relatarse, que me enorgullecen, que me estremecen cuando pienso que esa mañana sólo sería, en la historia de mi vida futura, una antesala a lo que el destino me depararía en los meses inmediatos.

Y a ti, como dijera el difuntito Chico Che, ¿dónde te agarró el temblor?*


Odysseus a la Deriva

* Hagamos una aclaración para los lectores NO mexicanos, o para los que de plano son unos fresas y fingen no saber de asuntos del vulgo populi, o para los niñetos emos que ahora tienen como 17 años y no recuerdan nada del México de hace un par de décadas:

Con el título ¿Dónde te agarró el temblor?, Odysseus hace alusión a uno de los más grandes éxitos de Chico Che, un músico tabasqueño de los más famosos en los años setentas y ochentas en México, líder del grupo La Crisis, dedicado sobre todo al género tropical y de infaltable presencia en bodas, quince años y bautizos de aquella época. Su verdadero nombre era Francisco José Hernández Mandujano, y su singular presencia rechoncheta, revestida de overol, anteojos de pasta y peinado de "no me alcanza pa la peluquería" le ganaron la simpatía de las multitudes tibirescas. Entre sus rolas más recordadas pueden contarse: Los nenes con los nenes, Pobrecito mi cigarro, ¿De quén chon?, ¿Quén pompo?, ¿Tons qué mami?, El esdrújulo, No te fijes que soy tímido, y por supuesto la que da nombre a esta entrada. Además hizo carrera en el celuloide nacional con títulos como: Despedida de soltero, Huele a gas, Delincuente y Taco de ojo. Ahora, si mal no recuerdo, por una coincidencia socarrona de la vida, esta canción estaba muy de moda cuando sucedió aquel trágico temblor del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México. [N. de la B. (léase como "nota de la bloggera")]

Píquele aquí pa escuchar a Chico Che:

lunes, 8 de diciembre de 2008

La fiesta del año

Por las charlas entre mates teóricos,
este mínimo homenaje para el Flaco
y sus cuentos que me encantan.

Uno intenta compartir de a poco lo que escribe, lo comparte con amigos: se construyen ciertas filiaciones, aficiones, temas recurrentes. En los últimos meses he recibido diversos textos de distintos amigos y por coincidencia, varios de ellos tienen que ver con la infancia. Uno podría pensar que las cosas que se escriben son extraídas de la más pura ficción, pero con sorpresa, ternura y expectación descubre que también hay fotos. Con sumo respeto y cariño he pedido a estos amigos que me faciliten sus textos, y, esto no estaría completo, si no me facilitasen también las fotos, así que como un homenaje a estos mis amigos, he aquí la primera entrega de esta serie (ignoro cuántas pueda haber, todo depende de las contribuciones). O, ¿a ustedes no les sucede?: uno lee o descubre una obra en la que se menciona al niño que habita en el creador de la misma, y no se preguntan ¿cómo sería de niño? Pues bien, yo he logrado satisfacer un poco mi curiosidad. Ahora, el juego está en que ustedes descubran quiénes son los que escriben; sé que quizá nadie lea esto, y sé que de hacerlo quizá no conozcan a mis amigos, pero eso no importa, las imágenes son inmejorables, están hechas por las corriosas y encordadas manos del tiempo, así que sólo podrán encontrar como firma, la identidad virtual de los escribientes (a menos, claro, que ellos pidan otra cosa).


En la víspera de su cumpleaños, Oscarcito durmió pésimo la noche, inquieto por una ansiedad totémica que le picoteó los nervios como un pertinaz mosquito y le hizo levantar tempranísimo con las ventosidades matutinas de su padre. Hijo único, su madre le embadurnó los cachetes con besos babosos y lo hizo víctima de sucesivas peinadas y despeinadas que procuraban ser mimos de salutación. Luego sus padres se pararon frente a él y lo miraron como hombre. Un hombre que acababa de cumplir ocho años.

