miércoles, 15 de mayo de 2013
Cómo un té que hierve en la tetera
Y en esta ocasión no les traje nada nuevo. Lo cierto es que cuando comenzamos este proyecto, la editora digital de Este País, Paola Quintar y yo, pues yo (para variar) andaba algo atareada, así que reciclé este entrada que quizá ya conozcan porque está en este blog. ¡Qué tramposa!
Por si ya se le olvidó, pues nada pierde echándole una repasadita.
Como un té que hierve en la tetera, Marge Piercy.
http://estepais.com/site/?p=32503
martes, 11 de marzo de 2008
Como una invisible ciudad de gorriones
Lamento que en la primera entrada importante de este blog haya aparecido la nunca bien injuriada secretaria de Educación, pido disculpas náufragas, pero he decidido que esto se vaya escribiendo conforme a las circunstancias, y eso era lo que dictaba el momento.
Ahora escribiré lo que de verdad quería. Ahora haré honor a quien me proporcionó el nombre para esta página.
Marge Piercy es una poeta, novelista y ensayista que nació en Detroit en 1936 en el seno de una familia de ascendencia judía. Su familia, como muchas otras, sufrió los embates de la Gran Depresión, su padre fue desempleado durante bastante tiempo; y aunque Marge dice recordar una infancia "razonablemente feliz", también fue una niñez acosada por la pobreza y la enfermedad, lo cual la hizo refugiarse en los libros y en las historias judías que le contaban su abuela Hannah y su madre.
Es la misma Piercy quien le da el crédito a su madre por haberla hecho poeta, pues dice que era una mujer de gran imaginación y ávidas lecturas. Marge fue la única persona de su familia que concluyó una carrera universitaria, aunque no sin dificultades y gracias a varias becas. Tuvo un primer matrimonio, gracias al cual logró viajar a Francia y vivir con cierto desparpajo. Después de terminado éste se vio obligada a regresar a Chicago en donde tuvo una época bastante mala y realizó labores como secretaria, telefonista, empleada de almacén, modelo de artistas, etc., para poder sobrevivir y seguir escribiendo.
Fue en este perido en donde comenzó su labor como activista de los movimientos raciales y feministas en Estados Unidos. En este aspecto ella siempre ha tenido una carrera política, pues dice le incomodaba sentirse como un ser invisible, por lo cual ha luchado incansablemente a través de los años. Actualmente, vive en Wellflet en Cape Cod, Massachusetts, con su esposo Ira Wood.
Se le ha llegado a considerar poeta beat por sus poemas de verso libre y sus temáticas, aunque en sentido estricto no está relacionada con ellos. Sus poemas son duros y crudos, desnudos de una fragilidad que sólo puede escribir una mujer, aguerridos y femeninos -valga la redundancia-, pero no de esos poemas melcochosos en los que se filtra el furor de la entrepierna y la caduca interpretación del amor; sino líneas y metáforas sin cursilerías, en las que se plasma el dolor, la sexualidad del orgullo deseante, palpitante, y la rabia de ser ese "ser invisible" al que se cree incapaz de pensar, de escribir, de luchar.
Entre sus obras poéticas se pueden mencionar: To Be of Use (1973), Living in the Open (1976), The Twelve-Spoked Wheel Flashing (1978), The Moon is Always Female (1980).
Y sus novelas: Dance the Eagle to Sleep (1970), He, She and It (1991), City of Darkness, City of Light (1996), Storm Tide (escrita con su esposo Ira Wood, 1998), Sex Wars (2005).
Yo conocí a Marge Piercy gracias a José Vicente Anaya que tuvo el bondadoso gesto de darnos a conocer el trabajo de excelentes poetas cuando era jefe del departamento editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México, esta edición que poseo y que llegó a mis manos en el rebusque habitual que hago de las librerías de segunda mano se llama Ventana de la mujer en llamas, de 1988. Primero, el poema que da título a mi blog, luego, algunos más, la traducción gracias a José Vicente.
Del libro To Be of Use, 1973
conflictos de la fortuna
Como una invisible ciudad de gorriones
he crecido. Relojes mis pechos se tornaron.
Y hallé ceremonias en mis sueños.
Tal vez vivíamos durante el sol de octubre.
Las calles, pausadamente, hervían como
retortas de laboratorio. Tú me tomaste
de la mano. Era una tarde-calabaza
con cáscara brillante y una sonrisa recortada.
Corrimos por las escalinatas.
Me tocaste y volé.
Plumas color índigo y naranja
cayeron de mi piel. Rodé sobre
tu rústico cabello de muñeca de trapo.
Te chupé, maduro albaricoque,
hasta el corazón. Y sentados
de piernas cruzadas en la cama,
con burdos pespuntes, hilvanamos
en charlas nuestras vidas.