Como a esa edad los cumpleaños son días especiales, y mientras su madre le preparaba el desayuno, Oscarcito salió a la vereda con la melena húmeda y una raya tan perfecta que no sólo le daban el aspecto de un ejecutivo de ocho años flamantes, más que respeto a su seriedad infundían sumisión. Parado a la sombra del naranjo contempló el refulgir de la calle de tierra bajo la pesadez opresora del sol de febrero, y sintió en la nuca cómo la humedad de las nueve de la mañana parecía ya la de la siesta. Encandilado por el brillo de las piedras de la calle escuchó el ruido de una bicicleta que pasaba y de ella brotaba el primer saludo externo a la familia: “¡Feliz cumpleaños, Tetona!”, y con el escarnio de saludo de algún infeliz que ni siquiera logró reconocer en la cascada luminosa de la mañana, toda su circunspección aparatosa se desmoronó inerme ante la revelación del vergonzoso secreto de su risueño mote. Del lado de los Britos le llegó una risa atragantada. Don Jimeno, soportando con imprudente estoicismo el peso desalmado del sol sobre su torso descubierto, con sus pectorales fláccidos y macilentos de perra vieja, se le reía con media lengua afuera uniéndose a la burla, señalándolo con un dedo tan tembloroso como el chorro de la manguera que sostenía con la otra mano. Pero el asomar de su lengua no obedecía a una burla párvula, sino a la ausencia de piezas dentales que la contengan y que, de no ser por el único y afilado diente superior que poblaba su boca, hubiese sido total. Estaba parado en el mismo lugar donde quince años atrás, luego de plantar un gomero para que le dé fresco a la casa mientras escuchaba un partido por el Campeonato que San Martín le ganó al Atlético cuando, ya con una edad provectísima, escuchó los rumores aún lejanos de la algarabía de la caravana de hinchas que volvían de la cancha y entró lo más rápido que pudo a ponerse su camiseta de San Martín y regresó acezante a la calle para saludar el paso festivo del campeón, pero la suerte fue tan perniciosa con él que le hizo elevar su mano en un gesto papal a la hinchada de Atlético. Como la hinchada rival no se encegueció de bronca frente a las rayas rojas y blancas que el viejo portaba con enaltecido orgullo, sino que, reconociéndolo senilmente desubicado, en lugar de despacharse con improperios vulgares y sin considerar su confusión intempestiva, se mofaron tan descorazonadamente de él que entró ruborizado y con un nudo en la garganta a su casa, mientras el colectivo cargado de salvajes explotaba en gritos similares a “¡Sácate esa camiseta, la puta que te parió!” o “¡Andá a comer la papa, viejo cagón!”. Regaba, mientras se reía de Oscarcito, el gomero que había plantado quince años atrás y al cual diez años después, increíblemente para su longevidad, e incapacitado durante esos diez años para hablar como una persona madura por tener la lengua en muñón e instado por ello a inventar un idioma propio que pocos entenderían, hacharía por la sola razón de un crecimiento desmesurado de la raíz que levantaba las baldosas del living y del baño provocado por un complejo vitamínico para árboles Made in China, en un día de tanto calor y humedad que, debido al esfuerzo físico, habría de sufrir un infarto que haría caer en medio de la vereda su cuerpo sin vida, tan seca y estrepitosamente como el gomero, instantes antes.


La risa de don Jimeno hizo que Oscarcito se siente a esperar el desayuno ante la televisión con el mismo gordiano gutural del viejo el día del campeonato de San Martín. Embobado con los dibujitos danzarines de la tele que se pegaban mamporros contusos con palos que se desmigajaban en astillas que quedaban regadas por el piso, endulzó tanto el mate cocido que éste se tornó amargo, extraña propiedad de la infusión, y de la cual él se creía descubridor. Ya cerca del mediodía la respiración se le fue haciendo anhelante, la hora de la fiestita se acercaba, había recibido su primer regalo; y doña Beba, su madre, iba y venía por la casa con los preparativos con un arrastrar cansino de chancletas. El almuerzo no tuvo nada de descomunal, salvo el menú elegido por el cumpleañero —costeletas con papas fritas—, y que su padre había cerrado, como todos los años, el taller mecánico para comer con la familia.

El grueso de los preparativos de la fiestita tuvo comienzo a eso de las tres de la tarde, cuatro horas antes de la cita en las tarjetas, cuando una a una fueron llegando las tías, sin distinciones de índole sanguínea materna o paterna para con Oscarcito. Una de ellas llegó con la torta a medio terminar —sólo le faltaba el decorado—, que de tanto esperar el colectivo, el dulce de leche se chorreaba como helado por los costados; otra se había comprometido a comprar el cotillón y llegó a la casa hecha un ciruja, arrastrando siete cuadras dos bolsas de arpillera, una llena de pitos y maracas y caretas y sombreros, y la otra, no tan abotargada, contenía los globos, la piñata y el papel picado, una bolsa de caramelos y todos los menesteres para las bolsas de sorpresitas; otra llegó convaleciente y cerca del desmayo por el esfuerzo de llevar una olla portentosa con ensalada de frutas a pie porque su hijo había salido en el auto con la novia; otra llegó con un cargamento de sánguches y frituras que sólo se comen en los cumpleaños, como esas albóndigas en miniatura con cebolla que tanto gustan. A las demás tías que fueron, las que nomás criticaban, chismoseaban, estorbaban, o simplemente habían ido a airearse las axilas mal afeitadas del sopor de la siesta con el ventilador, se les comisionó militarmente tareas productivas a los fines prácticos de la fiesta. A las más viejita, la tía Chona, se le encargó la humilde aunque digna tarea de cebar el mate; pero era una penuria cuando el mate Recuerdo de La Falda le tocaba a la tía Blanca, la de las bolsas de arpillera, porque suspendía los repulgos de las empanadas, lo tomaba de una única chupada animal, y comenzaba a blandir el mate en el aire largo rato como si tratase de acuchillar a alguien con la bombilla al hablar. Las otras, de mal talante, inflaron tantos globos que durante la fiesta estaban casi sordas, y millones de alfileres invisibles les pinchaban la garganta, transformándoles la voz en graznidos de pato.

Sin primos de su edad para jugar, Oscarcito cedió con facilidad al tedio del aburrimiento, mas las mujeres mantuvieron una actitud pétrea cuando se les acercó a bichar cómo marchaba todo. Vislumbrando un hastío interminable se marchó al patio. Allí comenzó a imaginar su torta con un decorado que ineludiblemente debía quedar en los anales de los cumpleaños memorables, a la que se recordaría por varios años en los recreos escolares. Seguramente sería un auto de carrera azul, con ruedas de chocolate, una cereza enorme a modo de casco por la cual todos los niños reñirían por comer, pero no: él, por ser dueño del cumpleaños, gozaría de la prerrogativa. O mejor podría ser una locomotora, o la cara de un ratón o la de Papá Pitufo.

El primero de los invitados llegó cinco minutos antes de la hora citada, cuando ya Oscarcito no contenía las ansias y lucía encantador con su ropa nueva y el cabello brillante de Lord Cheseline. Estaba mirando el Chavo del 8 con las piernas colgando de la silla cuando el timbre sonó. Entre los regalos más llamativos que recibió había una pistola como traída del futuro que arrojaba pequeños discos coloridos, pero era un fiasco porque si los discos eran arrojados con la mano llegaban más lejos que con el disparador de la pistola; un set de cubos de construcción didáctica acompañado de un folleto de modelos prediseñados para copiar, pero la cantidad de cubitos era tan exigua que apenas si alcanzaban para la mitad del diseño más simple; un juego profesional de pesca de jamás supo quién; y un mono de peluche que tocaba graciosamente los platillos, regalo anacrónico en su plenitud. Entre los regalos que le causaron desilusión había pelotas plásticas que no resistirían la primera patada y se destrozarían en flecos; un mazo de naipes de motos que no servía para jugar ningún juego, sino para comparar las virtudes entre ellas; un arco y flechas sin blanco; y los siempre despreciables pares de medias blancas que nadie valora como regalo en la niñez.