Todo ese encanto se rompió, es cierto,
pero mis brazos ardieron
con las chispas de aquella sidra sol.
Ahora sueño alas de bronce
y leopardos afelpados.
No nos unió el verdadero tacto
sino la química falsa de palabras.
El reflejo de un frío sol me quema ahora
y, el día entero, mi energía musita
como un té que hierve en la tetera.
indecencia
Soy una mujer incoveniente.
Puedo ser más útil como sacapuntas
o máquina sumadora.
No te amo como a la Madre Jones
o a las olas del mar, ni como a mis gatitos
o a un buen trozo de carne.
Amo el espinoso sol de barba negra
sobre tu cara.
Te amo cuando te agitas preocupado
y haces esperpentos de desesperación.
Te amo cuando discutes cambios
en la estructura de las clases;
esto llena mis ojos, se agolpa en
mis oídos y quema
las puntas de mis dedos.
Soy una mujer inconveniente.
Deberías cambiarme por un perro pastor,
una llama o un yak
que son bastante fieles
y sólo piden paja, sirven
de abrigo y nuca te llaman por teléfono.
Te amo con mis brazos, mis piernas,
mi talento, mis valores y
la historia indecorosa de mi vida.
Quiero hablarte de cómo me tronó eso
cuando tenías diez años.
Quiero que beses las aflicciones
de mi fuego.
Quiero leerte poemas donde me anegaban,
cuando tenía quince años, batida como
un huevo sin cáscara
entre las alas de Shelley.
Quiero que leas las cartas de mis pasados amantes.
Deseo que me desees de muchas formas,
de manera directa y sencilla
como una taza de café caliente.
Quiero y debo añorar
todo lo que no puede suceder.
Estoy rodeada de un amor
como dientes, por ti,
y me muero de hambre.
Del libro Living in the Open, 1976
el miedo
Despierto con huellas de dientes
en mi cuello. Tengo la sensación
de que algo falta. No estoy entera.
De este cuerpo mío, blando, debo
sacar algún provecho, antes de ser
tragada como aceituna, antes de que
se expanda la fosa con mis huesos.
Los minutos son boquitas de hormigas;
dientes de tiburón, los días. Y la
noche, cual mandíbula enorme de
ballena, se abre.
Del libro The Twelve-Spoked Wheel Flashing, 1978
lánguido día del solsticio
Un sol color de whiskey pasa bajo
como un halcón sobre la yerba seca.
Y el sendero está bardeado por
unas sombras largas, enlazadas.
El cielo del crudo invierno está vacío.
La oscuridad golpea las casas. Sucumbe
el polvo. Los árboles, encorvados,
se arañan bajo este cielo raso
de color de lima pálida.
La luz solar
alumbraría por más tiempo mi cara
si pudiera volar en las alturas.
Me gustaría flotar, como un hilo de seda,
en esa luz árida y torpe.
Apenas es diciembre y ya mis huesos
imploran por el sol. Las tormentas,
desde el mar hasta los acantilados,
han roído la costa. Las ventiscas con sal
arrancan las hojas marchitas de los robles:
vuelan a la deriva como bolsitas de papel
que recuerdan las tristes posesiones.
Tengo el hambre de las gaviotas
que en el ocaso cruzan, gritando,
la bahía. Entre los cúmulos de paja
y hoja seca
busco alguna brizna color verde
para mis ojos.
Del libro The moon is Always Female, 1978
intimidad
¿Por qué, desde las entrañas,
muchas veces la vida se me escapa
escurriendo por una herida
que se me abre en el vientre?
Detengo las vísceras con mis manos
para volverlas a meter.
¿Por qué mi vida
es un lago agreste y oscuro, tantas
veces, bajo la tormenta de rayos
a la media noche; donde me ahogo
entre olas que estallan en mi cara
mientras intento respirar?
¿Por qué
mi vida es una guerra en donde yo
lucho sola? ¿Por qué peleas conmigo?
¿Por qué no te pones de mi lado?
Si me muriera en este instante,
¿recibirías gustoso la noticia al
despertar?, ¿disfrutarías tu café?
Yo no soy tu hada, tu gobierno
ni tu FBI. Tampoco soy tu madre,
tu padre, tu pesadilla ni tu
bienestar. No soy muro ni barda.
No soy la ley ni el catálogo
actuarial de tu agente de seguros.
Soy una mujer con las entrañas
de fuera, entre las manos, aullando;
pero no por hacerme el hara-kiri.
Cocina mis vísceras o cóseme la herida.
Te pido que camines con mi aflicción
como entre las olas rompientes
de un océano sanguíneo, así, juntos
nos hundiremos o saldremos a flote
para volver a caminar.