Cuando se calculó que la mayoría de los invitados había llegado ya, y sin haberles dado la orden aún de atacar la mesa servida, se llevó ceremoniosamente la torta a una punta del tablón. Oscarcito estaba cerca de la otra, charlando con unas compañeritas de escuela que no veía desde la finalización de las clases, en noviembre. De repente, se quedó embelesado como ante la visión de un Pegaso; pero se trataba de algo más revelador: la espalda monumental de los 120 kilos embutidos en el vestido a lunares de la tía Braulia, la piel chorreante sobre los codos de los brazos que cargaban la torta. Caminó abúlico tras el bamboleante cuerpo paquidérmico, fantaseando con un decorado onírico que sonrojaría a la Dama de Elche y denigraría a la categoría de mamarracho el Moisés de Miguel Ángel. Disolvió con violencia el tumulto de niños que se arremolinaba alrededor de la obra maestra de la repostería. Se acercó y descubrió que era lo mismo de todos los cumpleaños: una reproducción aovada de una cancha de fútbol, por sectores el césped verde, por otros amarillo y hasta celeste; arcos diminutos que apenas daban en la cintura al arquerito; la pelota como algo enorme que llegaba a la rodilla en el centro, monstruosa, que quebraría los huesos de los jugadores si alguno se animaba a patearla; siete tipitos de River de un lado y seis de Boca del otro; otra vez lo mismo, y en cada fiestita se perdía alguno de esos muñequitos futbolistas, la esperanza de que en un par de años se hayan extraviado todas las piezas de la ornamentación, tan gorditos, para nada atléticos, las manos en la cintura en una pose entre cansada y canchera, el cabello tan negro y prolijo como el de Oscarcito; lo abstruso de un número ocho ingente y una vela altísima en medio del campo de River.

Los engranajes se movían aceitados. Algunos niños bailaban en el centro del patio, bajo una hilera de banderines unidos por un piolín; los cuales, por tener cada uno pintado una letra, formaban la frase “FELIZ CUMPLEANOS OSCARCITO”. La “Ñ” jamás existió porque el cotillón era importado. Las parejitas se divertían mucho, se reían, hacían un trencito o un túnel con las manos e iban pasando por él; bailaban sin eutrapelia las canciones del eterno Carlitos Balá o las de Johnny Tolengo, el majestuoso. Las viejas apartaron las macetas con begonias y los tiestos con helechos y se sentaron a hacer palmas, devorando como langostas las empanadas y los sánguches de miga, dejando disponible un lugarcito para las pizzas que se horneaban. Unos niños ignoraban la orden de no arrojar comida a la pequeña alberca con mojarras —aunque las mojarritas no eran los únicos animales que sufrían: encerrado, en una pieza, el pobre Tobi se había agotado de ladrar—; otros niños, más obedientes, se mostraban los juguetes encontrados en las bolsitas de sorpresas, conversaban con madurez acerca de las vacaciones y de sus ganas que comience por fin el ciclo escolar. Don Jimeno, con su nieto sentado en sus rodillas, rezumaba curiosidad por el divertimento de los vecinos. Pronto se cantó el Cumpleaños Feliz, claro, se hacía de noche, Oscarcito sopló la vela, se sacaron fotos haciéndose cuernos con los dedos mas prefirieron no cortar la torta. Pero nadie podía dejar de mirar los colores de la piñata: seductora manzana del Edén sobre la pista de baile. Los niños comenzaron a verse cansados al rato, pobres ángeles, la habían pasado tan lindo, que las viejas decidieron darles con el gusto y pinchar la piñata. Se apretujaron como pollitos y una de las tías, con un palo de escoba con un alfiler en la punta, reventó la piñata sobre las cabezas de los chiquilines, que quedaron canosos de tanto talco y salpicados los rostros de papel picado. Se tiraron de panza a un piso enjabonado de imaginación, acaballaron inocuamente a los primeros que se arrojaron, bregaron por llenarse los bolsillos con caramelos Sugus; trataban con despotismo de acaparar todo lo caído al piso, los silbatos, los soldaditos, algunos llaveros de Clemente, los muñecos de Hijitus o Martín Karadagián. De repente uno de los niños descubrió, oculto entre el confeti, un juguete salido de la piñata que era único entre los desparramados: una rana plástica azul que si se le presionaba el culo y se lo soltaba hacía una maroma deliciosa y volvía a caer, apercibida para otra pirueta. Estiró su mano para apropiarse, pero un zapato charolado se la pisó. Tensando los músculos del cuello con susto y dolor levantó la vista; el dueño del pie lo miraba impávido, dispuesto a hacerse de la rana. Se agachó, casi sin flexionar las rodillas ni liberar la mano del otro niño cuando desde atrás lo embistieron a la altura de las nalgas. El que pisaba la mano fue, a los resbalones y cercano a caerse, a chocar con su cabeza en la panza de una de las señoras sentadas al costado, quien perdió el equilibrio y cayó sobre los tiestos de helechos, salpicando tierra a las otras viejas. El que había empujado ya estaba atado a las trompadas con el pisado y los demás chicos se iban sumando a la golpiza ciega por ganar la rana, ignorantes de la algaraza desesperada de las tías. La curiosidad le picó de una manera insoportable en las orejas a don Jimeno, así que acercó un cajón podrido de manzanas a la tapia, le pidió a su nieto que lo sostenga y se trepó a husmear, acodado sobre los ásperos bloques. Enloquecido por el vocerío sin control, el pobre Tobi escapó ríspido por una ventana y salió al patio. La tía Chona, con el trajín de sus noventa y dos años, fue la única que tuvo despabilada la mente como para ir a desarmar la bola de manos, pies, uñas y dientes que iba y venía por el patio contagiando furia; en eso el Tobi, ebrio e iracundo y en un ataque de demencia, se le prendió a la pierna varicosa de la vieja con una excitación gerontofílica imposible de contener. La tía Chona quedó soltando patadas al aire para librarse del lúbrico frenesí del perro. En el límite de la extenuación, don Jimeno, sacando su lengua, se reía señalando a la tía Chona. La tía Braulia se paró obcecada con su porte inhibidor dispuesta a acabar con la gresca, y con un manotazo azaroso agarró a un chiquillo de la oreja. La turbamulta enceguecida interpretó que esa bestial mujer quería llevarse el premio, y se le fueron encima como hormigas hambrientas. La horda le descargó tanto encono que la gorda salió zigzagueando con la cara arañada y tropezó con la pileta de las mojarras, cayendo de cabeza. Oscarcito y sus amigos, ya aliados, agarraron de los pelos a las otras viejas para evitar otro ataque, defendiéndose ellas a cachetadas limpias de los endiablados trasgos. La tía Braulia tragaba el agua verdosa intentando gritar, sintiendo el roce aterciopelado del musgo en el rostro, procurado asirse de algo firme que le permita poner a flote la cara y respirar, mientras sus velludas y gordas piernas se movían como tijeras en el aire. El nieto de don Jimeno lo sostenía por el trasero, las maderas podridas del cajón doblándose conminativas; y, cuando la risa de don Britos se tornó tan espasmódica al ver los calzones de la tía Braulia que pataleaba descarriada por no ahogarse, y que de tanto esfuerzo terminó por cagarse encima, las maderas cedieron y don Jimeno se vino abajo, chocando su mandíbula con el borde de la tapia. En la caída, Jimeno Britos se perforó tan fiero la lengua con su único diente que los doctores tuvieron que practicarle una ablación. Ese fue el accidente que habría de dejarlo casi mudo hasta el día de su muerte, diez años después. La fiesta era un pandemonio. La tía Braulia se había cagado encima intentando no ahogarse en una piletita de dos por dos con cincuenta centímetros de agua; don Jimeno con la lengua incrustada en su único diente; un perro extático le eyaculaba la pierna a la tía Chona; las otras viejas, llenas de tierra de los tiestos, pugnaban por sacarse de encima los niños alocados que las rasguñaban sin piedad. En la punta de la mesa la torta había quedado intacta. Desde allí los muñecos contemplaban el show, orgullosos de sus vientres abultados, con sus cabellos engominados; todos en esa pose tan sobria, tan tanguera.

Flacobain Buendía.